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Andar en el Espíritu

Pablo recomienda en Gálatas 5.16 que andemos en el Espíritu y no satisfaciendo los deseos de la carne.

Creía que andar en el Espíritu es andar guiado de un cierto «misticismo» que me lleva a flotar en las nubes, a la felicidad estúpida de sonreír todo el día. En cambio tirarme en el sofá al llegar de trabajar aunque esté cansado es un deseo de la carne y por lo tanto condenable.

Para andar en el Espíritu miro dentro de mí mismo y me pregunto: ¿Tengo paz? Sí. ¿Tengo la conciencia tranquila? Sí. ¿Siento amor? Sí. ¿Soy bondadoso? Sí. Entonces ando en el Espíritu.

¡Qué bien! ¡Qué ilusión! Ya estoy siguiendo el consejo de Pablo y por lo tanto como ando en el Espíritu no ando en los deseos de la carne. ¡Qué bonito! Pero… resulta que mi mujer se queja de mi falta de interés de las cosas de la casa. ¡Vaya, qué mujer! Siempre preocupada de las cosas materiales en vez de las espirituales. Ya me empieza a estropear la paz que yo gozaba.

—Dani, cambia los pañales a la niña. ¿O no te das cuenta de que tiene cacas?

Yo, la verdad, un cierto olor sí que notaba pero… con el gozo que tenía, ¡cómo me iba a manchar en semejante fruto de la carne! En fin… que mucho andar en el Espíritu pero la vida diaria me la chafa.

No, si al final tendré que hacerme monje y además… monje de clausura.

Si los tiros no van por ahí, ¿qué pasa con Pablo que da consejos muy «espirituales»? Claro, será para los teólogos y los solteros porque si no, que me lo expliquen.

Cuando tengo líos de este tipo pienso que me he subido a alguna rama y ando algo perdido así que será mejor bajarse y rebuscar en las raíces. Repaso el Sermón del Monte y pienso: ¡Jolín! ¿A quién le encanta ser pobre? ¿Y a quién llorar? Me pregunto quién disfrutará tanto con la mansedumbre que cuando le den «caña» pida más. Es enseñanza de Jesús pero reconozco que no es lo que a mí me apetece. Y por supuesto si puedo evitar meterme en líos, ¿por qué no? Anda, pero… si… ¿No tendrá eso algo que ver con los deseos de la carne? Pues vaya, ¡qué bien!

Si no ejerzo misericordia parece claro que surgirán los pleitos (con mi mujer…) y las contiendas y por supuesto las disensiones y más cosas. Me parece a mí que andar en la carne no tiene nada que ver con el Sermón del Monte —o lo que es lo mismo, con la enseñanza de Jesús. ¿Podría ser que lo que él dijo tuviese algo que ver con andar en el Espíritu?

Empiezo a pensar que es precisamente el Espíritu de Dios el que podría hacer posible la encamación de las bienaventuranzas. Quizás si el Espíritu potencia (con poder) el hambre y sed de justicia, podría llevarme a no quedarme quieto injustamente mientras la peque sufre en sus tiernos traseros la incomodidad de cargar con materia orgánica excedente. Y si el Espíritu potencia (con poder) la limpieza del mi corazón, podría recordar que mis hijas son personas tal y como Dios las creó y no intentar convertirlas en lo que no son. Y si el Espíritu potencia (con poder) la misericordia, podría saludar amablemente a ese vecino con el que estoy tan mosqueado (quizás sea el que me está robando las revistas de informática del buzón; ¡anda, que si le cojo…!).

Concluyo que andar en el Espíritu me parece que tiene poco de mirarse el ombligo (y eso que algunos son bonitos) y debe tener mucho de mirar lo que le pasa a los otros que nos rodean.

Al fin y al cabo, así es Dios.

Daniel Costas, Boletín CEMB Nº 5, noviembre 1995