El final de 1 Tesalonicenses (9º de 10)
Absteneos de toda forma de mal
Absteneos de toda forma de mal.Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro señor Jesucristo.Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.
— 1 Tesalonicenses 5.2-24
En los últimos meses hemos estado viendo una serie de instrucciones del apóstol en los últimos versículos de su 1ª Carta a los Tesalonicenses. Instrucciones que abarcan una gran variedad de temas, desde la oración hasta las actitudes de gozo y gratitud, pasando por la enseñanza fundamental de Jesús de no devolver mal por mal, y mucho más.Ahora toca algo que es un mandamiento pero a la vez una promesa: Absteneos de toda forma de mal; y que Dios mismo os santifique por completo.
¡Qué maravilla!¡Qué manera curiosa y original de expresarse! Somos nosotros quienes debemos abstenernos del mal, pero a la vez, simultáneamente, en el mismo acto de nuestra abstención del mal, es Dios mismo quien nos ha de santificar.
Tenemos aquí la paradoja, el curioso misterio que encierra el mensaje del evangelio: Todo depende de nosotros y todo depende de Dios. Si Dios mismo no nos santifica estaremos eternamente perdidos y sin esperanza, sumidos en el fango de nuestro pecado; pero si nosotros no nos abstenemos personalmente del mal, entonces ni siquiera Dios nos puede santificar.
En el evangelio descubrimos que una de estas dos condiciones indispensables ya está dada.La obra salvadora de Dios, que nos redime de nuestra maldad y nos justifica delante de sí mismo por la sangre de su Hijo Jesús, ya ha sido acabada.«Consumado es». Lo que nunca ningún ser humano pudo hacer, por bueno que se creyera ni por bueno que le considerasen los demás, es decir, santificarse a sí mismo, esta obra de Dios Cristo ya la ha obtenido para nosotros. Por eso tenemos aquí esta promesa sin rodeos: «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará».
Sin embargo sigue quedando algo que depende de nosotros. Este es uno de los grandes misterios de la vida cristiana. Si no fuera por Dios mismo que nos santifica, que «preserva irreprensible todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, para la venida de nuestro Señor Jesucristo», no seríamos capaces de abstenernos del mal. Sin embargo tampoco nos podemos quedar esperando pasivamente que de alguna manera obviamente sobrenatural Dios nos impida realizar el mal que hayamos determinado hacer.No funciona así. Somos al final nosotros mismos los que hemos de elegir abstenernos del mal. Es nuestra elección: si de verdad queremos evitar conductas y actitudes que hacen mal al prójimo y nos sumen en el mal a nosotros, si es ese el anhelo y es esa la pasión de nuestra vida, hallaremos el poder de Dios que nos sostiene en ese propósito.
Absteneos de toda forma de mal.
Otras versiones ponen toda especie de mal, o apariencia, genero, tipo, clase de mal.
Sospecho que a todos nos falta todavía explorar hasta sus últimas consecuencias la libertad del mal que nos ha sido concedida y a que se nos invita o instruye. Tal vez si juntásemos los testimonios de todos los cristianos empezaríamos a hacernos una idea de la vida a vivir:
Hay quien contaría cómo ha sido capaz de perdonar a alguien que le trató tan mal que le ha dejado marcada por toda la vida. Hay quien contaría cómo Dios le ha librado de la adicción a algún producto perjudicial como la heroína, la cocaína o el tabaco. Hay quien contaría cómo Dios le ha librado de la adicción a alguna cosa buena en sí misma aunque perjudicial en exceso, como los dulces y las grasas. Hay quien contaría cómo ha podido dejar atrás la amargura, la envidia, los celos, la lujuria, la impaciencia, el amor al dinero, la pornografía...
Puestos a abstenernos de toda clase de mal, no faltaría quien daría testimonio de que ya no tira los residuos sin pensar, sino que separa el papel, el metal, el cristal, las pilas viejas, etc., absteniéndose de contaminar y degradar este bello planeta que Dios nos presta durante los cortos años de nuestra vida. (La Tierra no «es» de nadie sino que a cada generación nos ha sido encomendada para que la cuidemos para nuestros hijos.)
Está claro que al final esto de abstenerse del mal se queda pequeño. Tarde o temprano todo cristiano empieza a pensar más en hacer el bien que en evitar el mal. Sin embargo hace bien el apóstol al presentarnos las cosas así, reducidas a su mínima expresión: absteneos de toda forma de mal. Todas las buenas obras nacen desde aquí, desde estos mínimos indispensables.
Sea nuestra aspiración, nuestra meta en la vida, ser hallados irreprensibles delante de Dios.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 70, julio 2001 |