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La bendición sacerdotal

Tuve un «ramalazo espiritual» y me llené de buenos propósitos. Entre otros surgió uno: «Me voy a leer toda la Biblia seguida, desde el principio al final». No se trataba de ser un héroe. Ni tampoco de un planteamiento masoca. Se trataba de que «quiero mas de Dios», quería conocer mas acerca de Él. Si leo la Biblia seguida encontraría cosas acerca de Dios que normalmente me pasarían desapercibidas. Si siempre estoy leyendo lo mismo, pues bien, pero seguro que hay cosas muy interesantes. Así que ¿por qué no? Y además, queda muy bien eso de decir «Me he leído la Biblia entera 5 veces» mientras los demás te miran con una mirada que oscila entre la incredulidad y la admiración, cuando no la envidia.

Empecé con Génesis. Bien. Muy bien. Hasta es entretenido y agradable de leer. Puede ser tan apasionante como cualquier novela. En tres días, me terminé Génesis y empecé Éxodo. Buenos comienzos, aunque empezó una cuesta arriba cuando entré en «la letra pequeña» de la ley. Vaya lectura más amena. Que si el tabernáculo tiene tales dimensiones, que si la tela del techo es de tal color o de tal textura. Que si los sacerdotes se tienen que vestir con esta ropa y con estos adornos. Que si un sacrificio por redención se hace de esta manera y otro por expiación se hace de la otra manera. Que si el sacerdote se queda con esta tajada o la otra del sacrifico. Que si se debe quemar esta parte de sacrificio y tirar la otra fuera del campamento (que la higiene no falte, ¡por favor!). La sangre que se escurre al pie del altar (ten cuidado sacerdote, no me vayas a manchar que tengo el traje de los domingos), sacerdotes limpios y bien olientes, detalles minuciosos de cada sacrificio y no digamos ya si te salen manchas en tu piel de color blanco —o en tu casa. Por no decir las listas de animales comestibles o no comestibles, que la dificultad para saber qué animal se puede comer o no, me lleva a pensar en un Dios vegetariano, ya que no encuentro listas de vegetales inmundos.

Ya necesito mas de tres días por libro. Mi mente es proclive a delirios. Enterarme de lo que estoy leyendo me lleva mas trabajo y esfuerzo que al principio y ya empiezo a pensar, si no será mas sensato para «mi crecimiento espiritual» leer alguna cartita de las de Pablo o de Pedro o quizás algún evangelio.

Pero no me rindo, y una mañana leyendo la ley de marras, tan precisa, tan detallista, descubro que hasta existe una fórmula para bendecir. Me sitúo saliendo del tabernáculo y allí esta el sacerdote «portero» extendiendo su mano para saludarme, agradeciendo el haber venido al tabernáculo y mi buena fe por el sacrificio ofrecido (al fin y al cabo su agrado es motivado: come de ello) y usando la formula sacerdotal expresa la bendición: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz».

¡Caramba! De repente me encontré contestándole al sacerdote: «Durante años deseaba verle la jeta a Dios. Pero estos son tiempos en los que Dios muestra su rostro lleno de alegría. Tu deseo, es una realidad para mi».

Cerré mi Biblia. Estaba tremendamente impactado.Durante varios días no volví a abrirla. Tenía empacho. En la fórmula sacerdotal para bendecir existe un gran secreto. Que es posible que Dios quiera mostrarte su rostro.Un rostro radiante. Un rostro tierno.Un rostro cariñoso. Un rostro atento. Y que ver un rostro como ese es una súper bendición. Y lo mejor de todo es que yo estaba experimentado la bendición del sacerdote.

Daniel Costas, Boletín CEMB Nº 30, diciembre 1997