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Hijos de los dioses, hijas de hombres

El prólogo a la narración del diluvio bíblico, en el capítulo 6 de Génesis, describe la maldad que imperaba en la tierra, maldad que da origen al deseo de Dios de destruirlo todo y empezar de nuevo:

Sucedió que comenzó a aumentar la población sobre la superficie de la tierra; y nacían hijas. Entonces los hijos de los dioses se fijaron en las hijas de los hombres, que eran muy guapas, y cogieron para sí por mujeres a cualquiera que les gustaba. De modo que hubo por aquel entonces gigantes en la tierra, ya que después de que entraran los hijos de los dioses a las hijas de los hombres, ellas parieron a los grandes héroes de antaño, que fueron hombres de renombre. Y vio el Señor que era enorme la maldad de la humanidad en la tierra y que todo pensamiento y plan de sus mentes era solamente perverso en todo momento. Entonces le dio pena al Señor haber hecho la tierra… Y dijo el Señor: «Borraré de la superficie de la tierra a la humanidad que he creado».

Los hijos de los dioses. ¿Qué es esto de los hijos de los dioses, y su interés lascivo en las hijas de los hombres? Es algo bastante sencillo, en realidad. En el medio oriente antiguo era bastante corriente la designación «Hijo de dios» para referirse al rey. La autoridad real se entendía que manaba directamente de la autoridad divina, y que era una manifestación de ésta. Algo de esta filosofía política vemos incluso en Israel:

El Señor me ha dicho: Mi hijo eres tú;
yo te engendré hoy.
Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra.
(Salmo 2.7-8)

Y si se puede decir esto acerca de David y su dinastía (o quizá a modo profético, como esperanza acerca del Mesías futuro), es probable que la expresión «Hijo de Dios» que emplea el Nuevo Testamento, refiriéndose a Jesús, tenga tanto sentido político, como lo tiene religioso. Jesús es el rey mesiánico.

Pero, ¿qué sucede con los reyes, estos «hijos de dioses», de Génesis 6? Sucede que aprovechaban su poder político para la ventaja personal, eligiendo de entre las doncellas del pueblo las chicas que deseaban para su propio placer. En lugar de gobernar para el bien del pueblo, abusaban de su poder. Esta práctica tan común en la antigüedad (el mismo rey David cae en esta tentación), práctica que por ser común no deja de ser injusta, queda aquí como prólogo a la destrucción del mundo. O sea que entre las cosas que originan la necesidad del diluvio, figura en primera plana la corrupción política.

Los gigantes (nefilím). ¿Quiénes son los nefilím? Estos personajes misteriosos aparecen sólo dos veces en la Biblia hebrea, por lo que el significado de la palabra resulta bastante oscuro. Lo único que queda claro aquí, en Génesis 6, es la conexión de su aparición con los hechos de corrupción política que acabamos de describir. La Septuaginta (versión griega que data de antes de Cristo) traduce «gigantes», en lo que se han basado la mayoría de los traductores posteriores. ¿Pero quiénes eran los «gigantes», entonces? El término indica mucho más que estatura extraordinaria. Los gigantes de la mitología griega eran hijos del apareamiento de Urano (dios del cielo) y Gea (diosa de la tierra), en un paralelismo interesante con el relato que aquí tenemos. Pero lo más destacado de este mito griego es que los gigantes se rebelan contra los dioses, haciéndoles la guerra. Siguiendo a los traductores de la Septuaginta, podemos ver en esta referencia oscura a los nefilím la descripción de una actitud rebelde contra Dios que existió sobre la tierra antes del diluvio. Como producto de la corrupción de las autoridades políticas hay una actitud generalizada de oposición a la autoridad de Dios.

Estos nefilím, agrega Génesis, son los grandes héroes de renombre de aquella época. La palabra hebrea que les describe da a entender que fueron éstos hombres poderosos, violentos, valientes y guerreros. Son los héroes de las batallas, los caudillos militares, aquellos guerreros de fama y renombre por su valentía, inteligencia y arrojo. Los que logran grandes hazañas de guerra. Son príncipes guerreros, como había de suponer si son hijos de reyes. Demostrando mayor profundidad que la mitología griega, en Génesis la guerra que protagonizan estos «gigantes» puede ser contra Dios, ¡pero se demuestra en su combate mortal contra los hombres! Es precisamente mediante su proeza militar que dan evidencias de no aceptar la autoridad de Dios.

La inclinación al mal. El tercer pecado es la predisposición al mal que había en los seres humanos en general. Hubiera sido muy fácil culpar a las autoridades políticas, a los blasfemos y guerreros, por la destrucción del mundo. Pero sucede que todos hacían su contribución, por pequeña que fuese, a la maldad que imperaba. Y no era cuestión de acciones solamente. El problema era que las acciones reflejaban las actitudes, los pensamientos, la premeditación constante hacia el mal que había en el hombre.

Con esto en mente podemos formular algunas conclusiones acerca del pecado que conduce al diluvio:

l. El pecado que conduce al diluvio no es de tipo excepcional o extraordinario. Estoy seguro que cuando se escribió este relato, el autor tenía bien presente que describía a la perfección a su propia sociedad, y la naturaleza del pecado que él veía a su alrededor. Y lo que viene más a cuento es que esta trilogía de pecados nos sigue describiendo a la perfección en nuestro propio tiempo. ¿Acaso no somos testigos hoy de la corrupción del poder político? ¿Acaso no hay una actitud generalizada de desprecio de la autoridad de Dios hoy día; no está «en guerra» contra Dios el hombre? ¿Acaso no hay hoy también una exaltación de la violencia, una admiración por los hombres heroicos que están dispuestos a matar y morir por las causas que les inspiran? ¿Acaso no seguimos estando predispuestos hacia el mal todos los hombres en todo momento?

¡El pecado que ocasionó el diluvio es nuestro propio pecado!

2. Este pecado, nuestro pecado, es terrible. La Biblia dice que este pecado le da una profunda pena al Creador. Dios se siente triste y arrepentido por haber hecho la creación. La creación entera está viciada por nuestras acciones y actitudes. Según Pablo, «Toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto [por motivo de] la esclavitud de corrupción» (Rom. 8.21,22). O sea que así como en Génesis por el pecado de los hombres debe ser destruida toda la tierra, en el Nuevo Testamento se nos dice que el pecado humano es un agobio terrible para todo nuestro Universo.

3. Pero la conclusión más evidente a la que el autor de este relato en Génesis quiere que lleguemos, es que nuestro pecado no podrá quedar sin castigar. Al insistir en este pecado antiguo, estamos «jugando con fuego». Las consecuencias de nuestro pecado son la destrucción total del Universo. La destrucción, como consecuencia del pecado, es evidente por doquier. A niveles quizá más o menos pequeños, podemos observar que esta trilogía de males humanos está obrando ya su destrucción. Y el resultado final no puede ser otro que la destrucción final.

Pero esto no es más que el prólogo al diluvio. A continuación [El diluvio que vino] veremos la posibilidad de esperanza que existe más allá de la destrucción del Universo.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 6, pp. 51-55.]