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A la hora de la prueba

Hace ya casi dos meses el mundo televidente nos quedamos traumados con las imágenes en directo de la destrucción de las torres gemelas de Nueva York y la muerte de miles de personas que allí habían ido a trabajar como todos los días. Al final me veo incapaz de resistir la tentación de añadir mis comentarios a los de tantos otros, sobre aquel ataque y los eventos posteriores.

Hay muchas maneras de poner a prueba el verdadero temple de un pueblo —ninguna otra tan llena de horror—, pero las grandes tragedias, entre otros resultados, arrojan luz sobre ese particular. Pude observar personalmente las reacciones en Estados Unidos. Observé que en general la reacción del pueblo americano fue primero de horror y tristeza, luego de un enorme cabreo y ganas de ajustar cuentas. Esto del horror y las ganas de justicia por la vía rápida creo que lo comprendemos todos los que vivimos en España, porque hemos sufrido en carne propia el desprecio de la vida ajena que es común a todos los terroristas. ¡Cuántas veces hemos salido a las calles y plazas de nuestras ciudades a gritar que ¡Basta ya! con esa misma mezcla de horror y monumental cabreo!

Lo que me llama la atención, sin embargo, es el frenesí patriotero de los americanos, que ante la muestra de un odio tan cabal como el que es necesario para lanzar ataques suicidas, no sabe responder de otra manera que autodeclarándose el mejor, más justo, más pacífico, más tolerante y benigno país del mundo. Sintiéndose injuriados e incomprendidos en su grandeza y benignidad nacional, desde el primer momento fue absolutamente predecible que algún pobre país del tercer mundo —al principio no se sabía bien cual— iba a tener que pagar los platos rotos. Lo que dijo Jesús acerca de las personas poderosas parece ser que va también con las superpotencias: ¡quieren —necesitan— que se les considere benefactores de la humanidad, (Luc. 22.25) y reaccionan con enorme violencia si alguien los trata como opresores!

La economía global que a una estamos forjando europeos, americanos y algunos pocos países del extremo oriente, acepta como normal la muerte de hambre de millones de personas al año y la muerte de SIDA de otros millones que no se pueden permitir el precio de nuestros medicamentos. Nuestra prosperidad huele a montañas de carroña de seres humanos para quienes no hay cabida en los beneficios del sistema económico por el que regimos el mundo sin piedad. Es justo y natural que Europa nos solidaricemos hoy con América, porque nuestro crimen también es el mismo.

Tristemente, aunque casi todos los pensadores y comentaristas allá en América saben y reconocen que atacando a Afganistán crearán otros mil Bin Laden a cambio de aquel que piensan matar, no se les ocurreotra alternativa, otra manera de actuar, que la de la violencia. Saben que la violencia no da resultado pero están atrapados en la mentalidad de la violencia y recurren a la violencia aunque sabiéndola inútil para lograr los objetivos de paz y seguridad nacional que persiguen.

Hay además algo en el corazón humano que, puestos a ir a la guerra, necesita creerse especialmente amado y protegido por los dioses.Desde casi todas las iglesias de América, católicas y protestantes por igual, se proclama sin dudar la bendición de Dios sobre los esfuerzos bélicos de la nación. Hay un curioso resurgir del sentimentalismo religioso a la par que los reclutadores no saben qué hacer con tanto voluntario que desea incorporarse a filas.

En este ambiente destacan aquellas iglesias y aquellos predicadores que no se dejan llevar por la fiebre de guerra e insisten en declarar que Dios es justo, sí, pero también es misericordioso; y que Jesús nos enseñó a dar heroicamente la vida por el prójimo, claro que sí, pero sin cobrarse otras vidas a la vez. Y si las grandes tragedias sirven —si es que para algo sirven— para manifestar el temple de un pueblo, entonces hay que decir que existe también un pueblo fiel de Dios, discípulos humildes de Jesucristo en medio de un ambiente hostil, que predican el amor y el anhelo de reconciliación, antes que la venganza y el odio. Hay iglesias que, aunque incomprendidas y criticadas por sus vecinos, se niegan a lucir las barras y las estrellas junto a la cruz en sus locales. El Espíritu Santo todavía conserva para sí un pueblo de paz que practica la paz en tiempos de guerra.

Yo he estado en algunas de esas iglesias. Y he sido testigo del legítimo sentido de luto nacional que comparten con sus conciudadanos, a la vez que del rechazo del patrioterismo militarista que ha cegado a tantos otros.

Oremos por este mundo y oremos por nosotros mismos: ¡quién sabe cómo reaccionaríamos si a nosotros nos atacaran con tamaña destrucción!Y recordemos que Jesús opinó que «Bienaventurados son los que trabajan activamente por conseguir la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mat. 5.9).

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 72, noviembre 2000