Sabiduría de lo alto
«Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero que pida con fe, sin dudar» (Santiago 1.5-6).
Recientemente tuve una experiencia que me enseñó algo acerca de esta promesa. Como tantas otras veces, un grupo de hermanos abríamos nuestra reunión invocando la sabiduría prometida de cara a las decisiones que teníamos por delante. A continuación la reunión procedió de una manera bastante normal hasta que en cierto punto empezamos a discutir de una manera absolutamente carente, ya no de sabiduría sobrenatural sino incluso de sentido común humano.
Volvía a casa sumido en reflexiones y dudas acerca de lo que había pasado. Ya había observado algo parecido en otras situaciones.
—Padre, ¿por qué no nos concediste la sabiduría?
Entonces sentí que el Señor me preguntaba: «Dionisio, ¿Qué pasa cuando me pides que te dé paciencia?»
¡Ah! ¡Pero si es verdad! Ya he aprendido que si le pido paciencia al Señor, de inmediato me veré en una situación de esas que me sacan de mis casillas, una situación que pone a prueba mi paciencia y pone en evidencia mi falta de ella. Observo que el Señor pretende que crezca en paciencia y que con tal fin, en respuesta a mi oración me da oportunidades para crecer.
Parece ser que con el tema de la sabiduría el plan de Dios es muy por el estilo. ¡Ingenuo de mí, yo pensaba que Dios concede sabiduría sobrenatural en un ¡Flash! de revelación instantánea! Pero Dios parece opinar que la sabiduría requiere que uno sea sabio, y que los sabios se forman paso a paso, sobre la base de la experiencia y los golpes duros.
Parece ser que no existen atajos.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 7, enero 1996 |