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El final de 1 Tesalonicenses (4º de 10)

Estad siempre gozosos

Estad siempre gozosos. —1 Tes. 5.16

¡Curioso mandamiento!

Seguramente, al meditar en esta frase, podemos partir de la suposición de que los apóstoles —y la Biblia en general— no suelen expresar como mandamientos, en el modo imperativo, cosas que sean imposibles de cumplir. No creo que mandaran cosas solamente para frustrar a la gente y crearles complejos de culpabilidad al descubrir que no las pueden conseguir.

Por otra parte, la jocosidad no era una virtud muy bien vista en aquellos tiempos, en la cultura grecorromana de los apóstoles. Más bien se valoraba la seriedad o sobriedad, que se entendía como muestra de sensatez y responsabilidad. De manera que cuando el apóstol manda «Estad siempre gozosos», no debe entenderse que recomienda tomárselo todo a pitorreo, entre risotadas, bromas hirientes y chistes subidos de tono.

Es difícil —por no decir imposible— encontrar en los evangelios un chiste en boca de Jesús. Quizá vemos algo de su sentido de humor en Mateo 17.27. En los versículos anteriores acaba de explicar a Pedro que si los hijos del rey están exentos de pagar los impuestos reales, los hijos de Dios no deberían estar obligados a pagar el impuesto del templo. Entonces le dice: Sin embargo, no sea que se nos escandalicen, ve al mar, echa el anzuelo, y toma el primer pez que salga; y cuando le abras la boca hallarás una moneda; tómala y paga por ti y por mí. Cabe pensar que Pedro se echaría a reír ante semejante ocurrencia, que tenía el efecto de recordarle que tanto Jesús como él no tenían ni un duro, por lo que era absurdo ponerse a discutir si pagar o no el impuesto del templo. Como tantos otros galileos vagabundos de su día, ese impuesto estaba más allá de sus posibilidades económicas. Pero en fin, aparte de esta posible ocurrencia graciosa, el caso es que ni Jesús ni los apóstoles parecen muy dados a contar chistes.

Me parece entonces que esto de estar siempre gozosos tiene que ver más bien con una actitud de gratitud, confianza, y disfrute de la vida. Estar gozoso no sería tanto lo mismo que tomárselo todo a cachondeo, como lo contrario de estar siempre triste y con la cara larga, imaginando siempre lo peor y sospechando que todos a tu alrededor conspiran contra ti.

Dios es bueno. Dios es amor. Dios creó la vida humana y la declaró buena sobremanera. Dios creó la felicidad, creó el amor, creó la pasión de la relación de pareja; creó la belleza, la música, la ternura que nos inspira un bebé, la sensación de orgullo y satisfacción que nos inspiran nuestros hijos adultos. Cuando el Génesis enseña que Dios creó el sol, la luna, las estrellas, la vegetación con todas sus flores y sus innumerables tonos de verde... no sólo lo dice como declaración respecto a su poder. Declarar a Dios creador de todo esto es declararle también dador de la hermosura, de la gloria y belleza y paz —el profundísimo gozo— que inspira la naturaleza en el alma humana.

Y Dios también es digno de la confianza de sus hijos e hijas. Los hay como yo mismo, de tendencia pesimista y negativa, que necesitamos constantemente escuchar este mandamiento apostólico —Estad siempre gozosos— porque nos saca de la negatividad de «la carne» y nos invita a confiar día a día en Aquel que nos amó y nos redimió y que se da cuenta incluso de cada cabello que se nos cae. Y entonces nosotros también podemos cantar himnos y coritos de gratitud alborozada, de alabanza gozosa y feliz contentamiento, canciones dedicadas al que lo hizo todo para que vivamos en su gozo.

Hay situaciones trágicas, y toda vida atraviesa circunstancias duras y llenas de dolor. Existe la ruina económica, el desprecio del rechazo humano, el luto por el ser querido fallecido. Existen las familias marcadas por el odio, la desconfianza y la violencia. Existen las guerras, los terremotos y volcanes. Y la polución ambiental y el SIDA, la muerte, la destrucción, el hambre, la traición y la demencia.

Pero si podemos creer que Dios de verdad nos ama, podremos creerle también cuando nos promete que todo al fin saldrá bien. Que hasta la mismísima muerte tiene solución en la resurrección que nos tiene prometida. Entonces, como Jesús bromeando con Pedro acerca de la pobreza de ambos, sabremos gozarnos en Dios en medio de nuestras circunstancias difíciles y a pesar de nuestro dolor.

Este es el gozo que se manifiesta como una profunda paz interior y que no requiere, para vivirlo, el apoyo de circunstancias exteriores que lo favorezcan.

Pero este gozo no es fácil ni espontáneo. Confieso, al menos, que no lo es para mí. Es una actitud que es necesario cultivar disciplinadamente. Es una manera de abordar la vida, que se puede aprender incluso cuando se nace pesimista. Pablo nos dice en 1 Corintios 13, que hay tres cosas que permanecen para siempre, cuando todo lo demás haya pasado: la fe, la esperanza y el amor. Y me parece que quien se aferra a estas tres cosas eternas, descubrirá también como se consigue estar siempre gozoso.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 65, febrero 2001