¿Se puede saber el futuro?
Al margen de que sabemos que Dios nos tiene prohibido averiguar el futuro por métodos del ocultismo (Deut. 18.10-12; Isa. 8.19-20), ¿es posible llegar a saber lo que va a suceder?
La cuestión de fondo aquí tiene que ver con la naturaleza del futuro. Si ya está escrito, si está determinado de antemano; si es inamovible, fijo, estable y por lo tanto conocible. O si por el contrario es fluido e indeterminado... si depende. Si depende de lo que hagamos o dejemos de hacer los seres humanos, de lo que aún puede hacer o no hacer Dios (e incluso de lo que pueden o no hacer otros seres espirituales con mayor o menor medida de autonomía o incluso rebeldía respecto a Dios). Esta cuestión es sumamente importante y de ella depende, entre otras cosas, el que merezca o no la pena orar. Obviamente si ya todo está fijado de antemano, ¿para qué pedirle algo a Dios?
Es éste el fatalismo típico de ciertas creencias paganas. Según las doctrinas del fatalismo (donde el futuro es algo fijo, inamovible), la mayor virtud humana es la de sencillamente aceptar lo que la vida nos depare, lo bueno y lo malo. Pero según las doctrinas de la Biblia, es necesario luchar por el bien, jamás resignarse ante el mal. Según el paganismo (y el neopaganismo del ocultismo) todo da igual: el universo entero está cogido en un ciclo interminable en el que la vida del individuo es totalmente insignificante. Pero según la Biblia cada individuo puede, primero, forjar su propio destino y segundo, mediante sus oraciones y buenas obras, influir en las vidas de los demás y participar activa y realmente en la lucha cósmica que exite entre el bien y el mal.
Obviamente, que alguien te pueda contar algo acerca de tu futuro, ¡y acertar!, depende de que el futuro sea un blanco inmóvil. El futuro tiene que ser único y fijo, porque si hay infinitos futuros posibles, ¿cuál de ellos es el verídico, cuál de ellos el acertado a la hora de pronosticar?
Pero incluso aunque hubiera un único futuro, la teoría de que fuese posible pronosticarlo se cae de su propio peso:
Se crea la misma situación que plantean las novelas y películas acerca de máquinas del tiempo. Esas historias giran siempre en tomo a variantes de la misma cuestión filosófica: si uno viajara hacia atrás en el tiempo, podría influir (incluso sin querer) en el presente. De tal manera que por lo que uno hiciera en el pasado, puede que ni siquiera fuera posible que uno existiese hoy (por ejemplo, si por algo que uno hiciera en el pasado, imposibilitara que sus padres se conociesen). Claro, que si uno no existe, no puede viajar al pasado, por lo que entonces sus padres si se conocerían y entonces uno sí existiría para viajar al pasado e interferir... Se crea así una paradoja, una situación filosóficamente sin salida, en donde estriba el interés que tiene esta clase de historia.
Con el pretendido conocimiento del futuro sucede lo mismo. Una vez que conoces tu futuro, puedes tomar medidas de evasión. De hecho, una gran parte del interés que tiene la gente en conocer su futuro viene precisamente de querer prepararse de antemano para evitar los peligros que el futuro les puede deparar. Pero al evitar esos peligros uno cambia su futuro, de donde se desprende que cuando te adivinaron no acertaron. O si de verdad acertaron fue porque en realidad te dijeron algo distinto a lo que sin embargo sí te dijeron (¿¡!?). Esto nos trae al mismo callejón sin salida, el mismo Que sí, que no, que sí, que no, que plantea la idea de una máquina del tiempo.
En resumidas cuentas, las personas que pierden el tiempo tratando de averiguar su futuro se delatan como muy débiles de intelecto. Guiados por sus temores e inseguridades en lugar del maravilloso cerebro que Dios les dio, se dejan timar por quienes les prometen lo imposible. Si no enloquecen, como mínimo acabarán cada vez más confundidos, profundizando cada vez más en las contradicciones de su propia incoherencia.
Por otra parte, está comprobado que las personas ambiciosas, en el sentido positivo de que aspiran a grandes cosas, muchas veces consiguen mucho. No siempre logran colmar sus ambiciones, no siempre realizan sus sueños, pero normalmente logran mucho más que lo que hubieran logrado de no haberlo intentado. Las personas que se fijan una meta, se proponen alcanzarla, se trazan un plan de acción y van a por ello, llegan más alto y más lejos que los que no saben qué es lo que quieren hacer con sus vidas.
