Disuasión nuclear: El «cuento» más viejo
¡Qué hombre valiente, Lamec; qué héroe!
El primer canto que aparece en la Biblia se le atribuye a él. Observemos los sentimientos nobles que contiene:
| Dijo Lamec a sus mujeres, Ada y Zila: |
| Oíd mi voz, mujeres de Lamec, |
| prestad atención a mi refrán: |
| Porque he matado a un hombre por herirme, |
| y a un niño por golpearme. |
| Como a Caín hubieran vengado siete veces, |
| a mí me vengarán setenta y siete veces. |
(Génesis 4.23 y 24.) |
Si, Lamec fue un hombre auténtico, hecho y derecho. Tenía una mentalidad adelantada a su época, razonamientos dignos de culturas muy posteriores y más avanzadas. La nuestra, por ejemplo. Con una precocidad luminar su mente aventajada pudo inventar el jueguito de la disuasión nuclear. Bueno, el jueguito este se jugaba en aquel entonces con garrotes y puños, pero los principios filosóficos ya estaban plenamente desarrollados. A saber:
Si no me gusta tu cara, te insulto. Si me insultas, te doy una patada en el trasero. Si me golpeas, te mato. Si me llegas a matar, mis amigos te matarán a ti, a tu esposa y tus hijos, a tus tíos y sobrinos, a tus padres y a cualquiera que se meta entre medio. Al que mate a varios de mi parentela, no dejaremos ni uno vivo en toda su ciudad. Si nos invaden borraremos del planeta a su nación. …Y si a la vez resulta que tornamos inhabitable el planeta, mejor será morir en la gloria radioactiva que dejar de tomar las represalias justas y necesarias.
Lamec cita como su ejemplo para esta conducta de escalada bélica, nada menos que la promesa de Dios a Caín, promesa en la que Dios amenaza duras represalias contra el que ose matar a Caín. Pero comparemos los dos casos.
La amenaza de Caín. «Y le respondió el Señor: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces el Señor puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que lo hallara» (Gén. 4.15).
Notemos primero que es Dios el que toma la iniciativa, saliendo él como vengador y ajusticiador del malhechor. Se nos dice en 1 Pedro 2.23 que Jesús cuando recibió amenazas contra su vida, encomendó la causa «al que juzga justamente». Tenía plena confianza en la naturaleza de Dios revelada en la historia sobre Caín. La naturaleza de Dios como vengador. Dios ha vengado a Abel, condenando a Caín al destierro perpetuo. El agricultor ha de dejar sus tierras amadas y marcharse a un destino desconocido. La agricultura no volverá a traerle prosperidad jamás: «Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza». Esta venganza de Dios es una venganza inteligente. Que es un castigo, está claro. Posiblemente un castigo más duro que la muerte. La muerte, como castigo, es poca cosa: un minuto de terror, y luego el silencio. Una vida vivida en condiciones adversas es algo más. Pero la suprema ventaja del castigo de Dios es que abre el paso a la rehabilitación. La promesa de Dios sigue teniendo vigencia, tanto como el castigo: «Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?»
Notemos también, por lo tanto, que la amenaza que pronuncia Dios probablemente no debe interpretarse como la interpretó Lamec. Está claro que Lamec pensó que Dios amenazaba con matar a siete personas si una persona mataba a Caín. Pero suponer tal cosa es negar la justicia de Dios. ¿Acaso va a castigar Dios a seis personas inocentes junto con la persona culpable? El Dios bíblico no es así. La venganza amenazada probablemente sería del mismo orden que la venganza realizada en Caín mismo: Una vida vivida en condiciones adversas, en la que todo le sale mal y hasta la tierra se niega a alimentarle bien. Siete maldiciones a cambio del homicidio. «Cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado».
Y por último, notemos que la amenaza de Dios tiene el efecto deseado: La protección de la vida de Caín, sin tener que recurrir a la violencia. Además de la amenaza, Dios marca a Caín con una señal de la protección divina que reza sobre su vida. Caín vive una vida larga, se casa, tiene hijos, funda una ciudad.
La amenaza de Lamec. Ahora las cosas cambian fundamentalmente. Lamec es su propio vengador. Y Lamec conoce un solo castigo. Dar muerte. Por eso Lamec empieza sus versos jactándose de su bravura: «He matado a un hombre por herirme, y a un niño por golpearme». Como la conjugación de los verbos hebreos nunca indica el tiempo de la acción, algunos traductores entienden: «Mataré a un hombre…», en el futuro. Pero la particularidad de las víctimas, un hombre y un niño, nos indica que ya se ha realizado la acción. Estas fechorías vienen a cuento como testimonio de su capacidad de ser homicida, para que se tome seriamente la amenaza pronunciada. «Ya he matado, más de una vez, y por poca cosa. Así que… ¡ojo con meterse conmigo!»
Lo escalofriante de la mentalidad de Lamec (y sus muchos imitadores) es la increíble desproporción de su violencia. Por un cardenal, una vida; por una vida, setenta y siete vidas. Es la locura, el desenfreno. Es la ceguera de todo razonamiento moral.
