El final de 1 Tesalonicenses (5º de 10)
Orad sin cesar
Orad sin cesar. —1 Tes. 5.17
Pero: ¿acaso es posible tal cosa? ¿Orar sin cesar? Se me ocurren dos maneras en que esto no sólo resulta posible, sino eminentemente practicable y útil en la vida de los cristianos.
Recuerdo haber leído que ante la pregunta «¿Cuánto tiempo debo dedicar a la oración?» un renombrado cristiano —lamento no recordar quién— contestó «Tres veces al día y todo el tiempo entre medio también».
En primer lugar, entonces, pensemos en aquello de «tres veces al día». Probablemente no es este un número pensado al azar, sino basado en el ejemplo de Daniel, del que leemos que incluso ante la probabilidad de que por ello sufriría persecución, solía orar de rodillas tres veces al día (Dan. 6.10).
Obviamente, ante las prohibiciones de quienes se creen con la autoridad de interponerse en la vida de oración del cristiano, es fundamental seguir dedicando tiempo a la oración, es decir, orar sin cesar. Sin embargo es poco probable que Pablo estuviera pensando en una situación donde el cese de los hábitos de oración se debiera a la persecución, y menos probable aún es que nosotros nos veamos ante semejante prohibición.
Sin embargo puede haber muchas otras circunstancias por las que los cristianos vayamos poco a poco perdiendo el hábito de la oración.
Una de las circunstancias citadas con mayor frecuencia es la «falta de tiempo» y el cansancio que deriva de un exceso de actividad y ocupación. La presunta falta de tiempo es un argumento harto curioso hoy día. Podría haber sido verosímil cuando los inicios de la Revolución Industrial, antes de que el sindicalismo consiguiera rebajar la jornada laboral a doce horas por día, seis días a la semana. Hoy día sin embargo, por lo menos entre nosotros, no hay nadie que —si dedicar algunos minutos al día a la oración fuera algo que de verdad consideraba esencial para su bienestar personal— no se lo podría permitir. Al fin de cuentas, desde tiempos de la antigüedad, siempre ha existido una solución para quien de verdad se encuentra con que está demasiado ocupado para orar: el ayuno. Siempre cabe la posibilidad de saltarse las cenas o los desayunos todos los días, para dedicar ese tiempo a la oración.
Pero todos sabemos que la falta de tiempo no es un motivo real sino una excusa, que no es lo mismo. Ante la pereza, la desmotivación, la falta de fe de que de verdad importe o marque diferencias en la vida, la sensación de que al fin de cuentas la oración pocas veces consigue su objetivo, etc., etc., poco a poco va decayendo el tiempo que se pasa en oración. Y en tales circunstancias es saludable el toque de atención del apóstol: Orad sin cesar, o sea, No dejéis de orar. Que nada os robe el hábito de pasar buenos ratos dedicados a la oración.
Bien visto, el mandamiento a orar sin cesar no es una obligación, sino una invitación a ejercer nuestros derechos y privilegios, valiosísimos y preciosos, que jamás consentiríamos que ningún tirano nos arrebatara. Ya que preferiríamos morir mártires antes de que nos prohibieran hablar con nuestro Padre celestial, ¿qué sentido tiene que dejemos de hacerlo cuando nadie nos lo prohíbe?
En segundo lugar, «orar sin cesar» también quiere decir eso mismo: que jamás dejemos de orar, las 24 horas al día, siete días a la semana, 52 semanas al año.
¿Qué puede significar esto? Sencillamente que se puede vivir en un permanente estado de conciencia de la presencia y comunión de Dios. Esto es posible sin importar cuál sea la actividad a que nos estamos dedicando. En la cocina, en el taller, al estudiar, al escribir, sentado en el water, viendo la tele, al volante, montando en bici, cansado o alerta, despierto y dormido, la oración en este sentido, más que hablar, es estar interiormente juntos con Dios, donde cada pensamiento está «abierto» a la presencia de Dios. Pero no he querido escribir sobre esto sin dejar claro lo anterior: que la vida cristiana a que nos invita el apóstol es una marcada por el ritmo habitual de tiempos dedicados en exclusiva a la oración. Sin aquello, el tema de estar permanentemente en comunión con Dios puede resultar un tópico, una excusa más para no dedicarle tiempos concretos a la oración.
La conciencia permanente de la presencia y comunión de Dios, más que sustituir la oración como tiempo dedicado a ello, se alimenta de los ratos de oración y se afianza en nuestras mentes como «oración» cuanto más oramos expresamente. También es cierto que los ratos dedicados expresamente a la oración bien pueden ser tiempos de silencio, donde sin palabras se está muy especialmente y concentradamente consciente de Dios. Y más no puedo escribir sobre todo esto: para quien lo practica, ya sobra lo escrito; y para quien todo esto suena a chino, no hay palabras que lo puedan describir. Sólo la experiencia personal puede dar sentido a lo que aquí he puesto.
Sólo añadiré que quien al acostarse, sus últimos pensamientos son de oración y devoción a Dios, suele despertarse también con Dios en la mente. Lo cual da lugar a pensar que tal vez durante toda la noche esa comunión entre el Creador y nosotros sus hijos se ha mantenido viva incluso mientras dormíamos.
«Orad sin cesar», dulce y maravillosa invitación.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 66, marzo 2001 |
|