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La creación

El comienzo de la Biblia es bastante ambicioso. Pretende contarnos acerca de los orígenes del mundo. En base a estas antiquísimas narraciones bíblicas han surgido muchas convicciones religiosas, a veces intolerantes y contrarias a los descubrimientos científicos. Vamos a examinar estas narraciones de creación en la Biblia. Se hallan en los primeros dos capítulos de Génesis.

Una pregunta fundamental que surge al leer estos capítulos es: ¿Qué pretende decirnos el autor de esta porción de Génesis? ¿Pretende darnos una narración de validez «científica» acerca de cómo, cuándo, de qué modo, en cuánto tiempo, etc., surgió el Universo? ¿O pretende decirnos algo acerca de la naturaleza del Universo, de Dios, y del hombre, sirviéndose de un método didáctico de «cuento» para expresar verdades más profundas?

El debate entre «creacionistas» y «evolucionistas» no sólo ha resultado árido, estéril y aburrido, sino que probablemente es un camino que no conduce a ninguna parte. La Biblia no participa en este debate porque los autores bíblicos nunca tuvieron que enfrentarse con la teoría de la evolución. Sus supuestos y argumentos les hubieran resultado incomprensibles. Aunque el hombre del Medio Oriente de hace varios miles de años no era ni «primitivo» ni «salvaje», su cultura —y por tanto su manera de descubrir y describir la «verdad»— era tan distinta a la nuestra que un intento de diálogo con ella acerca de los méritos de la teoría de evolución acabaría en la incomprensión mutua total.

Para entender a la Biblia hay que tomarla seriamente como un producto de su propia era. Entre otras cosas esto significa ensanchar nuestra definición de lo que significa que algo sea «verdad». Significa abandonar por un momento el racionalismo que heredamos del siglo XVIII para poder aceptar que «la verdad» puede expresarse de mil formas, y que la parábola, la ficción inspirada, el «mito» como explicación mediante «cuentos» de cosas inconcebibles de otro modo, pueden encerrar verdades sin ser «ciertos».

Pretender que todo lo que escriben los autores de la Biblia sea «cierto» en el sentido más limitado de la palabra, crea dificultades enormes. ¿Qué hacer con la estipulación de Jesús de que el que no odia a sus parientes no puede seguirle (Lucas 14.26)? Todos sabemos que «nacer de nuevo» no es en realidad lo que las palabras dan a entender. En el sentido más limitado y prosaico de las palabras, no es «cierto» que nazcamos de nuevo. En estos casos y en muchos otros, nos damos cuenta que con esas palabras se nos está queriendo decir, en un sentido figurado pero no por eso menos cierto, una verdad fundamental acerca de la vida.

Que es así como debemos leer las narraciones acerca de la creación en Génesis está claro por varios motivos. Para empezar, tenemos en Génesis 1.1-2.3 una «descripción» de la creación, y en 2.4-25 otra. Las faltas de coincidencia entre ellas solamente se pueden «resolver» a perjuicio de la integridad de los relatos mismos, que son distintos sin avergonzarse por ello. Es un poco como cuando Jesús dice: «El reino de los cielos es como...» y nos suelta una serie de parábolas. No tenemos por qué angustiarnos al ver que las parábolas no concuerdan entre sí. Entendemos perfectamente que con cada parábola Jesús nos describe un aspecto distinto del mismo reino. El hecho de tener dos relatos distintos de la creación nos indica a las claras que lo importante en ellos no es «historia» sino teología.

Suponer que a Dios le importe que sepamos por «revelación» los detalles del tiempo y forma de los orígenes de la tierra va en contra de todo lo que sabemos acerca de Dios y lo que le imorta que sepamos. Porque, por un lado, Dios nos ha dado inteligencia y curiosidad para descubrir por nuestra propia cuenta todo lo que podamos acerca del Universo que nos rodea, por lo cual no es necesario que él nos lo diga ya de antemano. Si a Dios le interesara revelar información científica, nos podría haber revelado los misterios de la electricidad hace miles de años, lo cual hubiera resultado mucho más práctico que una cronología de la creación. Y por otro lado, sabemos por todo el resto de la Biblia que lo que a Dios le interesa que sepamos, es cómo comportarnos en relación con él mismo y con el prójimo. Y esto el hombre nunca lo hubiera aprendido sin revelación divina.

Si podemos aceptar que estas narraciones sean de instrucción moral y religiosa—y no meramente una descripción superficial de «hechos»—podemos proceder a aprender de ellas, cosas como las que siguen:

1. El orden es un regalo de Dios. Dios aparece, especialmente en el relato del primer capítulo, más como ordenador que como creador. Su labor es una de destruir el caos y el desorden que impera en el principio cuando todo es vacío y sin forma. Aún dentro de este cuadro de desolación, aunque todavía sin manifestarse de formas concretas, el Espíritu de Dios es soberano, «moviéndose por encima de la superficie de las aguas» del caos primordial. Luego, poco a poco, según criterios que él sólo conoce, va imponiendo orden: Un día separa la luz de la oscuridad; otro día «separa las aguas de arriba de las de abajo» (hoy diríamos que crea el espacio apropiado para la vida terrestre, que no es ni acuática ni espacial; en el Medio Oriente antiguo creían que el cielo era de agua), otro día divide el tiempo de este planeta en sus ciclos de días, meses, estaciones, años.

