Señales
Los cuatro evangelistas bíblicos relatan que Jesús hizo señales. La justa traducción de la palabra griega semeía, aunque a veces se traduce como «milagro», no es esa, sino «señal». Valga la distinción. Un milagro bien puede tomarse como señal, pero no todos los milagros son señales salvo tal vez en un sentido muy general, de que indican que Dios existe y tiene poder. Una señal, por su misma naturaleza, siempre indica algo más allá de sí misma, algo diferente de sí misma. Una señal en la carretera que pone «Madrid 100 km» no tiene ningún interés en sí misma; su interés radica en que indica otra realidad más allá de sí misma, la realidad de que a 100 km de distancia se encuentra la ciudad de Madrid. Lo importante de la señal es entonces adónde la señal señala.
De ahí la insistencia de algunas personas en que, ante la sorprendente atribución de autoridad divina que se hacía Jesús, antes de seguirle querían que él diera alguna señal que indicara claramente que efectivamente él gozaba de tal autoridad. Tal vez fuese de verdad el Mesías, tal vez no. Jesús necesitaba, por decirlo así, presentar sus credenciales. En lo que todos parecían estar de acuerdo, incluso Jesús mismo, es que ciertos tipos de manifestación sobrenatural podían constituir tales credenciales, o sea que serían «señales» de que él era quien decía ser. Como lo expresó Jesús en Juan 5.36, «Las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado».
Aquí es interesante notar que en el Evangelio de Juan hay dos señales en particular que vienen numeradas: «Esta es la primera de las señales que hizo Jesús» (Juan 2.11); «esta es otra vez la segunda señal que hizo Jesús» (Juan 4.54).
Resulta relativamente fácil descifrar qué es lo que indica la primera señal. ¿Qué puede indicar, hacia dónde puede señalar, la conversión de agua en vino cuando la boda en Caná? Moisés había convertido el agua en sangre como empiece de las grandes obras que condujeron a la liberación de los esclavos hebreos en Egipto. Sin embargo la conversión de agua en sangre era una plaga, algo fétido, pestilente e insalubre. Era señal, sí, de la liberación que Dios preparaba, pero una señal negativa, que manifestaba desaprobación de los egipcios. Al convertir el agua, entonces, Jesús demuestra ser un segundo Moisés (el «profeta como Moisés» que viene prometido ya desde Deuteronomio 18.18). Y al convertirla en vino, indica que el Éxodo que Jesús ha venido para realizar será superior; será incluso más alegre, más festivo, más fabuloso que el Éxodo de los tiempos de Moisés.
¿Qué es lo que «señala» la segunda señal? Se me ocurren algunas posibilidades. Conservando la comparación con Moisés en Egipto, por ejemplo, podríamos decir que así como la última plaga en aquel entonces había sido la muerte del hijo de Faraón (junto con los demás primogénitos egipcios), Jesús ahora efectúa la curación del hijo del oficial del rey. Con Moisés el poder de Dios se manifestó matando a los hijos de los enemigos de su pueblo; con Jesús se manifiesta devolviéndole la salud al hijo del oficial de un enemigo de su pueblo.
O tal vez la comparación a tener en mente es con el profeta Ahías. El hijo del rey Jeroboam I enfermó y el rey mandó a su mujer donde el profeta a preguntar si se sanaría. Por los muchos pecados de Jeroboam I, la respuesta del profeta tiene que encontrarse entre las más terribles jamás oídas por una madre: «Levántate, vete a tu casa. Cuando tus pies entren en la ciudad, el niño morirá» (1 Rey. 14.12). Si el profeta Ahías profetizó y efectuó a distancia la muerte del hijo del rey, ahora Jesús profetiza y efectúa a distancia la curación del hijo del oficial del rey.
En cualquiera de los dos casos el sentido de la señal sería más o menos el mismo. El poder que Dios manifiesta ahora, en Jesús, es poder para la Vida, no para matar. Jesús es un profeta, sí, tal vez un nuevo Moisés. Pero Jesús es tanto superior a las grandes figuras del pasado, cuanto más difícil es devolver la salud que matar. Jesús es tanto superior, cuanto superior es perdonar que vengar el pecado de un rey y sus oficiales.
Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 46, abril 1999 |
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