Portada
Iglesias
Acerca de los menonitas
Agenda
El Mensajero
Lecturas breves
Textos de fondo
 

Estas navidades en el Zaire, Ruanda y Burundi

La última página de la autobiografía del gran matemático Freeman Dyson (Disturbing the Universe, Harper & Row, 1979), relata una visión que tiene hacia el final de su larga vida de luchar con cuestiones de la responsabilidad de los científicos por el armamentismo nuclear. Desea respuestas claras en su lucha por ser un ser humano compasivo y responsable en medio de un mundo corrupto, lleno de tiranía y guerra. En su visión, su mujer sugiere que se dirija directamente a Dios para obtener esas respuestas.

De manera que Dyson y sus hijas van a visitar a Dios.

Entran en un gran rascacielos lleno de oficinas, y llegan a un salón enorme, en el que una gran escalinata conduce al trono. Mientras suben hacia el trono, tienen la impresión que el trono está vacío. Pero por fin, cuando sus ojos están a la altura del asiento, el matemático descubre que allí, acostado, hay un bebé de tres meses, que le mira y sonríe. Coge al bebé y se lo muestra a sus niñas. Ellas se turnan para tenerlo en brazos y juegan con él unos instantes, luego se lo devuelven a su padre. Éste se queda unos instantes más, apretando al bebé contra su pecho, antes de devolverlo al trono. En el silencio, de repente se da cuenta que sus grandes e importantes preguntas ya tienen respuesta. Entonces el matemático toma a sus hijas de la mano y descienden juntos las escaleras del trono.

Hay muchas metáforas para intentar explicar cómo es Dios: Rey. El buen pastor. Padre. Madre. Marido. Dios como bebé no es una metáfora: fue así como Dios decidió manifestarse al mundo. ¿Qué nos dice pensar en Dios como un bebé?

La primera impresión es una de impotencia, fragilidad, dependencia total de nosotros. Eso no es del todo justo. Todos los que habéis tenido un bebé en la casa seguramente coincidiréis conmigo en que un bebé es la persona más poderosa de la familia. Es capaz de sacarte de la cama a cualquier hora de la noche, cuando estás tan cansada que no te levantarías por ningún otro. Es capaz de hacerte meter las manos en la mierda varias veces al día. ¡A ver quién más sería capaz de eso!

Pero la naturaleza de su poder es que no obliga, sino que apela a lo mejor, lo más digno en nuestro interior. Es posible ignorar el llanto de un bebé. Un niño puede dormir en la misma habitación sin despertarse cuando llora su hermanito...

¿Qué clase de Dios permite la masacre de los inocentes como colofón a la navidad? Un Dios que en lugar de imponer el bien por la fuerza, la venganza, y la imposición contra la voluntad del individuo (dando así la victoria precisamente a la fuerza, a la venganza, y a la imposición contra la voluntad del individuo) apela a nuestros corazones con el poder divino de su amor, su perdón y la atracción irresistible del bien para los hombres y las mujeres de buena voluntad.

Lo que Dios pretende es mucho más grande que vengar este crimen o impedir aquella injusticia. Dios pretende transformar las bases de la realidad humana, desenmascarando las pretensiones absolutistas de la violencia y la fuerza, reemplazándolas con su Espíritu de amor, perdón, reconciliación y solidaridad.

La navidad no es meramente algo que pasó hace muchos siglos. Dios sigue entre nosotros hoy como un bebé. Sigue apelando a lo más noble en nosotros, sin obligarnos por la fuerza. Pero la respuesta depende siempre de ti y de mí.

El Niño Jesús llora hoy en el Zaire, en Ruanda y en Burundi.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 18, diciembre 1996