bandera_1
espacio
iglesias

acerca
mensajero
lecturas
textos
biblioteca
ceteka
madera
 

El final de 1 Tesalonicenses (7º de 10)

No apaguéis el Espíritu

No apaguéis el Espíritu. —1 Tes. 5.19

La idea de una relación entre el fuego y el Espíritu de Dios tiene raíces tan antiguas como la zarza ardiente en que se le apareció a Moisés el ángel del Señor (Éxodo 3.2), o la columna de fuego que durante las noches hacía guardia sobre el campamento de Israel en el desierto (Éxodo 13.21-22; Números 9.15-16). En ambos casos se trató de una manifestación visible de la presencia de Dios. Siglos más tarde, cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los 120 discípulos de Jesús (hombres y mujeres) el día de Pentecostés, una de las manifestaciones que se observaron fue una especie de llamas de fuego repartidas sobre sus cabezas.

Sabemos que una llama de fuego puede ser apagada. Se le puede echar encima agua o tierra o cualquier otro elemento que le robe el oxígeno que necesita para arder. O se le puede quitar combustible. Con esta frase tan curiosa, entonces —No apaguéis el Espíritu—, Pablo da a entender, en primer lugar, que hay cosas que puede hacer un cristiano que tendrían ese mismo efecto sobre la presencia real y eficaz del Espíritu Santo en su vida. Hay cosas que pueden tener, en cuanto a la presencia de Dios se refiere, un efecto parecido al que tendría en una llama el echarle agua o quitarle combustible. Obviamente, el apóstol instruye entonces —y en segundo lugar— evitar tales cosas.

¿Tiene Pablo en mente alguna conducta concreta que tendría este efecto? Es imposible saberlo. Bástenos aquí con observar varias posibilidades:

  • Esta frase podría guardar relación con la que viene inmediatamente antes: «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús» (véase el artículo Dad gracias en todo). Cuando en lugar de mantener una actitud agradecida a Dios ante la vida dejamos que nos invadan las quejas, la duda o una actitud negativa, entonces es bastante natural que el efecto sea el de apartar de nosotros la consciencia de la presencia real del Espíritu de Dios. El efecto de esto sería como echar un cubo de agua sobre un papelito en llamas. Se crearía una especie de círculo vicioso donde cuanto menos agradecidos vivimos delante de Dios, más nos cuesta creer de verdad que él está con nosotros, que es nuestro Consolador y Ayudador, nuestro Refugio y nuestro Dios presente, real y vivo. Para que «arda» en nosotros la presencia de Dios, es necesario mantener viva la actitud de gratitud a Dios.

  • Otra posibilidad sería que esta frase —No apaguéis el Espíritu— no guardase relación con lo que viene antes, sino con lo que viene después: «No menospreciéis las profecías» (véase el artículo Cómo recibir las profecías). Los profetas han sido habitualmente poco comprendidos y su mensaje con harta frecuencia ha sido despreciado. Pocas manifestaciones de la presencia real de Dios son tan normales y habituales en la vida del pueblo de Dios, sin embargo, como la profecía. Como dice el mismo apóstol Pablo en otro lugar, la profecía es palabras de edificación, exhortación y consolación (1 Corintios 14.3), palabras que vienen directamente de Dios para esos efectos. Naturalmente, quien está necesitando edificación, exhortación y consolación, si desprecia las profecías, difícilmente podrá sentir que «arde» en él o ella la sensación de la presencia viva y real del Espíritu de Dios.

  • También podría ser que Pablo tuviera en mente aquí aquello de la «blasfemia contra el Espíritu» que menciona Jesús en Mateo 12.31-32. Allí en el evangelio lo que sucedía es que ante los milagros que realizaba Jesús —y muy particularmente al expulsar demonios— hubo gente que decía que en realidad no era el poder de Dios sino el de Satanás el que se estaba manifestando. Jesús se expresó contra ellos en la forma más dura de que tengamos constancia en los evangelios: ¡Dijo que esto era algo que jamás podría ser perdonado! Puestos a pensar en lo que significa «apagar» el Espíritu, quizá Pablo está pensando en algo así: Quien cuando Dios obra insiste en imaginarse que es el diablo el que obra, difícilmente va a sentir como «arde» en su interior esa sensación de que Dios está presente, vivo, real y poderoso como un fuego.

  • En Efesios 4.30 el apóstol emplea una frase muy parecida, que aunque no es exactamente lo mismo, quizá para él tuviera más o menos el mismo sentido: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios». Podemos entender, por los versículos inmediatamente anterior y posterior, cuáles son las conductas y cuáles las actitudes que hacen que el Espíritu —o sea Dios mismo— se quede triste con nosotros sus hijos: «No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad, para que imparta gracia a los que escuchan . . . Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia» (Ef. 4.29, 31). Lo que pone triste a Dios es ver que hablemos para hacer daño, y que actuamos con amargura, rabia y maldad.Seguramente si el Espíritu de Dios en nosotros está triste se le notará algo «apagado», como sucede con cualquier otra persona.

  • Pero tal vez Pablo no está pensando en ninguna de estas posibilidades concretas sino en algo más amplio, que las abarca todas y abarca a la vez muchas otras posibilidades que no hemos considerado. El «fruto del Espíritu» según Gálatas 5.22-23 es «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio». Y las «obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes» (Gál. 5.19-21). Estas «obras de la carne», el pecado en fin, tienen siempre un efecto que todo cristiano ha constatado en el transcurso de su vida: El pecado aparta de nosotros la sensación de comunión con Dios que vivimos como un «fuego» interior, que es la presencia viva, real, dinámica y poderosa del Espíritu de Dios.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 68, mayo 2001

  fuego
pie