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La Comunidad Evangélica Menonita de Burgos, a través de la ONG La Casa Grande, tiene un equipo de personas que entra en la prisión de la ciudad. Llevo unos 16 años o más (ya ni me acuerdo) entrando de forma regular a la prisión de Burgos para este ministerio. Más que un lugar, entonces, para mí hablar de la cárcel es hablar de rostros y de vidas. Ante la realidad de las prisiones, ¿qué nos enseña la Biblia? Tomando una concordancia y buscando la palabra «preso», descubrimos los siguientes versículos:
Lejos de mi intención hacer aquí un homenaje al preso como figura a imitar. Hago, sí, una reflexión de cómo Jesús siente una predilección por ellos, porque siempre estuvo con los más débiles y desvalidos. Y entre ellos, aunque parezca la mayor de las incongruencias, están los presos. ¿Por qué digo esto? En el convicto se dan toda una serie de condiciones y características que hacen de él, una debilidad para Dios. En muchos casos es:
Para la sociedad en general, la Ley del Talión sigue valiendo hoy en día. Ojo por ojo y diente por diente. «Si la han hecho, que la paguen». Esta es una expresión que oímos con frecuencia y de la que, por desgracia, a veces no estamos tan alejados. Pero yo invito a la siguiente reflexión: ¿Jamás hiciste algo que fuera punible? Dice la Palabra de Dios que no hay santo, ni aún uno. Todos somos delincuentes en potencia, porque todos somos pecadores. Sin embargo, Jesús sigue invitándonos al perdón como terapia rehabilitadora. Sigue invitándonos a estar junto a estas personas ofreciéndoles, por encima de todo, algo de lo que siempre carecen: sencillamente, amor. No cualquier amor. Estamos llevados a llevar el amor de Dios. Esto no supone necesariamente, no en primera instancia, que debamos convertirlos en cristianos; sino en primer lugar ofrecerles el amor que Jesús nos ha dado a nosotros. En palabras de Joaquín Yebra: «Jesús no predica la conversión como lo primero, sino el amor de Dios que excede todo conocimiento y lleva a la conversión». El camino de esperanza para el preso es el evangelio. El camino de esperanza para el pecador es el evangelio. Puesto que todos somos pecadores, todos somos en cierto sentido presos. Es cierto que el evangelio nos llama a velar y orar por los reclusos. También es cierto que sólo desde la igualdad, hablando a la misma altura, llegaremos al corazón de las personas. Como cristianos estamos llamados a ser luz allá donde estemos, pero muy especialmente en un lugar de tinieblas como es la cárcel. Esta no es tarea fácil. En muchas ocasiones incluso diríamos que es ingrata, en el sentido de que no vemos todos los frutos que desearíamos. No debemos olvidar que este es un lugar especialmente de «siembra» del evangelio, no de «cosecha» de conversos. A nivel personal, puedo decir que es un trabajo maravillosamente pagado por Dios. En todos estos años, no ha habido un solo día cuando he asistido a la prisión, que no haya salido infinitamente mejor de lo que he entrado. Dios se muestra de una forma muy especial y el Espíritu acostumbra a hablar muy claro allí dentro. Para finalizar, quisiera decir que la labor de llevar el amor de Dios y las Buenas Noticias, es un trabajo de toda la iglesia. Unos en la punta de flecha, entrando; pero los demás, impulsando con sus oraciones y plegarias a Dios. Si de verdad queremos ser auténticos seguidores de Jesús, no estamos llamados a juzgar sino a estar junto con los que sufren hoy, sea lo que sea que hayan hecho ayer.
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