Cinco compromisos para una vida cristiana normal
5 – Compromiso con la Iglesia
Desde que Jesús reunió a doce apóstoles y un número indeterminado de discípulos y discípulas en torno a su persona, seguir a Jesús es una actividad social.
Supongo que se puede ser cristiano a solas. Una persona abandonada en una isla deshabitada sin duda podría seguir manteniendo una relación íntegra con Dios, pienso yo. Aunque, claro, carecería de oportunidad de ejercer las virtudes concretas de la enseñanza de Jesús respecto al trato del prójimo. Puedo imaginar una situación misionera donde uno, por lo menos al principio, no tuviera hermanos en la fe. Ahí sí que se podrían ejercer las virtudes de la enseñanza de Jesús acerca del trato del prójimo, aunque uno seguiría privado del apoyo a todos los niveles —emocional, espiritual, de estímulo a la fe y a las buenas obras, etc.— que supone tener un grupo de cristianos con quienes orar, estudiar la Biblia y celebrar la Cena del Señor. Echándole imaginación, seguro que hay otras muchas situaciones donde se puede practicar el cristianismo a solas.
Pero serían siempre situaciones anómalas, extraordinarias, y ante todo indeseables como estilo de vida permanente.
Cuando los profetas exhortaban e invitaban a Israel a abandonar sus pecados e idolatrías, la promesa de restauración de la armonía entre Dios y ellos solía concluir con la frase «y me seréis por pueblo y yo os seré por Dios». No «me seréis por hijos» ni «me seréis por adoradores» ni «me seréis por individuos consagrados y santificados», sino «me seréis por pueblo.» Dios, desde siempre, ha reunido a sus escogidos en grupo: llámese pueblo, nación, congregación, comunidad, colectividad o, si quieres, iglesia.
Por eso todo aquel que aspire a ser un cristiano «normal» (o sea un cristiano que crece, madura, progresa satisfactoriamente, está mínimamente capacitado para formar a otros cristianos que puedan seguir su ejemplo de fe, piedad y obras) naturalmente se integra con afecto en la iglesia. Así como no es normal que un estudiante deseoso de aprender falte a clase, así como no es normal que un deportista prefiera ver deportes en la tele antes que practicar él mismo el deporte, así como no es normal que un matemático se abstenga de hacer cuentas, tampoco es normal que un cristiano muestre poco interés por la iglesia.
El cristiano «normal» asiste a las reuniones de su comunidad. Asiste cuando tiene ganas, cuando está lleno de ilusión por ver qué es lo que sucederá hoy, lo que Dios hará hoy; cuando le apetece ver a los hermanos y a las hermanas, porque siente un profundo afecto fraternal y familiar por ellos, que le hace sentirse cómodo y a gusto con ellos. Asiste cuando está desganado, desanimado, sin fe ni ilusión; y cuando por distintas vicisitudes de la vida recela de las personas que sabe que va a encontrar ahí. Asiste cuando asistir es una disciplina que asume porque sabe que le hará bien aunque en absoluto le apetezca ni ilusione. Asiste en esas circunstancias, porque sabe que también hace dos mil años, cualquier discípulo que quería estar cerca Jesús tenía que asumir que donde estaba Jesús también estaban los demás discípulos.
El cristiano «normal», además de asistir a las reuniones, participa activamente en ellas. El apóstol escribió que el Espíritu Santo ha repartido dones entre todos los seguidores de Cristo. El cristiano «normal» no priva a su comunidad de los dones que Dios ha dado a la comunidad en su persona, por indigno o marginal que se sienta. El cristiano «normal» (aquel que crece, madura, progresa satisfactoriamente, está mínimamente capacitado para formar a otros cristianos que puedan seguir su ejemplo de fe, piedad y obras) se apunta voluntario cuando le ofrecen una oportunidad de servir, de apoyar, de aportar su tiempo, sus energías, sus conocimientos y habilidades, sus oraciones —lo que sea— a fin de aumentar la efectividad del testimonio y de la obra de la iglesia.
El cristiano «normal» es lento para criticar a sus hermanos, rápido para alabar, bendecir y animarles. Procura siempre vivir en reconciliación con todo el mundo... y tanto más con sus hermanos y hermanas en la fe. Cuando hay «mosqueos» y malentendidos no deja de ser un amigo leal: procura con premura hacer las paces, siempre dispuesto a perdonar, a asumir y confesar su parte de la culpa.
Esto, una vez más, requiere disciplina. Requiere práctica y ejercicio. Requiere vencer la pereza, ir contra lo instintivo, lo fácil —lo «carnal», diría el apóstol. Pero es precisamente por ello que es necesario que pensemos en ello y nos lo propongamos como meta. Si ya nos valía lo instintivo, fácil y natural, ¿qué es lo que íbamos a querer aprender de Jesús?
5 disciplinas — Resumen final
Podían haber sido tres, podían haber sido siete. Lo podríamos haber dejado en los dos «mandamientos» principales con que Jesús resumía toda la ley de Moisés: «Amarás al Señor tu Dios con todo.. y a tu prójimo como a ti mismo».
Pero al final nos hemos fijado en estas cinco disciplinas:
- leer la Biblia,
- dedicarse a la oración,
- ser desprendido con los bienes materiales,
- practicar el arrepentimiento como un estilo de vida y
- comprometerse activamente con la iglesia.
La gracia de Dios suple todas nuestras carencias. Dios no nos trata como nos merecemos, sino que él es fiel y justo con nosotros, aplicándonos su misericordia y perdón. A veces Dios nos manda tiempos de especial bendición, donde parece que su Gloria y Presencia se nos acercan sobrenaturalmente y nos renuevan desde dentro. Otras veces, las más, él pretende que nos hagamos fuertes en lo interior, aplicándonos a nosotros mismos un estilo de vida disciplinada conforme a la enseñanza de Jesús y los apóstoles.
Al fin de cuentas los que no hemos dado la talla somos nosotros. Y para que aprendamos a ajustarnos más a lo que Dios pretende de nosotros (y lo que nosotros mismos aspiramos a ser), al final tendremos que ser nosotros los que vivamos nuestras vidas conforme a los valores que tanto hemos admirado en Jesús de Nazaret. Dios nos puede «salvar». Nos puede dar su Espíritu Santo. Nos puede hacer vivir momentos de intensa comunión con él. Nos puede liberar de «ataduras» psicológicas o espirituales que predeterminan nuestra conducta hacia el mal. Pero al final a los que nos toca vivir vidas cristianas es a nosotros. Esto no es excepcional, heroico, sobrehumano ni imposible. Es lo normal.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 55, marzo 2000 |
|