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Celebración de la «Mayoría de Edad Espiritual»

1. ¿Por qué celebrar la «mayoría de edad espiritual»?

En el desarrollo de cada ser humano hay dos etapas claramente diferenciables. La niñez, y la madurez adulta. No se pasa de niño a adulto en un instante.Una larga historia, muy personal y única en cada individuo, nos conduce a cada uno desde la niñez a la madurez. Es imposible decir en un instante concreto «En este momento dejas de ser niño» o «En este momento te transformas en adulto». Lo que sí podemos hacer es tomar constancia de los cambios que se van produciendo en el desarrollo de la persona.

Uno de esos cambios tiene que ver con la vida espiritual. Tiene que ver con la capacidad de saber la diferencia entre el bien y el mal. Tiene que ver con la capacidad de asumir la responsabilidad por nuestra propia conducta. La capacidad para asumir las consecuencias de nuestras acciones.

Jesús dijo que el Reino de Dios es de los niños. Dijo que para entrar al Reino de Dios es necesario ser humilde como los niños pequeños. Con esto decía que durante la niñez Dios no nos tiene en cuenta nuestras malas acciones. Jesús sabía perfectamente que los niños no pueden medir las consecuencias de sus acciones. Que son incapaces, por ejemplo, de imaginar la vida desde el punto de vista del prójimo. No pueden comprender el sufrimiento ajeno. Por eso son a veces tan «crueles» los niños. Porque no se dan cuenta. Estas cosas las ha venido confirmando la psicología en las últimas décadas, reconociendo así el profundo conocimiento de la condición humana que manifestaba Jesús. Por eso no hace falta bautizar a los niños. Por eso los niños no necesitan «recibir a Cristo». Es que el Reino de Dios ya les pertenece. La sangre de Cristo cubre sus pecados automáticamente, por decirlo de alguna manera. La gracia de Dios en la cruz de Jesús es suya sin que la tengan que recibir. Así entendemos la enseñanza de Jesús sobre los niños.

El apóstol Pablo habla del padre como cabeza de la familia. Esto indica que en algún sentido el padre tiene una responsabilidad espiritual muy particular respecto a su familia. El apóstol también nos indica que al padre se le ha encomendado la labor de educar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor». De alguna manera él es responsable de la conducta de sus hijos. Ellos se comportan como él les enseña con su ejemplo, sus palabras y su disciplina. Otro aspecto de la responsabilidad paterna es ser intercesor. Consciente de esta responsabilidad, mi intercesión como padre respecto a mis hijos pequeños siempre ha sido: «Señor, no les tengas en cuenta sus pecados. Cárgamelos a mi cuenta. Respondo yo por ellos. Si hace falta castigar, castígame a mí.» Esto es justo, porque en el mismo desarrollo de la psicología infantil, su identidad está supeditada a la de sus padres. En su fuero más íntimo, donde la persona define «¿Quién soy yo?», la respuesta del niño es «Soy hijo de Papá y Mamá».

(Yo vivo esto muy personal e intensamente como padre. Supongo que la dinámica para una madre es muy parecida. Concretamente en aquellos hogares en los que por faltar el padre es ella la cabeza efectiva del hogar, no me cabe duda de que su papel sería idéntico al que yo vivo como padre. Es de suponer también que cuando el padre no es cristiano comprometido y la madre sí, el papel espiritual de ella se agiganta.)

Pasada ya la niñez, la realidad espiritual es otra. El adulto es responsable por sus propias acciones. El adulto sabe la diferencia entre el bien y el mal. Ya no hay excusas que valgan. Por muy mal que le hayan formado, se puede dar cuenta cuando sus acciones hacen sufrir al prójimo. Por muy mal que le hayan educado sus padres, tiene el testimonio de su propia conciencia que denuncia su maldad. El adulto ya no define su «yo» en torno a sus padres. Se sabe único, distinguible de todos los demás. Así el adulto se halla solo ante Dios. Solo ante su conciencia. Solo ante el juicio eterno. Ahora el único que podrá interceder por él, diciendo «Carga sus pecados a mi cuenta», es Jesucristo. Y esto sólo es posible cuando el adulto ha decidido seguir a Cristo, entregarle su vida.

Es relativamente fácil describir estas dos etapas espirituales, la de la infancia y la de la madurez. No es difícil comprender las diferencias espirituales entre niños y adultos. Lo que sí se hace bastante difícil es saber cuando se produce el cambio de un estadio al otro.

Lo primero que habría que observar es que esto no sucede en un instante, sino que es un proceso que cada individuo recorre en su propio tiempo y a su propio ritmo. Aquí es importante reconocer que Dios nos ha creado, nos comprende perfectamente y es, además de justo, misericordioso. ¿Qué sucede durante el período comprendido entre el despertar de la conciencia personal y el día que el joven decide seguir a Cristo? Conociendo la bondad y ternura maternal de Dios, no debemos temer esta etapa. Aunque en el peor de los casos un adolescente muriera sin haberse decidido definitivamente por Cristo, si existe alguna manera de excusarle, estoy seguro que Dios la hallará. El pecado de fondo por el que somos juzgados es ese cascarón de dureza habitual contra Dios, que requiere algún tiempo en el ejercicio de la rebeldía para formarse.