¿Qué lección práctica podemos recoger de esto? Cuando el mundo que nos rodea menos parece responder a un orden lógico, cuando tememos la aniquilación de las condiciones que hacen posible la vida humana sobre este planeta, cuando los fenómenos naturales o humanos amenazan nuestra tranquilidad, nos consuela confiar que el Espíritu de Dios continúa moviéndose por encima de la superficie de «las aguas» del caos. hay una mente que sigue imponiendo su lógica y su orden sobre el Universo y sobre este planeta. Nuestra estabilidad, la continuación de las condiciones que necesitamos para sobrevivir, el orden básico del flujo de la vida, son un regalo de Dios. Dependen exclusivamente de su intervención soberana. Nuestros propios esfuerzos (políticos, económicos, psicológicos) para evitar el caos son algo pueriles: deberíamos más bien depositar nuestra confianza en la naturaleza de Dios. Así podemos evitar la trampa de la opresión del prójimo que tantas veces resulta de la búsqueda humana del orden.

2. Dios es el que nos alimenta. La fertilidad del mundo biológico es obra de Dios. Es Dios el que hace que la tierra «produzca» todas las plantas. El es el que da cualidades alimenticias y medicinales a las diversas plantas. El es el que establece el ciclo reproductivo entre los animales. La importancia de esta aseveración es tremenda. Porque el hombre, en su afán desconfiado por alimentarse, muchas veces recurre a medios que oprimen a su prójimo. Es por el temor a no tener lo necesario que algunos almacenan y tienen más de lo que necesitan, de modo que, efectivamente, haya quienes se mueren de hambre.

En la cultura de las tribus que los hebreos desplazaron en Palestina, había un «culto de fertilidad» con el que, mediante prácticas sexuales aberrantes, se trataba de asegurar la fertilidad y las buenas cosechas. Aunque tal religión hubiera dado el resultado deseado (un supuesto absolutamente ridículo, como hoy sabemos) lo más triste era la explotación sexual a la que eran sometidas las practicantes de tal culto. Hoy también, el mensaje de que es Dios el que alimenta, es necesario para combatir las horribles injusticias sociales que surgen por no poder creer en un Dios que provee para nuestras necesidades. ¿Qué otro motivo hay para las guerras, para la explotación de algunos obreros en sus puestos de trabajo, etc., etc., que el motivo de querer ocuparse egoístamente de las necesidades propias? Jesús diría muchos siglos después que el autor de Génesis, y sin duda influenciado por él: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber . . . mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mat. 6.25,33).

3. La naturaleza del hombre.

En primer lugar, y contra todas las apariencias lógicas, la Biblia nos dice (y aquí ambas narraciones de creación están de acuerdo) que el hombre es «especial». No es un animal más, entre otros. La clave de esto no está, sin embargo, en que haya o no descendido evolutivamente de algún otro animal —un tema que ya hemos visto que es absolutamente ajeno a la Biblia—, sino en el hecho de «imagen de Dios» representado por el hombre. En la primera narración estas palabras, «imagen de Dios», son usadas textualmente. La segunda narración se limita a especificar que la creación del hombre fue un acto aparte de los demás, y que el hombre tiene «aliento de Dios», o lo que nosotros intentamos describir en castellano con la palabra «espíritu».

Cualquiera de las dos imágenes verbales, ya sea «imagen de Dios» o el haber recibido el soplo del aliento de vida de un modo especial de parte de Dios, nos señalan hacia una relación con Dios. Es imposible describir al hombre sin hablar de teología. El que no conoce a Dios no conoce las realidades más singulares del hombre. El hombre solamente puede ser verdaderamente hombre cuando está en la relación correcta con Dios. Por eso hablar del «humanismo» como si fuese algo antitético al cristianismo es absurdo. El único verdadero humanismo es el que nos relaciona con Dios. Cualquier otra cosa es deshumanizante.

En segundo lugar, el hombre ha sido creado para vivir en comunidad con otros seres humanos. En Génesis 1.27, el acto de crear el ser humano es un acto de crear dos personas a la vez. Es imposible crear un ser humano, que realmente sea un ser humano, que realmente refleje la «imagen de Dios»… ¡solo! Un ser humano, completamente humano, sólo lo puede ser en comunidad. Por eso (Génesis 2.24) al crear al hombre Dios crea la familia. Esta comunidad humana original, esta familia primordial, era una de igualdad total. En las instrucciones de tomar posesión de la tierra y vida vegetal y animal —instrucciones de ser amos y «señores» de la Tierra— no hay ningún indicio de que en la voluntad divina tal autoridad y señorío se expresara en la relación de un ser humano con otro. Tal corrupción es posterior a la intención creadora.

Y por último, el hombre es un ser sexual. Su sexualidad es parte de la definición misma de su ser «imagen de Dios.» «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1.27). La narración del segundo capítulo lo expresa con un juego de palabras en el hebreo: «Esta (la mujer) será llamada Ichá, porque de Ich fue tomada (Génesis 2.23; Ich = varón, Ichá = mujer). O sea que los dos, cada uno en su propia modalidad sexual, tienen el mismo nombre, la misma identidad humana. La sociedad humana no es completamente humana (ni tampoco expresa plenamente la «imagen de Dios») si en ella no hay mujeres. Tampoco es completamente humana (ni expresa plenamente la «imagen de Dios») si en ella no hay hombres. Es en la maravillosa complementariedad entre varones y mujeres que el ser humano realmente vive con plenitud su humanidad, su ser «imagen de Dios».

En el diálogo contemporáneo acerca del feminismo es indispensable recordar la identidad compartida por mujer y hombre. Tenemos el mismo lugar en la creación, la misma autoridad sin distinción. El hombre, según los relatos de la creación en Génesis, no es «cabeza» de la mujer, ni tiene privilegio alguno que ella no comparta. Cualquier conversación bíblica sobre el tema tiene que tomar en cuanta la intención creadora de Dios, y no solamente los efectos de la caída y el pecado que se manifiestan en la dominación masculina de la sociedad y la familia.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 2, pp. 21-27.]