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El final de 1 Tesalonicenses: enseñanzas prácticas para la vida cristiana

Este mes empezamos una nueva serie de temas que iremos desarrollando en futuros números del boletín. Se trata de una serie de instrucciones claras, precisas, y generalmente sumamente breves, que ofrece el apóstol Pablo en los últimos renglones de su Primera Carta a los Tesalonicenses.

Alentaos los unos a los otros

Por tanto, alentaos los unos a los otros, y edificaos el uno al otro, tal como lo estáis haciendo.

—1 Tes. 5.12-13

Con estas palabras trae Pablo a lo práctico, lo presente y terrenal, las enseñanzas que había estado desarrollando en los párrafos anteriores, acerca de la esperanza cristiana en el más allá en contraste con las duras realidades que a veces nos toca vivir en «el más acá».

«Porque no nos ha destinado Dios para ira —había escrito dos versículos antes— sino para obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo». Las presiones de esta vida, realidades de «tinieblas» como las llama Pablo, pueden acabar influyendo negativamente en el estado de ánimo, en la capacidad para creer y para ser fiel, y en la capacidad para seguir desarrollando «visión» acerca de las cosas que de verdad importan.

La lucha de a diario para ganarse la vida, a veces en trabajos que no dan mucha satisfacción, trabajos que una realiza sólo por las pesetas que espera cobrar, con compañías que uno sólo tolera porque no tiene más remedio.

Los pequeños roces relacionales en la familia, en el trabajo, incluso entre hermanos en la iglesia, que a veces se descontrolan y se transforman, si no en enemistad, por lo menos sí en distanciamiento y soledad.

La presión anímica de la gran mayoría de las noticias de la radio, la televisión y el periódico. Atentados terroristas, inundaciones, sequías o huracanes, terremotos y volcanes. Guerra en los Balcanes. Guerra en Africa.Guerra entre israelíes y palestinos. Secuestros en las Filipinas, en Colombia, en Asia. Mutilaciones, torturas, violaciones, violación de derechos humanos, aplicación de penas de muerte, violencia familiar, violencia de todo tipo contra las mujeres o contra los niños.

Poco a poco las tinieblas de este mundo van incidiendo en la mente y el espíritu, y uno acaba adoptando el fatalismo que el príncipe de las tinieblas quiere imponernos: ¿Qué puede hacer uno solo contra tanto mal? ¿Dónde han ido a parar mis idealismos, mis ilusiones, sueños y anhelos para la vida?Los poderes de las tinieblas nos susurran al oído: «Las cosas son hoy como siempre han sido y siempre serán. El mal, la maldad, el odio, la separación, la muerte, la violencia, la insatisfacción profunda del alma, todo esto ha sido siempre característico de la humanidad y siempre lo será. Nada nunca podrá cambiar».

Y ahí es donde nos necesitamos unos a otros para animarnos y alentarnos unos a otros, para edificarnos unos a otros, para recordarnos unos a otros que Jesús resucitó. Sucedió un día lo que nunca antes había sucedido: la sorpresa, lo inesperado, lo imposible, lo que el príncipe de las tinieblas jamás imaginó que fuera a suceder. Un hombre, un pobre hombre solo, que osó vivir con total coherencia e integridad delante de Dios y al que las tinieblas aplastaron matándole bajo tortura... ¡resucitó!

¡Y hoy está sentado en el trono a la diestra del Padre en las alturas celestiales!

Lo cual significa que el mal, la maldad, la violencia, el desánimo, la guerra, los desastres, las depresiones y enfermedades, nada, ninguna de estas cosas, es necesario. Y a pesar de lo que nos susurran insistentemente al oído los poderes de las tinieblas, ninguna de esas cosas es eterna.

Pero esto se nos olvida a cada uno de vez en cuando.Por eso es necesario que nuestras conversaciones entre hermanos sean siempre de aliento, de ánimo, de edificación. Que nuestras palabras estén cargadas de fe y esperanza. Que nos saludemos con saludos de victoria en el Nombre de Jesús:

—¡Cristo vive!

—¡Amén! ¡Y tú también, mi hermano! ¡Dios te quiere y yo te quiero y la vida es hermosa en Cristo Jesús!

Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos.

—1 Tes. 5.14

Otra vez el mismo tipo de instrucción apostólica, aunque añadiendo algún matiz, reconociendo que lo que necesitamos los hermanos unos de los otros, no es siempre solamente ánimo. La edificación con que hemos de hablarnos unos a otros en todo momento puede, en determinado momento, tomar la forma de palabras de exhortación y estímulo a enmendarse si se trata de un hermano indisciplinado. Y también puede ser que más que palabras de ánimo ni de corrección, lo que hace falta es el silencio de la paciencia, donde aguantamos por amor fraternal a quien tal vez esté pasando un mal día o una temporada difícil.

En nuestra lucha contra las tinieblas y contra el príncipe de la oscuridad, nos necesitamos unos a otros.

Y nos tenemos unos a otros.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 62, noviembre 2000