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Adiós a un año difícil

No ha sido un buen año. Como pocas veces, acabamos el año suspirando «¡Marán atá —Ven, Señor Jesús!» ante la enormidad del sufrimiento y la violencia que han marcado el paso del año 2001.

El año probablemente será recordado por los historiadores como el del ataque contra Estados Unidos perpetrado por árabes desesperados pero terriblemente engañados, que pensaron estúpidamente que traerían al mundo la justicia de Alá derribando edificios llenos de civiles en Nueva York. Aunque la cifra final se acerca mucho más a los tres mil que a los siete mil que primero se dijo, aquel acto de necedad terrorista no deja de ser profundamente trágico. Trágico en sí mismo, por las miles de vidas humanas truncadas; trágico también porque eran perfectamente previsibles las miles de víctimas afganas que pagarían con sus vidas el desafío provocador contra la potencia militar suprema del planeta, multiplicando los efectos iniciales de muerte y sufrimiento.

Pero eso no es todo:

Acabamos el año con el mundo en vilo ante el recrudecimiento de las tensiones entre India y Pakistán, donde nos dedicamos a rogar a Dios que prevalezcan la sensatez y el dominio propio en los líderes políticos y militares de ambos países, no sea que tengamos que presenciar en nuestras pantallas de televisión los horrores indecibles de la guerra nuclear.

En Colombia, mientras tanto, la violencia endémica y sistemática no cede. La atención del mundo se centró unos días en la tragedia de la muerte de un niño al que la guerrilla no concedió el último deseo de ver una vez más a su padre secuestrado. No fue lo peor ni lo más trágico de Colombia este año; pero ha servido para volver a recordarnos a todos —aunque por sólo unos instantes— que Colombia existe y que la violencia sigue viva allí como un cáncer que destruye todo lo que toca.

En Argentina la violencia económica de los poderosos que chupan la sangre del pueblo robándoles el pan de cada día, ha producido en los últimos días del año una rebelión popular que todos saben que no conseguirá cambiar nada. Lo único seguro es que un país cuya clase dirigente puede robar con impunidad es un país condenado permanentemente a la miseria, no importa cuál sea la riqueza de sus recursos naturales. ¡Triste ironía la de que Argentina fuese en la última década destinataria de tanta «guerra espiritual» cuyo efecto principal se suponía que sería derrotar a los espíritus de maldad que gobiernan al país desde las tinieblas invisibles!

Este año que acaba ha sido, por cierto, uno de importantes persecuciones sufridas por cristianos en muchas latitudes. Como todos los demás conflictos mencionados en estos párrafos, aquí no hay ninguna novedad salvo quizá un leve recrudecimiento o empeoramiento de una situación que viene existiendo desde hace mucho. Lo especialmente trágico aquí es que estos cristianos perseguidos rara vez sufren por el testimonio de Cristo, cosa que estaba anunciada en la Biblia y para lo que existiría la consolación de la esperanza de reivindicación divina de los justos. Sin embargo han sido mucho más frecuentes las persecuciones de cristianos como grupos étnicos, como razas, tribus o clases sociales económicamente privilegiadas; persecuciones sufridas en venganza por otras tantas vejaciones y opresiones cometidas. Con todo, el año que acaba sin duda ha dado muchos más mártires auténticos, que cuando las peores persecuciones del Imperio Romano.

Nada simboliza para mí la tragedia de este año que se acaba, sin embargo, como la desesperanza que invade a cualquier persona de bien que anhela la paz de Jerusalén. La mal llamada Tierra Santa es claramente una tierra maldita, a la que Dios ha vuelto la espalda por la multitud de los pecados de las generaciones de todas las razas y religiones que han puesto en ella su esperanza. El diablo se inventó hace un siglo el sionismo, para engañar al sufrido y maltrecho pueblo judío, llevándoles a una tierra que han querido hacer suya con los mismos métodos crueles e intolerantes que ellos habían sufrido en carne propia durante tantas generaciones. El diablo se inventó la intifada como respuesta del pueblo palestino que sufre desde hace medio siglo el yugo de la invasión y el expolio de su tierra, engañándoles con vanas y falsas promesas de liberación mediante el terrorismo, el odio y la venganza. El diablo ha atado las manos de los cristianos, que tras un milenio de cruzadas asesinas contra los musulmanes que más bien nos habría correspondido evangelizar, y tras dos milenios de opresión racista, cruel e inhumana contra la raza de Jesús y los apóstoles, carecemos en los términos más absolutos imaginables, de ninguna integridad moral como para proponer una salida positiva a ese conflicto. Dios quiera entregar algún día a ateos, budistas, hindúes, etc., esa tierra maldita cuya paz las tres religiones descendientes de Abraham somos a todas luces incapaces de conseguir.

Y por último es necesario mencionar la muerte más cruel de todas, la del hambre que este año 2001 ha truncado las vidas de 13 millones —¡Sí, 13.000.000!— de niños, sin contar los adultos de su entorno. Viviendo en la Europa moderna y próspera, se nos hace difícil imaginar la magnitud del sufrimiento humano en este planeta. Quizá habría que proclamar una semana de ayuno para que, multiplicando con la imaginación hasta la muerte el padecimiento de nuestra carne, y luego volviendo a multiplicar por trece millones de niños, pudiéramos empezar a caer en la cuenta de la terrible crueldad del sistema económico, político, militar y social, del que tanto nos hemos beneficiado este año aquí en Europa.

Sin duda correspondería empezar el año nuevo con humillación de espíritu, con sobriedad, arrepentimiento y oraciones de intercesión en nuestros labios, en lugar de la ligereza pagana con que es tan habitual celebrar la llegada de un nuevo año. Sé que celebraremos y nos divertiremos como siempre en la Nochevieja; tampoco me parece mal.Sólo pediría que todos nosotros, en algún momento esa noche, hagamos una pausa en el jolgorio para recordar en oración a esta triste humanidad sumida en su pecado y rebelión contra su Creador.Y que nos hagamos el firme propósito de seguir entregados de cuerpo y alma al Mesías Jesús y a sus proyectos de bendición, paz y armonía para la Tierra entera. Que este año seamos más generosos, más solidarios, más tolerantes del que es distinto; y estemos más dispuestos a perdonar y más entregados a la no violencia en nuestra lucha sin cuartel contra el mal.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 74, enero 2002