Ese proceso de individuación, de toma de conciencia de que uno es responsable por su propia vida, puede tener muchos hitos. Es posible y positivo alentar al adolescente a hacerse consciente de lo que está sucediendo en su desarrollo. Podemos estimularle en su proceso de maduración. Cuando reconocemos en él o ella un individuo moral y espiritual cuyas acciones tienen consecuencias, él o ella se lo tomará con seriedad. Si sabe que los adultos le consideramos capaz de decidir su propio camino en lo espiritual, se empezará a plantear seriamente las alternativas. Luego el Espíritu Santo tiene su propio tiempo en su trato con cada individuo, pero es previsible que tarde o temprano el joven de familia cristiana también se decida por Cristo.

Uno de los hitos que podemos marcar en este proceso es la celebración de su mayoría de edad espiritual. Podemos, como familia y como iglesia, declararle al adolescente que le consideramos maduro ya para empezar a plantearse su relación personal con Dios.

Otro motivo para esta celebración es la importancia de que nuestros hijos tengan momentos en los que se saben protagonistas de la vida de la comunidad. Este es un aspecto sumamente positivo, psicológicamente, de la tradición católica romana de la primera comunión. El día de su comunión el niño sabe que toda la atención de su familia y su comunidad religiosa se centra en él. El niño se siente valorado, reconocido, aceptado. Creo que con esta celebración podemos hacer algo parecido para nuestros hijos. Es normal que aleguen pasar vergüenza, pero cabe sospechar que en el fondo les causa un profundo placer recibir esta muestra de reconocimiento, amor y respeto por parte de su familia y comunidad cristiana.

2. Trasfondo histórico

Respecto a este tema es interesante observar la tradición judía. Los chicos judíos celebran, en torno a su 13 cumpleaños, lo que llaman el bar mitsva, que podríamos traducir algo así como «hijo de la Ley». La larga experiencia y observación psicológica y espiritual del pueblo judío les ha conducido a la conclusión de que a esa edad, al cumplir los 13 años, los chicos ya tienen conciencia de su «yo» individual y pueden hacerse responsables por cumplir personalmente la ley de Dios. (En la tradición judía sólo los varones son bar mitsva. Sin embargo últimamente algunos judíos liberales hacen una celebración parecida para las chicas, llamada bas mitsva, «hija de la Ley».)

Aparte de que la experiencia de muchas generaciones parece justificarlo entre los judíos, a mí me parece que los 13 años es una edad razonable. Al llegar a esa edad los chicos, sin ser adultos, tienen ya bastante desarrollado el sentido moral de la vida. Es cierto que en muchos casos, especialmente entre los varones, al cumplir los 13 años no han llegado a la pubertad. Esto no impide que puedan entender el sentido de la enseñanza cristiana incluso en cuanto a moral sexual.

El único relato bíblico que tenemos sobre los años de crecimiento de Jesús ocurre cuando tiene 12 años cumplidos. Recor­damos que fue con su familia a Jerusalén, y allí manifestó ya comprender la ley divina con tal profundidad como para poder conversar sobre ella con los maestros judíos en el templo. No es del todo descabellado imaginar que se aproximaba su 13 cumpleaños y que la ocasión había sido aprovechada para celebrar su bar mitsva en Jerusalén.

No interesan los detalles de la celebración judía en sí, que de todas maneras no íbamos a querer imitar. Sí es interesante notar el sentido de la celebración, indicado por el nombre que se le da, «hijo (hija) de la Ley». A partir de ese momento se considera que la ley divina es para él o ella. Que lo que Dios manda tiene que ver con él o ella. Que es ya capaz de comprender y obedecer los mandamientos de Dios.

Moral y espiritualmente, ante Dios, la persona es desde ahora mayor de edad. Esto no niega el largo proceso de maduración que el adolescente aun tiene por delante. Tampoco niega la importancia del tutelaje paterno y materno durante ese período de maduración. Es sencillamente reconocerle capaz de enfrentarse personalmente con el mandamiento divino.

3. Metas

La celebración dentro de la comunidad cristiana de la mayoría de edad espiritual del adolescente, tiene los siguientes objetivos:

  • Reconocer públicamente que el niño o la niña ha emprendido ya ese camino hacia la madurez, característico del adolescente.
  • Reconocerle capaz de comprender los mandamientos divinos y de saber que son para él o ella.
  • Declararle responsable de sus propias decisiones, de su propia conducta, de las consecuencias de sus acciones.
  • Declararle responsable de su propia vida espiritual, independiente de la de sus padres.
  • Celebrar con él o ella estos cambios que empezamos a observar en él o ella. Felicitarle, gozarnos con él o ella, centrar nuestra atención afectuosa en él o ella como persona que ya abandona la niñez.

Notar: Lo que no pretendemos aquí es que el adolescente entienda el evangelio, la salvación por medio de Jesucristo; ni mucho menos que se decida ya por Jesucristo de una manera madura, para toda la vida. Lo que pretendemos es tan limitado que con el mensaje del Antiguo Testamento nos basta: Dios ha dado a conocer su voluntad acerca de la conducta que él espera de nosotros. Los chicos de 13 años están en condiciones de asumir que esto tiene que ver con ellos personalmente.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 55, marz

     
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