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Hagámonos un nombre

¿Recuerdas la primera vez que grabaste tus iniciales? Posiblemente las tallaras en el pupitre del colegio, o con un pedazo de ladrillo escribiste tu nombre en alguna pared. ¡Cómo te fascinaba practicar una firma, aquel garabato que se te antojaba importantísimo para el establecimiento definitivo de tu identidad! La corteza de los árboles te llamaba, como el lienzo llama al pintor, para que llenases ese vacío vegetal cortando en él tu identificación.

Hay algo en el corazón humano que busca reconocimiento, que requiere que se le identifique como único que se siente, dentro del conjunto de la humanidad. Queremos ser «alguien» y no pasar por la vida desapercibidos. En algunos esta ambición de reconocimiento les impulsa a la búsqueda de la fama, sea en el arte, el espectáculo o la política. ¿Existe el científico o el autor que no haya soñado alguna vez, en lo más secreto de su corazón, con recibir el Premio Nobel?

Las sociedades también acusan esta ambición. Aquí en Burgos donde vivo, ¿cuál fue la motivación detrás de la construcción de la magnífica catedral? La simple devoción religiosa no acaba de explicar semejante estructura. Tiene que haber habido también un afán de gloria ciudadana, un deseo de que la ciudad fuera siempre recordada por el esplendor de su iglesia mayor.

En la antigua Babel bíblica hay un interés semejante: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra» (Gén. 11.4).

Cuenta el narrador bíblico que a Dios le pareció mal este interés en «hacerse un nombre», hacerse famosos. Hay algo ilegítimo en la construcción de monumentos en honor a uno mismo, por muy comprensible que pudiese ser el impulso. De hecho, cuando maduramos un poco, ya dejamos de garabatear nuestro nombre por todos lados, aunque el deseo de no pasar por la vida desapercibidos siga con nosotros.

Por eso Dios interviene en Babel para frustrar aquellos planes de autoaclamación.

Superficialmente esta narración es una etiología (una explicación del porqué de alguna cosa) cuyo fin es atribuir a Dios el origen de la diversidad de los idiomas humanos y la diversificación de nacionalidades y culturas. Nos cuenta el narrador bíblico que, para impedir que se acabara el monumento, Dios hace que la gente empiece a hablar en distintos idiomas. De esta manera logra que se detenga la obra, porque ya no es posible que los trabajadores se entiendan entre sí. La gente abandona el lugar y se va cada cual en direcciones distintas fundando así las diversas naciones.

También debemos observar que en capítulos anteriores hay otra explicación de la diversidad nacional, posiblemente algo más verosímil. Supone el capítulo 10, por ejemplo, que esta variedad se debe sencillamente a una difusión geográfica natural de la raza humana.

Pero Dios puede dar un nombre. Creo que el propósito de que el relato de la torre de Babel esté aquí, entre las narraciones casi mitológicas o legendarias con las que abre la Biblia, es el de trazar un contraste claro con lo que sucede en los capítulos posteriores de Génesis. Con la torre de Babel se cierra este primer ciclo de narraciones, y en adelante Génesis relata la vida de los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob y sus descendientes. Y esta gente no se «hace nombre» a si misma, sino que Dios les da nombre.

Abram es un hombre a quien Dios llama y le invita a un estilo de vida basado en la esperanza del cumplimiento de la promesa de Dios. Más tarde Dios le da un nombre nuevo (Gén. 17.4), un nombre que es una promesa divina: Abraham. Y su mujer Sarai también recibe un nombre nuevo: Dios la llama Sara.

Dos generaciones más tarde aparece Jacob, nieto de Abraham. Jacob había comenzado por buscar asegurar su propia fortuna, su propio destino y «nombre», mediante la manipulación de sus familiares y el engaño. Pero acaba luchando con Dios en una experiencia que transforma su perspectiva de vida (la primera auténtica «conversión» registrada en la Biblia), y Dios le da el nombre con el que pasará a la historia: Israel. Y muchas generaciones más tarde a una joven descendiente de Abraham e Israel se le aparece un ángel que de parte de Dios da el nombre de renombre con el que será siempre recordado su hijo: «Y llamarás su nombre Jesús» (Mat. 1.21).

La enseñanza que podemos sacar del contraste entre Génesis 11 (la torre de Babel) y los capítulos siguientes de Génesis, es que no hace falta que uno busque «hacerse un nombre». No es necesario promocionarse a uno mismo. Al contrario, es inútil. La búsqueda de la inmortalidad en la fama está destinada al fracaso. Pero Dios está dispuesto a garantizar nuestra individualidad. El es el que sale a defender nuestro valor único, como ser humano especial. Dios es el que establecerá eternamente nuestra identidad personal, familiar, y ciudadana.

Cuando, como Abraham, como el convertido Israel, como Jesús, nos entregamos a la voluntad de Dios para nuestra vida, pasamos a ser auténticamente hijos de Dios. Y Dios no tiene hijos anónimos. Dios no tiene hijos cuyo valor pueda pasar desapercibido. Según Jesús, por cada uno de nosotros que se salve, hay motivos para hacer una fiesta angelical en el cielo. Es en la certeza de nuestra identidad como hijos de Dios, hermanos de Jesús, que podemos lanzarnos a la aventura de servir abnegada y anónimamente a nuestro prójimo, sin caer en el vicio de la autopromoción.

Lo dice de una manera bastante bonita Pablo, en Efesios 3.14,15: «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra».

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 8, pp. 65-68.]