El futuro está ahí para los que sean capaces de cogerlo y hacer de él lo que quieren. El hecho de que sea posible plantearte una meta e ir a por ella (y que incluso aunque no la consigas, algo habrás conseguido), demuestra que el futuro es de verdad flexible, no fijo. El futuro está por hacerse, y lo hacemos entre todos, Dios primero y también nosotros, sobre la marcha.
Porque Dios también tiene sus metas y también va a por ellas. Por eso la Biblia nos puede decir sin titubeos adonde va a ir a parar el mundo que Dios creó. Pero esa es otra cuestión aparte. Obviamente, que Dios vaya a conseguir lo que se propuso en cuanto salvación, nueva creación, cielos nuevos y tierra nueva, etc., etc., no equivale a decir que como todo está ya decidido, ni a Dios ni a nosotros nos queda nada por hacer para influir sobre el futuro. Eso sería decir que Dios puede perfectamente ausentarse de su creación, aburrirse de ella, que Dios no es necesario ya en el mundo porque ya todo está hecho; y que nosotros somos meros títeres, que nuestras vidas, decisiones y anhelos no cuentan. Cosas todas que la Biblia niega en cada una de sus páginas.
Los que consultan a adivinos queriendo saber su futuro, entonces, se manifiestan como débiles de carácter. Incapaces de aspirar a nada por cuenta propia, sin meta ni rumbo en la vida, acuden pasivamente a que cualquier charlatán y tejedor de mentiras les atrape en sus redes. Estos les dicen algo, cualquier cosa, por inverosímil que sea. Entonces, pasivamente entregados a ese «futuro» que les han pronosticado, muchas veces lo acaban consiguiendo, por qué no, haciendo que efectivamente se «cumpla» lo que les dijeron. Con lo cual, más que confirmar la verdad de las «artes» de aquellos embusteros, sencillamente confirman que el ser humano es capaz de forjarse su propio destino... ¡incluso sin querer!
Además, aunque fuese posible conocer el futuro, cosa que ya hemos visto que es imposible, el que está comprobado que no lo conoce es Satanás, el «padre de las mentiras» que está detrás de toda la movida ocultista. Si él conociera el futuro, ¿acaso hubiera hecho crucificar a Jesús, dando lugar a su propia derrota definitiva? Pero, ¡si Jesús mismo había dicho reiteradamente que resucitaría al tercer día... y ni siquiera con eso se enteraba Satanás!
Ahora bien, a todos los hombres y mujeres, Jesús de Nazaret nos invita a coger la sartén de nuestra vida por el mango, a hacernos cargo de nuestro presente y de nuestro futuro, a forjarnos un futuro mejor. Siguiendo sus enseñanzas, llenos de su Espíritu, podemos transformar realidades presentes y futuras. El mundo puede ser un lugar mejor hoy y mañana porque tú y yo nos lo planteemos y vayamos a por ello en el poder del Espíritu Santo.
Si te atreves a imaginártelo, podemos incluso sanar algunos aspectos negativos del pasado mediante la oración, anulando algunos de sus efectos y consecuencias sobre nuestras vidas hoy. De la mano de Jesús no sólo nos forjamos un futuro de gloria sino que hasta el pasado empieza a temblar. Cualquier tipo de especulación es posible a partir del difícil texto de 1 Pedro 3.18-20. Sin embargo lo que sí parece claro es que de alguna manera Cristo, mediante su muerte, logró arrebatarle a Satanás incluso algunas de sus victorias del pasado.
¡Cuánto más el futuro, entonces, habrá de someterse a Cristo! La única cosa cierta acerca del futuro es que lo que Jesús consiguió en la cruz ha de consumarse hasta llenarlo todo de gloria.
¡A por ello, entonces! ¡Vayamos a por todas en el poder del Espíritu Santo! No sólo contra Cristo, sino contra nosotros mismos (la Iglesia), nos dice Jesús, las mismísimas puertas del hades no podrán resistir cuando decidamos atacarlas (Mat. 16.18). Forjémonos un futuro de gloria, un futuro de santidad, paz, amor, armonía, fe, bondad y toda cosa hermosa, virtuosa, digna y loable. Si tenemos fe en Dios (si somos fieles con Dios), nada nos será imposible (Mat. 17.20).
¡Tú eliges tu futuro!
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 35, mayo 1998 |
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