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Rehumanizar al enemigo

Una de las ideas más revolucionarias de Jesús fue la de tratar a los enemigos como si fueran amigos.

«Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen» (Mat. 5.44).

Esto atenta contra todos nuestros instintos, contra nuestras nociones de justicia, venganza y reivindicación. ¿Cómo se le ocurrió a Jesús tal idea? ¿Y qué sentido puede tener?

Tal vez una de las cosas que inspiran esta enseñanza sea la negación a vivir en un mundo compuesto por buenos y malos, donde los malos siempre son «ellos» y los buenos siempre somos «nosotros». La bondad y la maldad no están repartidas tan nítidamente. El enemigo tal vez no sea tan distinto a mí. Por malos, muy malos, que sean «ellos», algo de bondad sin duda les quedará en algún rincón del alma; y por buenos, muy buenos que seamos «mosotros», algo de maldad sin duda nos quedará en algún rincón del alma.

Si aceptamos la noción de un mundo dividido entre buenos y malos, la lógica conclusión es que unos son superiores y los otros inferiores. La maldad de «ellos» es tan notablemente inferior a la bondad de «nosotros», que de alguna manera les hace un poco menos humanos. El etarra se transforma así en «un asesino, un animal», y ni siquiera me doy cuenta de que mi actitud hacia él es tan deshumanizante como la suya hacia los demás. Entonces mi desprecio del etarra es la imagen reflejada, como en un espejo, del desprecio que siente él de las vidas que está dispuesto a truncar con sus coches bomba. ¿Por qué está él dispuesto a matar? Porque considera inferiores, aptas para sacrificar, las vidas de sus víctimas. Pero en cuanto yo me considero superior a él, en el acto de considerarme superior a él, he demostrado que soy igual que él.

La injusticia no debe prevalecer; las malas acciones no son iguales a las buenas ni siquiera cuando las motivaciones son buenas y los resultados que se pretende son buenos. Jesús no nos predica una mera resignación ante la maldad. No nos invita a un relativismo moral donde todas las conductas dan igual, donde vale lo mismo el bien que el mal. Está claro que Jesús, en todo lo que hizo y dijo, plantó firmemente cara contra el mal en todas sus formas.

Respecto al enemigo, Jesús resiste el mal y la maldad precisamente mediante su negativa a dejarse llevar por la lógica de la enemistad. Aunque el enemigo sí se guíe por la lógica de la enemistad. Jesús se propone (y enseña) tratar a todos como amigos, a procurar el bien de todos y a vencer así con el bien el mal.

Esto es desesperante para quien se siente víctima y siente la necesidad imperativa de venganza y justicia. De hecho, estoy convencido de que la inmensa mayoría de la gente jamás podrá actuar así ni tener esa actitud. A Jesús mismo, la actitud que predicó le costó la vida. Esos enemigos que él quiso tratar como amigos le mataron en una horrible y dolorosa cruz.

Sin embargo Jesús resultó, a pesar de todo, vencedor contra el mal y la maldad de sus enemigos. Miles de años más tarde la cruz de Jesús sigue siendo recordada precisamente porque, contra toda lógica humana, se reconoce en ella un poder que jamás hubiera tenido Jesús si se hubiera limitado a lo «normal», a devolver mal por mal y a derrotar a sus enemigos con iguales armas que las de ellos.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 60, septiembre 2000