El final de 1 Tesalonicenses (2º de 10)
Que reconozcáis a los que trabajan
Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo. Vivid en paz los unos con los otros.
—1 Tes. 5.12-13
Uno no puede más que preguntarse por qué el apóstol pondría estos versículos aquí en esta carta, junto con otras instrucciones breves y prácticas. Seguramente sabía él muchos detalles acerca de las actitudes que los hermanos cristianos en Tesalónica tenían —y manifestaban— respecto a los hombres (¿y las mujeres?) que Dios les había dado como líderes.
Quizá Pablo se sentía especialmente sensible acerca de las críticas contra los líderes en las iglesias. Después de todo, nos consta por varias de sus cartas que él mismo era frecuentemente el blanco de las críticas de los hermanos. Parece ser que Pablo salía mal parado de las comparaciones con los que él llama «superapóstoles» (2 Cor. 11.5). Tal vez por la magnitud de los fondos que recaudaba para los hermanos que padecían necesidad en Jerusalén, parece ser que tuvo que enfrentarse a acusaciones de gastar más de la cuenta en sus propias necesidades (1 Cor. 9.3-4). Pedro mismo se sintió obligado a salir a defender los escritos de Pablo, que al parecer resultaban a veces difíciles de entender, con el resultado de que algunos los retorcían para sus propios fines (2 Ped. 3.15-16).
Nadie como Pablo, entonces, para comprender lo desalentadoras y desmoralizadoras que resultan las críticas y las murmuraciones, cuando uno lo único que pretende es edificar al pueblo de Dios.
Tal vez lo primero que hay que matizar aquí es aclarar qué es lo que Pablo no está diciendo:
No dice que es obligatorio estar siempre de acuerdo con los líderes en la Iglesia, ni que no se pueda ni deba hablar con ellos cuando hay diferencias de criterio o de opinión, o cuando uno está convencido de que las cosas marcharían mejor si se enfocaran de otra manera. Tampoco dice que los líderes lo son todo en la Iglesia; y que los demás, a callar y a hacer de espectadores, calentando bancos y recibiendo sin pensar por cuenta propia todo lo que les dicen. Al contrario, Pablo expresa en más de una carta su convicción de que el Espíritu Santo reparte dones entre todos los miembros, que todos los miembros tendrán algo que aportar en las reuniones (eso sí, uno a la vez y todo con orden). En otras palabras, Pablo no está pidiendo que se ponga a los líderes en un pedestal, inaccesibles, infalibles y admirables. Sólo está pidiendo que no se les ponga de felpudo para pisotear a gusto cada vez que uno tenga barro en los zapatos.
Ni pedestales ni felpudos, sino un trato digno, afectuoso y respetuoso, como cualquiera de los demás deseamos recibir en todo momento y lugar.
De ahí tal vez la importancia de la última frase de los versículos que hemos citado: «Vivid en paz los unos con los otros». Las mismas actitudes que conducen a la convivencia pacífica y armoniosa en cualquier otra relación humana, son de aplicación aquí. Cuando pide «que reconozcáis a los que... trabajan» está hablando, me parece a mí, sencillamente de mostrarse agradecidos, de expresar reconocimiento y hacer saber que el trabajo se nota y se agradece (incluso cuando no es perfecto). Y cuando dice «que los tengáis en muy alta estima con amor» no pide más —ni menos— que lo que pide en general como trato fraternal entre todos los hermanos y hermanas: ese amor cristiano que cubre multitud de defectos y hace que la comunidad cristiana sea un lugar lleno de afecto, bienestar y alegría.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 63, diciembre 2000 |