Efecto 2000
Recuerdo claramente el cambio de década en 1960. Sonaba a modernidad absoluta. Aunque nací en los 40 no recordaba más que los 50; toda la vida (así me parecía) había transcurrido en los 50 y la llegada de los 60 era algo así como el novamás del futurismo hecho realidad hoy.
Bueno, sí, se hablaba de un futuro lejano, tan lejano que costaba un poco imaginar que un día llegara. El año 2000. En el año 2000 viviríamos todos en ciudades burbuja bajo una bóveda de cristal autoclimatizada. Las aceras de las ciudades serían móviles: uno subía a la cinta transportadora que le conduciría a la tienda donde quería comprar. Ya nadie tendría coches con ruedas sino que emprenderíamos nuestros viajes en avionetas particulares. La televisión en color no sólo se habría generalizado sino que estaría incorporada a una de las paredes de la casa, de manera que cuando uno pulsaba la tecla (lo del mando a distancia a nadie se le había ocurrido) toda la pared se transformaba en una pantalla de cine. En los dibujos que acompañaban a los artículos sobre el año 2000 todo el mundo sonreía, todas las familias parecían felices, incluso el perro. ¡Ah! ¡Qué vida nos esperaba en el 2000 (a los que, por ser niños, podíamos aspirar a vivir tantos años como para verlo)!
Albergo mi propia fantasía acerca del año 2000. Tiene que ver con el efecto 2000 y el enloquecimiento de todos nuestros aparatos electrónicos.
Nos despertamos el 1 de enero y no funcionan los relojes ni la televisión ni la radio ni el teléfono ni ná de ná. Al cabo de un par de horas (sin saber qué hora es) y un poquillo asustados porque no sabemos qué es lo que está pasando, por fin se nos ocurre que, para matar el aburrimiento y calmar nuestros temores, no estaría mal ponernos a orar. Juntamos a toda la familia (los niños no se quejan: después de todo si no funciona la tele...) y empezamos.
Al principio las oraciones expresan nuestros temores e inseguridades lógicas ante las circunstancias. Poco a poco vamos cayendo en la cuenta de que de todas maneras estamos vivos y rodeados de la familia, de que para hoy por lo menos hay comida en la cocina (estaba previsto que hoy el supermercado no abría), y que hay mucho, pero mucho, que agradecer al Señor. Poco a poco la oración de temor se va transformando en alabanzas y expresiones de confianza en Dios. De vez en cuando, por puro hábito, miramos el reloj. Sigue marcando la medianoche a pesar de que sospechamos que será ya más bien el mediodía, así que (¡como además no hay otra cosa que hacer!) seguimos orando. Nos empezamos a acordar de los que sufren, de los que están pasando frío, que no tienen lo necesario para comer ni amigos ni familia.
Al rato (o a los dos o tres ratos, ¿quién sabe?, los relojes no funcionan) uno de los chicos se acuerda de los vecinos y se pregunta si no necesitarán nada. Empezamos a llamar puerta por puerta, a enrollarnos con ellos y preguntarles si todo va bien. No hay nada concreto que podemos ofrecerles, pero a algunos los vemos tan acobardados, que nos ofrecemos a orar por ellos. Nos lo agradecen efusivamente y aceptan nuestra propuesta de hablar algún día acerca de nuestra fe, que de momento les ha dejado bastante más tranquilos. Para cuando nos damos cuenta que tenemos hambre ya hemos invitado a uno de los vecinos a comer con nosotros, porque está solo y lo está pasando bastante mal.
Para el tercer y cuarto día las cosas van más de rutina. Levantarse y tirarse un par de horas orando y leyendo la Biblia con los vecinos. Luego salir a la calle a ver qué podemos conseguir para comer entre todos los del portal. Esto tarda bastante tiempo porque nos entretenemos orando por muchos de los asustados y preocupados que nos encontramos en la calle, gente que no sabía que se podía confiar en Dios aunque falle la tecnología.
El quinto día suena el despertador por la mañana, a su hora habitual. Todo ha vuelto a funcionar. Pero cuando salimos al ascensor para bajar para ir al trabajo, un vecino se asoma y pregunta:
—¿Entonces hoy no oramos?
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 53, enero 2000 |