El diluvio que vino
Hay un temor que parece estar bastante difundido entre la especie humana, un temor que muchísimos pueblos y culturas conservan como recuerdo de sucesos perdidos en la lejanía del pasado. Es un temor que refleja la inseguridad del ser humano alejado de Dios, que tiene que afrontar la vida sobre este planeta. El hombre observa la crecida violenta de un río que desborda su cauce normal, inundando y arrasando con todo lo que hay por delante, y se pregunta: «¿Y si el agua no dejara de subir?» Observa el incendio del bosque o de la selva, ocasionado por un relámpago o por el propio descuido del hombre con sus hogueras, y se pregunta: «¿Y si el fuego nunca cesara; si no hubiera ningún sitio en todo el mundo en el que uno pudiera refugiarse del fuego?» Es el temor de la destrucción del mundo.
Hoy, como conocemos los límites de los océanos, y como sabemos que la bóveda celestial no es de agua sino de espacio, el temor de la inundación total y absoluta ya no tiene tanto poder sobre nosotros. A la vez, el temor de la destrucción del holocausto (que significa «sacrificio ardiente») tiene más poder que nunca antes. Sabemos que la destrucción del mundo mediante el «fuego» atómico ya no es sólo posible sino probable. Pero es el mismo temor, y la misma inseguridad acerca de la existencia del orden cósmico que siempre ha habido en el hombre.
En Génesis, capítulos 6 al 9, tenemos un relato inspirado, que aprovecha la universalidad de este temor entre los hombres, para enseñarnos acerca de Dios y del Universo que él ha creado.
El motivo de la destrucción cósmica. La primera cosa que podemos notar es la afirmación bíblica de que la destrucción universal responde a factores controlables. No viene por azar, ni por motivos desconocidos, sobre los que el hombre no tiene ningún poder de decisión. La destrucción del mundo (el diluvio) vino porque Dios así lo decidió. Y Dios tomó esa decisión por causa de la maldad del hombre y de la sociedad humana. En ese sentido, el diluvio no responde a causas «naturales», sino precisamente a lo antinatural del comportamiento humano, que rebelándose contra la voluntad de su creador, envenenó tanto el ambiente que hubo que destruirlo (destruir al ambiente, se entiende, y con él al hombre). La causa de la destrucción universal es moral, y no física, natural, o casualidad. El Universo, según está creado, no hubiera tenido necesariamente que acabar; hubiera sido posible un Universo estable. La inestabilidad del Universo responde a motivos morales de los que la especia dominante en el planeta Tierra es responsable.
Pero no hace falta ser pesimista. La destrucción final, total y absoluta no tiene por qué espantarnos ni deprimirnos. Este es posiblemente el mensaje más evidente de la narración bíblica acerca del diluvio. Porque esta historia no es sólo una de destrucción, sino de creación. Comparte con el primer capítulo de Génesis algunas características interesantes acerca del origen de la tierra y la vida. La mayor diferencia reside en que, en lugar de empezar con la creación misma, empieza con la destrucción anterior. Pero, si podemos ver en la historia del diluvio una historia de la creación veremos: (1) El agua del caos primordial es el elemento del que (2) surge la tierra, por iniciativa de Dios. (3) Sobre la tierra recién creada surge primero la vida vegetal, y (4) luego se difunden las especies animales. (5) El primer hombre vive en armonía con Dios, recibe promesas de parte de Dios, y recibe también autoridad sobre todo lo creado, con la salvedad, explícita aquí en Gén. 9.6, de que el hombre nunca deberá derramar sangre humana.
La importancia de descubrir que el diluvio es también una creación reside en lo que nos dice acerca de la naturaleza de Dios. Dios tiene propósitos firmes y eternos acerca de lo que será. El desea eternamente ser Dios sobre una totalidad universal que celebre su gloria. Un integrante importante de ese Universo que celebra su gloria es la existencia de seres creados en su imagen que le adoran voluntariamente y reconocen con alegría su soberanía y grandeza. De modo que aunque por la desobediencia del hombre fue y volverá a ser necesario destruir la creación, Dios no se puede conformar con ser el Dios de un Nada universal y eterno. Lo que le impulsó a crear en un primer lugar, le impulsa a volver a crear. En esto coinciden perfectamente estos capítulos iniciales de Génesis, al principio de la Biblia, y los últimos capítulos del Apocalipsis, con los que la Biblia concluye.
Cómo sobrevivir la destrucción universal. Notemos ahora algo que nos afecta muy directa y personalmente. En primer lugar observemos que es posible pasar de la creación antigua, la que está condenada a la destrucción, a la nueva. ¡Esto es maravilloso!
Veamos, en segundo lugar, las condiciones necesarias para sobrevivir la destrucción y poblar la nueva creación. Vemos así dos cosas sobresalientes acerca de Noé. En primer lugar, es un hombre que «halló gracia a los ojos del Señor.» No se nos indica para nada qué es esto de hallar «gracia» (otras posibles traducciones: bondad, hermosura, estima, favor, encanto). Pero sin duda hay dos elementos en esta virtud que recibe Noé. Cuando de toda la población humana un hombre único recibe esta distinción ha de ser porque vivía de una manera que agradaba al creador. Teniendo en mente lo que sabemos acerca de la conducta que a Dios agrada, aprendido en el resto de la Biblia, podríamos resumir la supuesta conducta de Noé de idéntica manera que Jesús resumió los mandamientos de Dios: sin duda Noé amaba a Dios con todo su ser, y amaba al prójimo como se amaba a sí mismo. El segundo elemento en este reconocimiento especial de Noé es que Dios toma la iniciativa. Es Dios el que decide salvarle. la gracia que «halla» Noé no es su propia obra, sino que es la salvación sorprendente e inmerecida con la que Dios muestra su bondad, su propia «gracia» para con él.
