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Y no nos metas en tentación

  Padre:
  sea santificado tu Nombre, venga tu reinado.
  Danos cada día nuestro alimento para ese día
  y pasa por alto nuestros agravios,
  porque nosotros también disimulamos con todos los que nos
  deban algo
  y no vaya a ser que nos hayas puesto a prueba.
 
—Lucas 11.2b-4

Quiero resaltar aquí la petición que me parece medular para entender lo que Jesús parece querer enseñar sobre la oración aquí: la petición del alimento (o pan: en hebreo la palabra léjem, pan, significa también alimento en general) de cada día.

Quien pide el alimento de cada día expresa, en primer lugar, su dependencia absoluta de Dios. Con la alimentación está en juego la mismísima supervivencia, la vida biológica. Declararse dependiente de Dios respecto a la alimentación diaria es reconocer que todas las demás cosas son una añadidura, en cierto sentido una superficialidad, lujos de los que podemos disponer o no, pero secundarios ante la necesidad de alimentarnos cada día.

Esta petición figura en el centro de la oración de siete partes y explica las tres partes anteriores y las tres partes posteriores.

Quien necesita apelar a Dios para poder estar seguro de comer cada día probablemente tendrá una perspectiva muy particular acerca de lo que significa que venga el reinado de Dios. Seguramente no está pensando en un reino abstracto, presuntamente espiritual y descarnado, desconectado de la realidad presente. Que reine Dios, desde la perspectiva del que pide pan, significa que haya justicia. Que se repartan con equidad los recursos de la tierra. Que haya paz, respeto mutuo, consideración y solidaridad entre las personas. Seguramente estará pensando que para que todos tengan pan, algunos tendrán que sacrificar otras cosas a las que están acostumbrados.

¿Qué mejor manera de santificar el Nombre de Dios que el de que se cumpla así, universalmente, su voluntad?

Rogar estas cosas de Dios dirigiéndose a él además como Padre, es expresar la convicción segura de que Dios, como cualquier padre de familia, pondrá primero entre todas sus prioridades la alimentación de sus hijos. Quien dejara pasar hambre a sus hijos pudiendo evitarlo no sería digno de ser llamado padre.

Pero las tres frases sucesivas y finales de la oración también giran en tomo a esta petición. Pasa por alto nuestros agravios, he traducido aquí, o perdónanos nuestros pecados como se suele traducir. «No nos tengas en cuenta nuestros errores, las deshonras que hemos cometido contra ti y tu honor divino, nuestra rebeldía contra tus mandamientos. No nos prives de ese pan diario, como acaso sería justo que lo hicieras por causa de nuestro pecado. Nos confesamos pecadores, hemos cometido injusticias contra ti y contra el prójimo, pero no nos condenes al hambre por ello».

Aquí la oración apela al ejemplo del trato humano, cosa que desarrollará Jesús de inmediato en los versículos posteriores que explican la oración. Nosotros también disimulamos, también hacemos la vista gorda, hacemos como que no ha pasado nada cuando alguien nos debe alguna cosa. Ya sea que nos hayan faltado el respeto, que nos deban dinero o alguna cosa que nos han pedido prestado, una persona honrada, respetable, con sentido de su propia dignidad, sabe no machacar ni echar en cara el asunto.

Y si un amigo nos despierta a media noche para pedirnos pan para su huésped, no se nos ocurriría negárselo.

Recordemos que en aquellos tiempos y aquellas latitudes la hospitalidad era un deber sagrado. Si llegaba un viajero había que darle de comer. Incluso aunque dijera que no tenía hambre (como era de rigor que dijera, por cierto) había que insistir en que comiera y había que agasajarle con lo mejor que hubiera a mano. Esa hospitalidad era responsabilidad compartida por todo el pueblo. En la vida cotidiana de un pueblo pequeño con su horno común, todos sabían bien quién había amasado y horneado ese día. Sabían quién en el pueblo podía tener pan. ¿Cómo iba un vecino a negarse a dejarle el pan que requerían los cánones de la hospitalidad? Si se negaba a ello todo el pueblo se enteraría. ¿Cómo iba a salir de casa la mañana siguiente y enfrentarse con todo el mundo? ¿Cómo iba a dar la cara ante el desprecio y las iras de todo su pueblo, al que su conducta egoísta habría de avergonzar?

Jesús atribuye a Dios este sentido de honor y de interés en mantener su buen nombre y su buena fama. ¿Cómo iba Dios a negamos nuestro alimento de hoy pudiéndonoslo dar... por muy pecadores que fuésemos? ¡Imposible! ¡Inimaginable! ¿Qué sería de su reputación divina si así actuara? Nosotros también sabemos hacer la vista gorda, sabemos disimular cuando la gente nos ofende o nos debe alguna cosa. Por eso confiamos que Dios tampoco nos tendrá en cuenta nuestros pecados negándose a alimentarnos, sus hijos al fin de cuentas.

Si Dios nos negara esta petición, bien sabe él que tal conducta pondría a prueba nuestra fe en él. Tal negación constituiría una tentación. Sería muy difícil (no imposible pero sí muy difícil) seguir confiando en él como Dios. La duda invadiría nuestra mente. Nos pondría en serios apuros para mantenemos fieles a él. No, Señor, no nos retires nuestro alimento de hoy: No pongas así a prueba nuestra fe en ti.

Y ahora me hago una última reflexión. No tiene que ver directamente con el Padrenuestro, pero es un pensamiento que me viene a la mente al llegar hasta aquí.

¿Cómo da Dios el pan a los hambrientos? Bueno... dando productividad a la naturaleza, por ejemplo. Pero también inspirando a los que tienen para que compartan. Concretamente los que tenemos y también amamos a Dios, podemos contribuir a la gloria, la honra y el honor de Dios al hacernos solidarios con los que no tienen. Si la carencia de alimentación básica constituye una tentación acerca de que Dios de verdad sea fiable, nuestra ayuda solidaria puede ser un argumento para vencer esa tentación.

Todo está relacionado. Al final si oramos que el Nombre de Dios sea santificado y que venga su reino, es nuestra conducta la que en cierta medida santificará o no su Nombre y demostrará su capacidad o no de gobernar los corazones humanos.

Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 22, abril 1997