Ester: Una lectura al revés
A medida que pasan los años con mi hábito matinal de lectura bíblica, cada vez más me doy cuenta que la Biblia es un libro sofisticado. Fue escrita por gente sumamente inteligente y llena de creatividad humana. Gente con sentido de humor y de ironía, capaz de indirectas políticas, insinuaciones y guiños de ojo. Interpretar la Biblia correctamente requiere, estoy convencido, una enorme capacidad para leerla entre líneas procurando situarse en el pellejo de sus autores y sus contemporáneos.
El libro de Ester es un buen ejemplo del caso. Abre con un capítulo que tiene todas las apariencias de sobrar, de estar de más. Con lo caros que eran los pergaminos, con lo trabajoso que resultaba escribir y hacer copias a mano, una a una, ¿por qué dedicar todo un capítulo a un personaje tan ajeno a la trama principal del libro como lo es Vasti, la reina consorte anterior a Ester? El libro de Ester podía haber empezado perfectamente con el concurso de belleza (o más bien la real desfloración en serie de las vírgenes más selectas del reino) que conduce a su elección como reina consorte.
Volvemos entonces al texto del capítulo uno por ver si leyendo entre líneas descubrimos un sentido escondido, un mensaje «al revés», que la superficie del texto pareciera ignorar. Y descubrimos allí el deleite del autor ante las ironías de la vida. Porque Vasti es despedida como reina consorte por osar pensar por cuenta propia en cuanto a pequeñas cuestiones domésticas; pero Ester, su sucesora, pensará por cuenta propia acerca de los asuntos del reino. Vasti no se presenta ante el rey Asuero cuando su presencia ha sido requerida, pero Ester se presentará ante él cuando su presencia no ha sido requerida, tramando a escondidas un cambio de gobierno, mostrando así un atrevimiento y desparpajo aún mayores. El rey se enamora de una chica judía pensando que será mansa y sumisa, sin saber que las chicas judías son capaces de robarte tu autoridad doméstica mientras te hacen la pelota descaradamente (cosa que el autor sabe perfectamente y sin duda ha vivido en carne propia).
Resuena entonces, a través de los milenios, la carcajada del autor bíblico ante lo graciosa que resulta la ironía; pero sólo la hemos podido oír si estábamos dispuestos a «leer al revés», en contra de las serias y sobrias apariencias del texto.
Algo semejante, pero mucho más sombrío, sucede con el capítulo nueve de Ester.
El capítulo abre describiendo el enorme revés, la vuelta patas arriba que es el tema del libro de Ester (y que tal vez sirva como señal de que el libro va de reveses y que haya que leerlo «al revés»). «En el mes doce (es decir el mes de Adar), el día trece cuando estaban para ejecutarse el mandato y edicto del rey, el mismo día que los enemigos de los judíos esperaban obtener dominio sobre ellos, sucedió lo contrario, porque fueron los judíos los que obtuvieron dominio sobre los que los odiaban» (9.1). «Y los judíos hirieron a todos sus enemigos a filo de espada, con matanza y destrucción; e hicieron lo que quisieron con los que los odiaban» (9.5).
¿Qué fue lo que quisieron hacer con «los que los odiaban» (curios frase esa, en vista de los hechos; ellos no odiaban, entonces, sino que eran inocentes víctimas del odio)? «En Susa, la capital, los judíos mataron y destruyeron a quinientos hombres» (9.6). Faltándoles tiempo para acabar la labor en un solo día, pidieron y obtuvieron prórroga del tiempo de impunidad, con el resultado de otros trescientos masacrados en la capital. «Y los demás judíos que se hallaban en las provincias del rey se reunieron para defender sus vidas y librarse de sus enemigos; y mataron a setenta y cinco mil de los que los odiaban» (9.16).
A continuación el relato describe la festividad y el regocijo con que el día siguiente, habiéndose recuperado de tan meritoria labor con el sueño de los inocentes, se entregan a la celebración. «Porque en esos días los judíos se libraron de sus enemigos, y fue para ellos un mes que se convirtió de tristeza en alegría y de duelo en día festivo; para que los hicieran días de banquete y de regocijo y para que se enviaran porciones de comida unos a otros, e hicieran donativos a los pobres» (9.22).
Aquí el autor parece pro fin mostrar sus cartas. ¿A santo de qué acordarse de repente de los pobres? Indica que no todo es tan alegre y festivo como la superficie del texto sugiere. Indica una conciencia intranquila, incapaz de olvidar del todo el horror y la crueldad de la masacre infligida. Algo parecido sucede cuando el autor añade ante cada mención del número de las víctimas, «pero no echaron mano a los bienes». El efecto es de una demasiado presurosa protesta de inocencia respecto a las motivaciones de la masacre. Porque si lo que motiva tanta muerte, tanto duelo y destrucción, no son fines de lucro la motivación, en realidad, sólo puede ser aún más siniestra: el odio, la venganza, la crueldad y el ensañamiento sin límites. O un fanatismo religioso donde se supone que a Dios le puedan agradar los sacrificios humanos de decenas de miles de víctimas.
Si en el capítulo uno oíamos la carcajada del autor, en el capítulo nueve se oye la amargura de su denuncia. Porque el pueblo judío, de quien Dios al elegir a Abraham había prometido que vendría bendición para todas las naciones, celebra con banquete y fiesta en medio del sufrimiento que ellos mismos han ocasionado. El problema no es que los judíos sean peores que sus enemigos. El autor mismo es judío y no puede haber nada más lejos de su intención que el antisemitismo. El problema es que no sean mejores que sus enemigos, a pesar de su elección y el privilegio de haber recibido la Ley del Señor.
Leyendo entre líneas entonces, leyendo «al revés», descubrimos que el libro de Ester constituye una denuncia tan viva y dramática como la de los antiguos profetas de Israel, ante la incapacidad del pueblo de Dios para comportarse como es digno de la misericordia, la compasión y el perdón que tanto celebran en Dios mismo.
¿Y tú? ¿Y yo? ¿Cómo tratamos nosotros a «los que nos odian»? Más a cuento: ¿Cómo les trataríamos si se cumpliesen nuestras más exageradas fantasías y dispusiésemos de un poder político ilimitado y total impunidad?
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 44, febrero 1999
[ver revisión, levemente ampliada, de 2002]
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