En resumen podríamos decir que la circunstancia que favoreció la salvación de Noé fue la existencia de una relación de aprecio y mutualidad entre Dios y Noé. Noé estaba en la relación correcta con Dios. Vivía en reconciliación con su creador. Como lo expresa Gén. 6.9: «Noé fue un varón justo . . . que caminó con Dios.»
La primera conclusión acerca de lo que hace falta para sobrevivir la destrucción universal es, entonces, reconciliarse con Dios. En ese sentido nosotros lo tenemos bastante fácil. Puesto que Jesús cargó en la cruz nuestros pecados, todos tenemos acceso a la gracia de Dios, que es la iniciativa de Dios por salvarnos. En ese sentido, todos hemos «hallado gracia a los ojos de Dios,» porque Jesús nos agracia, nos hermosea, nos favorece y nos da su propio encanto y bondad. De modo que lo único que nos queda es vivir en reconciliación con Dios, de acuerdo con la gracia que ya nos ha sido regalada. Pero si no somos capaces de aceptar la realidad de la gracia concedida, seguiremos viviendo como si tal gracia no existiera, y en nuestra vida y conducta continuaremos expresando rebelión y prejuicios contra Dios. Entonces, desgraciadamente, no seremos hallados en la relación correcta con nuestro Dios y creador, la relación de aprecio y mutualidad que existió entre Dios y Noé.
Fe y obediencia. La segunda cosa que nos llama la atención en Noé es una expresión particular de lo anterior. Noé pasa de la creación caduca a la nueva creación porque, cuando recibe instrucciones claras acerca de como sobrevivir, no duda, sino que obedece en todo al pie de la letra. Sin fe y obediencia es imposible pasar de esta creación condenada, a la nueva creación. El arca de Noé no es más que un objeto visible que encarna su fe y su obediencia. La gracia de Dios se muestra en el hecho de que Dios le indicara todo lo que debía hacer para sobrevivir. Pero Noé tuvo que creer que la palabra de Dios era cierta, y tuvo que él mismo construir el medio por el cual entrar a la nueva creación.
Algo parecido nos ocurre a nosotros. Dios nos ha indicado, mediante Jesucristo, todo lo que necesitamos saber para sobrevivir la destrucción final del Universo (para «recibir la vida eterna» dirían los autores del Nuevo Testamento). También nos ha hecho capaces, por la obra «agraciadora» de Jesús, para realizar lo necesario. Ahora nos toca a nosotros. ¿Construiremos el arca? ¿Tendremos fe en la realidad del propósito eterno de Dios para nuestras vidas (que seamos como Jesús, compartiendo su naturaleza y su manera de vivir)? ¿Tendremos fe en la realidad del perdón de Dios, que nos hace capaces de elegir hoy vivir de una manera correcta en lugar de comportarnos como esclavos autómatas de las costumbres de pecado y rebelión en las que ayer vivíamos? Sin «arca» es imposible atravesar el «Nada absoluto» con que acabará este Universo, para poder reanudar nuestra vida en el Universo prometido a los que son fieles. Pero sin fe y sin una disposición humilde y obediente nunca podremos fabricar nuestro «arca».
Pero volviendo a plantear las cosas de una manera positiva: ¡Es posible sobrevivir! ¡Jesús nos muestra el camino! Y la historia de Noé ilustra nuestra realidad.
La garantía del orden cósmico. Y como última observación sobre el diluvio que vino, notemos que Dios se constituye a sí mismo como protector de la estabilidad y el orden cósmicos. En el capítulo 9 de Génesis, él mismo, él, que originó el diluvio por su voluntad, también se hace cargo de que el diluvio no se repita. Es ésta una realidad en la que los hombres tenemos que volver a recobrar una confianza absoluta. Por difícil que nos resulte creerlo, el efecto de nuestro activismo político, social o bélico por conservar el orden en nuestra sociedad y aun evitar el holocausto final, son demasiado poco. Si hasta hoy la tierra no ha explotado en la última guerra mundial y nuclear, no ha sido por la sagacidad y responsabilidad de los dirigentes de las superpotencias, sino porque Dios es el que garantiza nuestra estabilidad. Dios tiene fijado el final del Universo. Pero será cuando él diga. Nadie lo adelantará, ni tampoco lo retrasará.
La garantía de esta autoridad final de Dios sobre la Tierra es, en Génesis 9, el arco iris. Esto es mucho más importante de lo que solemos darnos cuenta. En la mitología del medio oriente antiguo, el arco iris era el arco de guerra del dios de la tormenta, con el que lanzaba sus relámpagos como flechas. Era así la inspiración y el emblema para los reyes y guerreros, que deseaban tener al dios guerrero de su lado en los conflictos humanos. El autor de Génesis, con inspiración genial, con estas palabras transforma el arco iris en símbolo de paz y tranquilidad en lugar de guerra. El arco iris ya no indica la necesidad eterna de estar guerreando para conservar el orden social y económico, sino que indica que Dios mismo se hará cargo de ese orden. ¡Qué tremendo! Y de este modo indica a la vez lo inútil, lo innecesario, lo estúpida, que es la guerra humana.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 7, pp. 57-63.] |
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