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El misterio de la oración

—Papá, quiero una hermanita —insistía el niño.

—Hijo, —respondió su padre—. La vida la crea Dios. Él es quien trae hermanitas. ¿Por qué no se lo pides en oración?

Durante las próximas semanas, los padres observaron como todas las noches, antes de acostarse, el niño se arrodillaba junto a su cama y oraba fervientemente pidiendo una hermanita. Pasó algún tiempo y el niño por fin dejó de orar por una hermanita.

Un día el padre pasa a recoger al niño al colegio y le dice, «Hijo, vamos al hospital. Hay algo allí que quiero que veas». Los dos se dirigen al hospital y entran a una habitación, donde encuentran acostada a la madre.

—Mira esto, hijo —dice el padre, y tira de la punta de la manta. ¡Allí, junto a su madre, descubre una hermanita recién nacida!

Al niño se le ponen los ojos redondos de sorpresa y una sonrisa enorme cruza su cara.

—Eso no es todo, hijo —dice el padre, y tira un poco más de la punta de la manta, descubriendo otra hermanita.

El niño ya no cabe en sí de admiración y felicidad cuando el padre dice, «Espera, espera: ¡Ya verás!» y vuelve a tirar de la punta de la manta, descubriendo una tercera hermanita recién nacida.

—Ahora dime: ¿no te alegras de haber orado? —le pregunta el padre.

¡Ya! —responde el niño—. ¿Y tú no te alegras de que al fin haya dejado de orar?

¡Ojalá el tema de la respuesta a la oración fuese tan sencillo como un chiste!

A veces tengo la impresión de que la única vez que Dios me prestó atención fue cuando le dije que podía ser mi Señor. Como que esa oración sí la oyó, tomó nota de ella, y por ella se excusa de tener que volver a escucharme.

En el fondo, si esa es la situación, me conformo. Un Dios que hiciera todo lo que yo quiero me crearía una profunda sensación de inseguridad. Necesito un Dios más grande que yo. Un Dios que tiene el universo entero a sus órdenes. Un Dios que sea capaz de decirme que no.

Pero también necesito un Dios que escucha. Aunque más no sea para que yo me sepa acompañado en los momentos difíciles de la vida. Esto me importa más que salirme siempre con la mía. Y esto creo firmemente que lo tengo. Lo creo porque la Biblia me dice que es así: que Dios me ve como un hijo; que me valora y le gusta oír mi voz. Y lo creo porque la experiencia me lo confirma.

Con mi padre camal tampoco solía salirme siempre con la mía. Pero nunca dudé de su afecto. Aunque a veces me enfadaba con él y sus decisiones me resultaban arbitrarias e incomprensibles, hasta el día de hoy es mi amigo. Hoy es anciano y ya le flaquean las fuerzas, pero sé que mientras le quede vida puedo contar con él. ¡Cuánto más puedo contar con Dios! (Aunque a veces tampoco comprendo sus decisiones.)

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 2, junio 1995