El jardinero que hizo florecer el desierto
Hubo una vez un hombre que supo hacer crecer flores en el desierto. Trajo sobre sus espaldas sacos de tierra fértil desde un valle lejano donde crecía todo tipo de vegetación. Con cada saco de tierra a cuestas subía una montaña y la bajaba, un viaje de cuatro días. El saco de tierra quedaba empapado de su sudor y las piernas le temblaban cuando por fin llegaba al lugar que había elegido en el desierto. Luego vaciaba su saco en el suelo, sobre las piedras duras y la tierra arenosa y estéril donde a duras penas crecían unos matorrales espinosos y matas de hierba dura. Un montoncito de tierra en medio de la enormidad del desierto. Y así un viaje tras otro hasta que decidió que ya había bastante. Luego plantó sus plantas y las empezó a regar. Todos los días iba y venía, a pie, tres horas de ida y otras tantas de vuelta, a un riachuelo desde donde cogía un cubo de agua en cada mano y hacía el terrible y escabroso viaje de vuelta. Y así empezaron a crecer flores en el desierto.
A eso dedicó su vida.
La gente vino desde lejos para admirar esas asombrosas flores que crecían en el desierto. De vez en cuando, cuando alguien mostraba especial interés, él les invitaba: «Únete a mí. Tú también puedes hacer que haya flores en el desierto.» Y así, poco a poco fue reuniendo un pequeño grupo de seguidores que empezaron a hacer lo mismo que él. Unos traían tierra; la mayoría, agua para regar. Unos pocos iban lejos, muy lejos, para conseguir semillas de plantas exóticas de un colorido esplendoroso.
Pero los habitantes del desierto se ofendieron. Ese jardín en el desierto hacía que sus propia existencia pareciera descolorida, dura e insignificante. Se escandalizaron. Opinaron que no era práctico hacer florecer el desierto, que aquello era contrario a la naturaleza, requería esfuerzos desmesurados, distraía de otras ocupaciones más importantes y necesarias. De manera que una oscura noche cayeron sobre él con lanzas y piedras, lo mataron, prendieron fuego a su jardín, y enterraron su cadáver bajo las cenizas. Luego volvieron a sus casas, contentos de que habían acabado con aquella aberración.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, los seguidores de aquel hombre empezaron a traer agua otra vez. Y el jardín volvió a florecer. Años más tarde, arrepentidos del mal que habían hecho, la mayoría de los pobladores del desierto se había sumado al proyecto. No es que fueran a por agua todos los días. Eso no habría sido práctico. Había otras cosas importantes que hacer. Pero de vez en cuando, quizá una vez al mes, o una vez al año, o en ocasiones especiales como para celebrar el nacimiento de un hijo, hacían un viaje con un cubo de agua, y se daban por satisfechos de estar continuando dignamente la labor del jardinero del desierto.
Por fin decidieron levantar un monumento al jardinero que ellos habían matado. Ahora empezaron a ir incluso más lejos que antes con sacos, pero no para traer tierra sino para traer cemento. Y seguían yendo por agua, pero no para regar las flores sino para mezclar con el cemento y la arena y las piedras del lugar. Y al cabo de los años, donde había estado el jardín, se pudo contemplar una enorme escultura, visible a kilómetros de distancia: La figura de un jardinero de hormigón que regaba con un chorro de hormigón, desde un cubo de hormigón, unas enormes y grises flores de hormigón.
Durante muchas generaciones, en aquel paraje inhóspito, los habitantes del desierto se llamaron a sí mismos jardineros, en honor al que había muerto por hacer crecer flores en el desierto. Y si alguien les preguntaba acerca del jardinero se les nublaban los ojos de emoción y decían :«¡Ah!Fue un gran hombre. Nunca hubo nadie como él, capaz de hacer que el desierto floreciese. ¡Qué muerte injusta, la suya!» Pero si alguien les preguntaba: «¿Y por qué no cultiváis flores en el desierto vosotros?», se ofendían y se mostraban horrorizados :«Pero ¿qué dices? En aquellos tiempos era posible hacer crecer flores en el desierto. Pero hoy no es práctico ni necesario. Lo importante es mantener vivo el recuerdo de que un día el desierto floreció.»
parábola: Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 72, noviembre 2001 |
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