Pero… ¿logra su objetivo? Este alarde de bravura de Lamec también logra su objetivo, o sea, el de protegerle de cualquier intento homicida. Lamec, como Caín, también vivió una vida muy larga. ¿Pero qué clase de vida? El mismo terror a las represalias que la intención vengadora desproporcionada despierta, hace que los enemigos busquen la manera de responder a la escalada de violencia con su propia escalada de violencia. Ante un enemigo con una superioridad arrolladora de fuerzas, quedan dos posibilidades. Una, la deseada, la de rendirse para salvar el pellejo. Otra, la temida, pero que frecuentemente nace del espíritu humano: la de formar alianzas y desarrollar el poderío bélico propio hasta lograr equilibrar y si es posible superar al primero.
Esto último es lo que estamos contemplando actualmente en la carrera armamentista de la que hemos tomado el título para estas reflexiones. Si bien la política de disuasión nuclear ha logrado disuadir durante cuarenta años, lo cual hay que admitir que es un logro, lo ha hecho mediante la acumulación de tanto poder destructor que el planeta mismo corre peligro. Los protagonistas de la violencia desproporcionada para protegerse a si mismos están cogidos en su propia trampa. La violencia indiscriminada, alocada y cruel ya no tiene sentido disuasor, porque la destrucción absoluta del enemigo es a la vez la destrucción absoluta de uno mismo.
Y así vemos hoy lo mismo que tiene que haber sentido (aunque nunca lo admitiera) Lamec. Uno nunca puede sentirse absolutamente seguro, cuando su protección es la violencia. ¿Cuánta violencia es necesaria para disuadir al agresor? Como esta pregunta nunca tiene una respuesta del todo fiable, se busca la seguridad en la exageración. Por una vida, setenta y siete vidas. Pero, ¿y si eso no basta? ¿De qué me sirve a mí, ya muerto, que mueran otros setenta y siete por haberme matado a mí? Aquel que ha puesto su confianza en la violencia es una víctima de su propia mentalidad violenta. Su propia amenaza despierta el temor y el recurso a la violencia en los demás. Esto agudiza el temor del primero, que tiene que empezar a exagerar su violencia. Esto hace qune el enemigo exagere la suya…
La victoria de Lamec es una victoria falsa. Conserva su vida, pero llena su vida de pesadillas y de terror. ¡Qué distinta la experiencia de Caín, que cuenta con la marca de la protección divina sobre su frente! ¡Qué noches tranquilas! ¡Con qué confianza poder andar a cara descubierta, sin guardaespaldas, entre los hombres!
Tres de la familia. ¿Por qué aparece este refrán de Lamec aquí, en la Biblia, y precisamente aquí, en sus primeras páginas?
Es que Lamec vuelve a aparecer en el capítulo siguiente, en una genealogía de los descendientes de Adán. Y en esta lista de descendencia lineal, hay tres hombres que destacan. Lamec, por haberse citado su refrán en el capítulo cuatro; Enoc, abuelo de Lamec: y Noé, su hijo. Estos tres, Enoc el abuelo, Lamec, y Noé el hijo, enfrentan cada uno a su manera la cuestión de evitar la muerte.
Enoc: «Y caminó Enoc con Dios. Y fueron los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Gén. 5.22,24). Enoc nunca murió. Su estilo de vida fue uno de «caminar con Dios». La excelencia de esta actitud sobresale entre toda su genealogía, y es premiada con el acceso directo al «más allá»… sin tener que morir. Esto es más que historia; es teología. Es una afirmación bíblica acerca de la naturaleza de la vida eterna. Una afirmación tan profunda que iguala a la enseñanza del Nuevo Testamento sobre el tema. ¿Buscas al vida eterna? ¡Camina con Dios y la obtendrás! ¡Qué triste ironía, entonces, que el propio nieto de Enoc rechazara la garantía de vida ofrecida por el modelo de su abuelo, para poner sus esperanzas en la violencia!
Noé: Es tan sabida la historia de Noé que no hace falta detallarla aquí. Notemos solamente que Noé es el único que sobrevive, en toda su generación de la raza humana. El y su mujer y sus descendientes inmediatos. ¿A qué se debe la extraordinaria circunstancia de que Noé sobreviviera el diluvio? La Biblia dice, sencillamente, que Noé «halló gracia» en la estima del Señor. Fue Dios la garantía de su salvación del diluvio. Fue la única diferencia entre él y toda la humanidad de su tiempo: hallar gracia delante del Señor. ¡Qué triste pensar en el propio padre de Noé, que en lugar de buscar la garantía de su salvación en la gracia ante Dios, recurrió a la crueldad y el homicidio.
Jesús: Pero la Biblia nos habla de otros descendientes de Lamec. Y según Lucas 3.37, Jesús fue también de la familia. Y es en Jesús donde alcanza su más claro rechazo el camino de la violencia protagonizado por Lamec. La resurrección de Jesús nos demuestra que sobrevivir es algo que ni siquiera la muerte puede impedir cuando se está en buena relación con Dios. El que «camina con Dios», aquel cuya vida se vive en la gracia del Señor, alcanza la vida eterna… ¡aunque muera!
Y por eso, los que vivimos en la esperanza de la resurrección, hemos abandonado el camino de la violencia. Ya no hacen falta las represalias. Mi muerte ya no necesita venganza, porque mi muerte es algo pasajero. El que sigue a Jesús tiene ya la garantía de la vida eterna. El apoyo en la violencia, en filosofías como la de «disuasión nuclear», ya no es necesario. La mentalidad de Lamec nos resulta inútil.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 5, pp. 43-49.] |
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