Portada
Iglesias
Acerca de los menonitas
Agenda
El Mensajero
Lecturas breves
Textos de fondo
 

Sobre perfumes, el olfato y la santidad

La última parte del capitulo 30 de Éxodo da las recetas para el aceite de unción y el perfume en polvo con que se habían de consagrar los utensilios del tabernáculo. Obviamente a Miosés ni se le cruzó por la cabeza la idea de que un día se publicarían en un libro, ya que faltaban 2.500 años para el invento de la imprenta. Ni él ni ninguno de los sacerdotes hebreos que con tanto esmero cuidaron el secreto de estas recetas sagradas, tenían por qué suponer que tres mil años más tarde cientos de millones de personas las tendrían a su alcance y las leerían rutinariamente como parte de sus Biblias. Las recetas en cuestión estaban destinadas exclusivamente al uso de los sacerdotes del tabernáculo. Estos aromas, este aceite y este perfume, pone, no han de elaborarse jamás para uso privado.

Ya que sería un contrasentido para nosotros fabricar estos perfumes que forzosamente tendríamos que utilizar para los usos profanos que les están específicamente prohibidos, ¿qué podemos hacer con estos versículos?

Es curioso cómo el olfato tiene conexión tan directa con la memoria. ¡Cuántas veces un aroma concreto me transporta como máquina de tiempo a la infancia y siento otra vez las emociones y las sensaciones del pasado: vuelvo a ser ese niño oliéndolo por primera vez! Dada la capacidad sin igual del olfato para preservar sentimientos y experiencias del pasado, estos perfumes sagrados, utilizados tan sólo en el tabernáculo, seguramente trasmitían a quienes los olían toda una sensación de recogimiento y Presencia divina.

Pero la prohibición de sus usos profanos sin duda va más allá incluso que esto. Se trata de la tan conocida concepción de la santidad como «separación». El olor del tabernáculo, por definición en cuanto santo, sagrado, separado del mundo, tenía que ser un olor distinto a cualquier otro olor.

Siglos más tarde, Jesús también trazó líneas divisorias entre lo sagrado y lo profano. Pero ya no se trataba de aromas y perfumes. Ni siquiera se trataba de distinguir entre circuncisión e incircuncisión, ni aun entre alimentos puros e impuros. Jesús sabía que todos los alimentos, tanto puros como impuros, después de digeridos van a parar a un mismo lugar. El tocó a prostitutas y leprosos y se entretuvo sin escrúpulos a conversar con extranjeros.

No, no; para Jesús la diferencia entre lo puro y lo impuro, entre lo santo y lo profano, se ve sencillamente en las actitudes de las personas. Quien ama a Dios también ama al prójimo y hace obras como las suyas, de Jesús, manifestándose así separado, distinto, de los demás que viven con otras prioridades y otros valores. Aunque nuestro local de reuniones huela a Ajax Pino y a Don Limpio como la casa de cualquier vecino.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 28, octubre 1997