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Viviré a mis anchas

Siempre guardaré tus leyes, mientras dure el tiempo y las edades.
Y viviré a mis anchas porque he averiguado tus órdenes.
(Salmo 119.44,45)

Hay una actitud curiosa en el Salmo 119, que se repite en varias ocasiones en el resto de la Biblia. Es esa mentalidad de asociar la libertad con la obediencia; de suponer que solamente se puede vivir con soltura y espontaneidad si se cumple rigurosamente la Ley del Señor.

Parece una paradoja, ¿no?

El Salmo 119 está dedicado en su integridad a cantar las alabanzas de la influencia liberadora de la Ley. ¿Por qué? ¿Qué puede haber en ella que sea digna de ese derroche de exclamaciones maravilladas?

Posiblemente Jesús supiera de qué se trata. Por un lado, emite su famoso apotegma: «Conoceréis la verdad, y la verdad os liberará». Por otro lado dice: «No penséis que he venido a derogar la Ley y las sentencias de los profetas; no he venido a derogar sino a completar. . . . Porque os digo que si no abunda vuestra justicia aún más que la de los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». Ahí está nuevamente esa conjunción de conceptos: libertad y Ley.

¿Qué es lo que ha entendido Jesús acerca de la Ley de Dios que le hace hablar de tal manera? El, que fue matado bajo tortura como hereje y criminal, ¿qué puede ver de bueno en la justicia y las leyes? Sin duda ha visto lo mismo que siglos antes había visto el autor del Salmo 119. ¿De qué se trata?

Para entenderlo tenemos que remontarnos al siglo trece antes de Cristo, cuando sucedieron los hechos que habían de constituir el fundamento mismo de la fe bíblica y de la nación israelita que la produjo: La huida de la minoría oprimida por la sociedad y el gobierno egipcios; o sea el éxodo.

En esa ocasión se produjo algo maravilloso, algo nuevo en la historia humana, algo nunca visto: La más grande superpotencia política, militar y económica de su época no es capaz de impedir el alzamiento de la minoría esclavizada, despreciada y brutalmente oprimida, que luego de un largo período de negociaciones al final se marcha. Y al marcharse deja en ruinas la economía y las fuerzas armadas de esa superpotencia sin nunca haber decretado una huelga ni alzado un arma. ¿Qué había sucedido? Está narrado de una manera inmejorable en los documentos históricos y religiosos de los israelitas mismos, en los 15 primeros capítulos del libro de Éxodo.

Dicho en pocas palabras, existe un Dios, del que los opresores (y los que defienden las estructuras injustas de los poderosos) no tienen conocimiento. Es este el Dios de los que sufren la injusticia y la opresión: el Dios de los israelitas, o sea del Pueblo marginado del poder. Como este Dios existe, interviene a favor de aquellos oprimidos. Puesto que es un ser real, y no el producto de la imaginación mitológica con la que la religiosidad piadosa reviste de legitimidad siempre a las estructuras de la opresión, es capaz de vencer a esos dioses inexistentes de los faraones, y a la demasiado existente fuerza bruta humana en cuyo beneficio han sido inventados.

De modo que con el éxodo, los israelitas logran liberarse de Faraón.

La liberación se profundiza. Pero con la huida de Egipto no había terminado la obra liberadora del Dios de los oprimidos. Porque el «faraón» no estaba solamente en Egipto. Entre ellos mismos acechaba la mentalidad de «faraón» dispuesta a revelarse en cuanto tuviera oportunidad. ¿Quién de ellos, si acaso llegara a tener la oportunidad política, no sería capaz de convertirse en opresor de sus semejantes? ¿Quién de ellos, en cuanto se dieran las circunstancias propicias, no cometería injusticias «para el bien de la mayoría», o «por razones de Estado», o «para evitar la desintegración de la sociedad»?

No es una característica de Dios el hacer las cosas a medias. Cuando él se propuso liberar a los israelitas, quiso hacerlo de veras. Y por eso lleva a cabo, en el desierto de la Península de Sinaí, la segunda etapa de su obra histórica de liberación. Esto lo lleva a cabo al decretar su Ley. Una ley que no permite el abuso descarado de los poderosos. Una ley que insiste en que la justicia sea verdaderamente justicia, y no meramente la institucionalización de la injusticia. Una ley que se dirige al fondo de las motivaciones del ser humano, arrancándole su máscara al egoísmo, tanto individual como nacionalista. Una ley que se dirige con una perspicacia elemental a los más profundos problemas de la sociedad humana.

No es legítimo oponer los conceptos de Gracia divina y Ley divina. Son la misma cosa. Es por la misericordiosa gracia de Dios que Moisés recibe en Sinaí los mandamientos del Señor. La única motivación que los impulsa es la de completar la obra redentora comenzada en el éxodo.

Si con el éxodo Dios libra al pueblo oprimido por Faraón, al dictar la Ley Dios libra a su pueblo de las estructuras faraónicas, dándole una manera nueva de regirse, una filosofía de vida fundamentalmente contraria a la mentalidad de la sociedad egipcia. La liberación llevada a cabo por Dios es verdaderamente revolucionaria. No es esa seudo revolución que acaba sin hacer otra cosa que cambiar los nombres o el origen social de los opresores de turno. A estas revoluciones de maquillaje, típicas de los idealistas utópicos, Dios contrapone su Ley, una revolución de motivaciones y mentalidad en todos los hombres.

Es por esta naturaleza exaltada de la Ley divina, divinamente liberadora, que se entusiasma el autor del Salmo 119. Es por esto que Jesús, que superficialmente parecería un rebelde y revolucionario (como tal le torturaron y asesinaron), es en realidad revolucionariamente obediente.

Obediencia, no legalismo. Esta obediencia preconizada y protagonizada por Jesús se basa en un profundo amor para con la Ley y el Espíritu divino que dio origen a la Ley. Por eso es completamente contraria al legalismo. ¡Recordemos que sus peores opositores eran los legalistas que se ufanaban de cumplir la ley!

La mentalidad legalista, pregunta ante la Ley: «¿Hasta dónde puedo llegar sin hacer lo prohibido?» Es como quien al borde de un precipicio trata de ver hasta donde puede acercarse sin caerse. Tal persona, obsesionada por el precipicio, llegará a ver ese borde como algo opresivo. Concentra su atención en los límites de esos pocos centímetros que hay entre ella y la muerte al caer, y por lo tanto el terreno sobre el que puede desarrollarse le parece agobiantemente estrecho y enclaustrante.

Pero la mentalidad del que ama la Ley es la que pregunta: «¿Hasta dónde seré capaz de profundizar en llevar hasta sus últimas consecuencias libertadoras los principios morales y éticos contenidos en la Ley?» Es como quien le da la espalda al precipicio, y descubre un territorio infinito e infinitamente hermoso, que cuanto más se aleja del precipicio, más hermoso se torna. En lugar de verse agobiado por la estrechez de esos pocos centímetros delimitantes, se siente liberado ante la inmensidad de la aventura que le aguarda cuanto más lejos se interne en la dirección contraria.

Por eso Jesús, que en su originalidad vive según el Espíritu de la Ley en lugar de jugar el jueguito de los legalistas, queda catalogado por éstos como un pecador. Y por eso Pablo, como fariseo que se enorgullecía de su profundo conocimiento de esos pocos centímetros al borde del precipicio, un día le da la espalda por completo al precipicio y abraza el evangelio liberador de Jesús, que, en sus propias palabras, «vino a completar la Ley», exigiendo una justicia muy superior a la de los fariseos.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 9, pp. 71-75.]