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Hacia una evangelización dialogante

Con el relato del caso de la mujer cananea (Mat. 15.21-28) el evangelio de Mateo pone en duda que para el reino de Dios que Jesús inaugura deba mantenerse vigente el concepto de «elección divina» de una raza especial.Ya no es posible hablar de un pueblo distinto a los demás, superior, más espiritual, más bendecido.

Israel jamás olvidó que vivía de prestado en la tierra de los cananeos; sus propias Escrituras lo establecen con claridad. Figura allí, en el libro de Josué, el relato de su invasión de Canaán desde el desierto. Posteriormente y a través de todo el Antiguo Testamento los cananeos, sus ideas, su religión, sus valores y su existencia siempre viva y vital, siguen aflorando, rehusando desaparecer de la historia. Su presunta aniquilación y genocidio se desmiente a diario en las realidades de Israel y Judá. Según las denuncias proféticas, el culto en los santuarios israelitas de Betel y Dan era poco menos que cananeo en sus formas. Y en la capital, Samaria, la religión cananea siempre prevaleció. Pero es que mientras tanto en Judá el culto en el templo de Jerusalén también siempre se pareció mucho más a la religión de los cananeos que a la del judaísmo posterior al exilio.

Y ahora aquí, en un rincón casi olvidado del evangelio, nos encontramos con ese arcaísmo viviente; esa superviviente de un pueblo presuntamente expulsado de la tierra mil años antes: una mujer cananea. Y viene a Jesús exigiéndole un trato al igual con el de los judíos: «Ya que tienes poder para sanar, sana también a mi hija». Ella no entiende de elección divina («elección» que como contrapartida obligada, requiere también una «exclusión divina»). Ella no acepta que Jesús es un judío que vino para salvar solamente a los judíos. Ella recuerda que mucho antes de existir el pueblo judío y la religión de los judíos, sus propios antepasados de ella ya habían estado allí. Y exige sus derechos: sus derechos humanos de salud para su hija e igualdad de trato delante de Dios.

Jesús le dice que no está bien quitarle el pan a los hijos para dárselo a los cachorros de perro.

Ella le recuerda que sin embargo los cachorros comen las migas que caen de la mesa.

Se suele entender aquí que ella se humilla identificándose como cachorra tal como Jesús mismo parece identificarla. Yo pienso que ella más bien le reta a verla como algo más que una perra extranjera: a darse cuenta que si en una casa los perros también comen, cuanto más ella, como ser humano, como representante de todos los pueblos excluidos por una pretendida «elección divina», tiene sin embargo derecho a sentarse a la mesa de Dios como hija. Jesús, al sanar a su hija, parece darle la razón.

Al hacerlo, viene a ser el modelo de la evangelización, incluso el modelo de misionero entre pueblos, razas y culturas distintos al propio. Jesús deja que la extranjera venza sus prejuicios. Jesús escucha a la extranjera, a la cananea, a esta representante de los pueblos pecadores, abominables y excluidos por la elección divina. La escucha con integridad y atención, dispuesto a aprender de ella. Jesús deja que la perspectiva de la extranjera excluida cambie su propia perspectiva como miembro del pueblo elegido. De ese encuentro entre culturas, entre pueblos, entre el evangelizador y la evangelizada, sale él tan profundamente transformado como ella misma.

Muchos cristianos parecen opinar que a Jesús le parió María sabiéndolo ya todo, con discernimiento ya perfecto, con actitudes e ideas ya maduras e inmejorables. El cambio de actitud manifestado por Jesús en este diálogo demuestra lo contrario. Aunque también es cierto que sólo un hombre profundamente moral es capaz de reconocer el reclamo de los derechos de la persona que resulta oprimida por privilegios de los que él goza.

Al evangelizar, entonces, no somos nosotros los que damos en exclusiva y los demás los que reciben en exclusiva. No venimos con un paternalismo de quienes saben mejor que los demás lo que a ellos les conviene. Invitamos al prójimo a un diálogo sincero y real, en el que todos podamos ser transformados escuchándonos unos a otros, mediante la presencia del Espíritu Santo de Jesús que prometió estar presente donde nos reuniéramos en su nombre. (Es hora de que ajustemos nuestros conceptos a lo que pone la Biblia: Jesús no promete su presencia para cuando cantamos y nos emocionemos alabando, sino para cuando nos reunimos en diálogo sincero y abierto procurando descubrir juntos cómo es que hay que tratar al prójimo (Mat. 18.20).)

Este año nuestra iglesia se dispone espiritualmente a una nueva avanzada en la evangelización. Eso exige saber bien qué es lo que pretendemos con la evangelización. La evangelización busca algo más que nuestra clonación como cristianos evangélicos. La evangelización tiene que tener como meta la adhesión de las personas al proyecto magno de Dios para la humanidad. Un proyecto que él viene desarrollando desde hace miles de años y que continuará cuando ya nadie se acuerde de nosotros.

Ese proyecto se puede resumir con una palabra: éxodo.Con el éxodo Dios ofrece una salida de Egipto a un pueblo esclavizado. Eso es lo que significa la palabra «éxodo»: así es como se dice «salida» en griego. El evangelio, nuestra «buena noticia», es que existe una salida para todo aquel que está agobiado, que está hecho polvo, que comprende que no es más que un pecador como cualquier otro. Existe una salida para quien es esclavo de las drogas, de la violencia familiar, de la depresión, del paro, de la incomprensión, del racismo y la xenofobia, etc., etc. ¡Hay una salida! Jesús ha retado a Faraón y a roto su poder opresivo sobre nosotros.

Y siguiendo a Jesús al desierto donde dependeremos todos por igual de Dios, todos nosotros seremos transformados juntos de esclavos en libres, de excluidos en hijos, de cachorros de perro en humanos de verdad.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 45, marzo 1999