El final de 1 Tesalonicenses (10º y fin)
El saludo cristiano
Saludad a todos los hermanos con un beso santo.
—1 Tesalonicenses 5.26
Vamos, que si son dos repartidos en sendas mejillas como se acostumbra en España; o tres o cuatro como en Francia, no pasa nada.
El beso es el saludo cristiano por excelencia. El beso establece una cierta intimidad familiar, como sucede también cuando comemos juntos, intimidad que es propia de hermanos y hermanas hijos de un mismo Padre Dios.
Jamás olvidaré una historia verídica que escuché hace más de treinta años. Esto sucedió a mediados del siglo XX en algún lugar de la provincia canadiense de Alberta, donde hay una gran concentración de menonitas. En aquella época muchos de aquellos menonitas, quizá la mayoría, eran inmigrantes de Ucrania yRusia. Habían pasado experiencias similares —muchas veces las habían compartido juntos— de enormes privaciones y sufrimientos tras la Revolución Bolchevique, la persecución soviética, los terribles trastornos ocasionados en Rusia por la Segunda Guerra Mundial, y la huida clandestina al exilio y la emigración a Canadá.
Quien me lo contó había observado un día a dos granjeros menonitas que se aproximaban uno a otro por una rústica carretera de tierra, encaramados en sendos carros tirados por tres o cuatro caballos. Ambos, sin mediar señal previa alguna, detienen sus carros cuando sus caballos se encuentran a la par. Sujetan las riendas y se apean. Avanzan dos o tres pasos al encuentro y se besan solemnemente en la boca (¡este es claramente un detalle ruso!). Se detienen unos minutos inquiriendo acerca de la salud de sus respectivas familias, etc. Luego suben una vez más a sus carros, recogen las riendas, y siguen por su camino. Quien me lo contó quedó impactado de por vida, meditando en el profundo amor de hermanos del que se supo testigo sabiendo, como luego se enteró, que esta era la conducta habitual de aquella gente.
Saludad a todos los hermanos...
Pero quizá el saludo con un beso era algo ya habitual y frecuente en las comunidades cristianas primitivas a las que Pablo dirigía sus cartas apostólicas. Sabemos por varias de sus cartas que no eran del todo infrecuentes las diferencias entre hermanos, las rivalidades, la disensión y los malentendidos. Quizá, como es natural, los hermanos y las hermanas de aquellas comunidades tendían a saludar efusivamente, con un cariño fraternal simbolizado por el beso, tan sólo a aquellas personas con quienes estaban más a gusto, más de acuerdo, más en paz.
Si ese era el caso, más importancia parece haber tenido para Pablo el insistir en que el saludo fraternal se extendiese por igual a todos los hermanos. Si por sumisión a la palabra apostólica, por obediencia a la instrucción divinamente inspirada, los hermanos se obligan a sí mismos a este gesto de amor fraternal, bien les puede valer el gesto y la ocasión para romper el hielo o por lo menos para recordarles que a pesar de todo, somos todos hermanos y hermanas en Cristo. Esto no es automático: quien quiera seguir enemistado con su hermano seguirá así; lo que sí se establece, sin embargo, es una ocasión en bandeja para empezar a cambiar de actitud.
...con un beso santo.
El beso, claro está, sirve para distintos tipos de intimidad, que no solamente la intimidad fraternal. Incluso, según cuál sea el lugar y la época, una misma forma de besar puede tener significados muy distintos y señalar intimidades no siempre puras y santas. El beso en la boca entre dos hombres, que para los menonitas de Alberta hace medio siglo bien podía ser un inocente gesto fraternal, hoy en España tendría un sentido que lo haría poco recomendable.
La intimidad familiar, rasgo deseable e indispensable para una comunidad cristiana que anhela vivir a tope la dinámica espiritual propia de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret, siempre ha de conservarse en la más cuidadosa pureza de ánimo, actitudes y conducta.
Yo anhelaría ver entre nosotros el regreso de este saludo bíblico y apostólico como algo habitual y constante entre nosotros. Tal vez habría que empezar por los grupos caseros, como una disciplina que desde el grupo pequeño se puede acabar ampliando a la comunidad entera. Quizá habría que incorporar el saludo con beso santo a nuestra «liturgia» de Santa Cena. Pero fuere como fuere, sería loable que el saludo cristiano por excelencia no faltara cuando nos encontramos los hermanos.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 71, agosto 2001 |
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