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Huecos en el texto

Y vino Jetro, suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de Moisés al desierto, donde éste estaba acampado junto al monte de Dios. Y mandó decir a Moisés:Yo, tu suegro Jetro, vengo a ti con tu mujer y sus dos hijos con ella. Salió Moisés a recibir a su suegro, se inclinó y lo besó; y se preguntaron uno a otro cómo estaban, y entraron en la tienda. Y Moisés contó a su suegro todo lo que el Señor había hecho a Faraón y a los egipcios por amor a Israel, todas las dificultades que les habían sobrevenido en el camino y cómo los había librado el Señor. [Jetro y Moisés se enrollan varios días en cuestiones administrativas del pueblo de Dios en el desierto.] Y Moisés despidió a su suegro, y éste se fue a su tierra. —Del capitulo 18 de Exodo.

Una de las características de toda narración interesante la constituyen los huecos en el relato. Son esas cosas que no se dicen, cosas que la imaginación o las ideas y costumbres del oyente o lector tiene que rellenar. Esta es una característica especialmente notable en los textos bíblicos, que normalmente exigen de una manera especial que el oyente o lector participe activamente con su imaginación, rellenando una multitud de detalles.

Aquí tenemos la llegada al campamento de Israel, de Jetro con la esposa y dos hijos de Moisés. ¿Por qué estaban ellos en casa de Jetro? La última vez que los vimos fue en el capítulo cuatro, cuando toda la familia acompañaba a Moisés de camino a Egipto para efectuar la liberación de los hebreos. Allí en el camino Sófora, que así se llamaba ella, salva a su marido de un ataque espiritual circuncidando a su hijo. Ella hace entonces el aparentemente inocente comentario: «Eres esposo de sangre», refiriéndose a la circuncisión.

Ahora (Ex. 18) volvemos a ver a Sófora, de la que nos acabamos de enterar (vers. 2) que Moisés «la había mandado a casa de su padre». Al menos esto ponen las traducciones; en realidad el texto hebreo se limita a decir que Moisés «le había dicho que se marchara», lo cual puede dar a entender que habían discutido bastante violentamente.

La posibilidad de que se hubieran separado de mala manera cobra verosimilitud cuando vemos la extraña escena del reencuentro. Moisés besa a su suegro pero pasa de su mujer. Lleva a su tienda ¡a su suegro! dejando a la intemperie a su familia. Cuenta a Jetro sus experiencias emocionantes en Egipto pero para Sófora ni Hola. La última vez que vimos a Séfora tenía un solo hijo y ahora llega con dos. El texto claramente atribuye la paternidad a Moisés pero él no muestra ningún interés en el bebé que Séfora le trae. Así las cosas, aquello de que «Eres esposo de sangre» en el capitulo cuatro igual no había sido tan inocente. Más bien parecen palabras hirientes en el contexto de una auténtica trifulca matrimonial.

Al final del capitulo Jetro vuelve a casa solo. Después de todo lo que ha hecho para Moisés, es imposible que Moisés hiera sus sentimientos negándose a quedarse con su hija.

O igual, sin que nos lo cuenten, ha habido un apasionante reencuentro y una romántica reconciliación entre marido y mujer.

O igual nada de esto viene a cuento. Igual Séfora y Moisés nunca han discutido. Sencillamente él la había mandado con los chicos a casa del abuelo para pasar unos días. Entonces el aparatoso recibimiento que hace Moisés a Jetro sencillamente refleja su alegría de ver a quien hacía mucho que no veía, mientras que Séfora y sus hijos normalmente están con él. Tú eliges. Tu imaginación y tus gustos tienen permiso para rellenar los huecos como a ti te parezca.

¿Cuál es la profunda enseñanza teológica que sacaremos de toda esta reflexión? Ninguna en particular. Salvo que al invitarte el texto a participar con tu imaginación en el relato, éste se te hace interesante. Cada vez que lees la Biblia encuentras detalles en los que nunca antes te habías fijado. ¿Esos detalles los aporta tu imaginación o los aporta el texto? Da igual. Lo importante es que siempre te encuentras motivado para volver a leer. Y enganchándote con la afición a su lectura, el Espíritu Santo se las arregla para irte enseñando poco a poco los valores humanos/divinos de los que la Biblia está llena.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 21, marzo 1997