¿Es posible la fe en el siglo XX?

¿Cómo hablar hoy de lo milagroso?
El relato de la Transfiguración (Mateo 17) nos tiene a Jesús hablando con Moisés (que había muerto 12 siglos antes) y con Elías (que había muerto 9 siglos antes). Los apóstoles se quedan sumamente impresionados. ¡Ay de mí, hombre moderno! ¿Qué he de hacer yo con un relato así? Yo, por ejemplo, me pregunto cómo supieron los apóstoles que estos dos señores con que habla Jesús son, efectivamente, Moisés y Elías. Por no hablar de lo que el relato parece suponer acerca de los muertos. ¿Pueden, entonces, aparecerse ante nosotros y conversar con la misma naturalidad que los vivos?
Si este relato se nos contara respecto a Buda, Mahoma, o José Smith (fundador de los mormones) me reiría con aire de superioridad ante la credulidad torpe de sus adeptos. Si los creyentes de alguna de estas religiones me contaran una historia así, automáticamente la atribuiría a alucinaciones, a imaginaciones demasiado fértiles o peor, a un engaño premeditado. ¿Por qué? Porque tales cosas sencillamente no suceden. Y punto. No necesito demostrar que tales cosas no suceden. ¡Todo el mundo sabe que tales cosas no suceden!
¿Cómo puedo ser crédulo respecto al relato de la Transfiguración y a la vez seguir incrédulo respecto a las fábulas, mitos y demás tonterías inventadas por la imaginación de los ociosos? ¿Cómo puedo negar, por ejemplo, que de vez en cuando visitan la tierra extraterrestres de algún otro punto de la galaxia? ¡Hay que admitir que la visita de extraterrestres haría una bonita explicación de la Transfiguración!
En este mismo capitulo 17 de Mateo (vers. 20) Jesús opina que con un mínimo irrisorio de fe cualquier persona puede mover una montaña. Hoy día, claro está, los hombres podríamos mover una montaña si fuera necesario. Pero no cabe la más remota posibilidad de que los apóstoles, allá por el siglo I, estuvieran hablando de nuestra tecnología moderna para tales cosas.
Y al acabar este capítulo, Jesús le dice a Pedro que vaya a pescar y que en la boca del primer pez que pesque hallará una moneda. ¡No sé si sentir o no alivio al observar que Mateo no nos cuenta qué fue lo que sucedió cuando Pedro se fue a pescar... si es que fue! A mí (!Ay de mí, moderno incrédulo!) me resulta más cómodo imaginarme que Pedro soltó una carcajada ante la graciosa ocurrencia de Jesús y luego le pidió a Judas, el tesorero de los discípulos, la moneda que necesitaba para pagar el impuesto. ¡Qué duda cabe que es eso lo que hubiera hecho yo! ¡A mí no me pillan pescando un pez monedero... vamos, ni loco!
Confieso una sensación de profunda humildad al constatar las limitaciones que me impone mi formación escéptica, producto del siglo XX. Sin ser un científico, he sido formado en el espíritu científico de esta era. Eso determina mis presuposiciones fundamentales para saber qué clase de cosas puedo aceptar como ciertas. Me dan una cierta envidia aquellos mal llamados primitivos, de eras anteriores y modernas, cuyas creencias fundamentales sobre la naturaleza y la vida les predisponen a aceptar sin titubeos estas historias.
Observo, además, que hay un poder al que ellos tienen acceso en su mal llamada ignorancia, al que a mí se me pone muy difícil acceder. Me consta que a pesar de todo es cierto que la fe humana puede mover montañas. Desde Uri Geller hasta Carlos Anacondia y pasando por las apariciones de la Virgen en El Escorial, incluso hoy día la fe de hombres y mujeres da lugar a sucesos que quedan fuera de toda explicación racional.
La humildad que tengo que adoptar ante las limitaciones manifiestas que me impone mi formación moderna me obliga, cuando no puedo creer, por lo menos a hacer un paréntesis en mi incredulidad. Está claro que lo que a mí me parece imposible, a los autores de los evangelios les parecía natural. Incluso hoy día, salvo acaso en Europa y Norteamérica, la dimensión milagrosa de la vida es perfectamente asumible por el grueso de la humanidad. El hecho de que algo me resulte increíble a mí no hace que de verdad sea increíble. La incredulidad no es la única reacción posible. Es tan sólo la reacción que yo he aprendido en mi formación occidental moderna.
¿Puede seguir a Cristo un hombre como yo?
Cuando todas mis estrecheces respecto a estas historias han sido confesadas, aun declararé lo siguiente:
1. Presumo de ser un hombre de oración. Sé que a pesar de mi poca, mi casi nula fe, Dios puede hacer lo ilógico y lo inesperado como respuesta a mi clamor. A pesar de todo, no estoy dispuesto a decir que nunca se me vaya a mover una montaña.
2. Para mí la vida no puede tener sentido salvo como continuación de la vida de Jesús. Aquello que él empezó, aquello que él enseñó acerca de la vida, marca incondicionalmente mi identidad.
A los hombres y mujeres de gran fe, estos dos humildes puntos les parecerán poca cosa. En cuanto a mí, ¡Pobre de mí, hombre moderno!, sé que Dios me tendrá misericordia y me acogerá en su regazo. Después de todo... ¿qué diámetro tiene un grano de mostaza?
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 14, agosto 1996 |