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¿De quién es la tierra?

¿De quién es la tierra?

—¿Puede acaso tener dueño la tierra? —se preguntaban los indios norteamericanos. Nunca comprendieron, hasta que no fuera demasiado tarde, la mentalidad de los europeos sobre la tierra. Cuando llegaron los europeos y quisieron «comprar» la tierra, aquellos indios no tuvieron inconvenientes en «vendérsela». «¡Qué ganancia más fácil! Los blancos te daban cosas tan bonitas… cuentas de vidrio de colores… a cambio de que tú estuvieras de acuerdo con que dispusieran de la tierra. ¡Mira qué ingenuos estos blancos! ¡Si la tierra no es de nadie… y es para todos! Para todos los hombres, para todos los animales, para todos los árboles… Pero si esos bobos querían regalarte cosas bonitas, no les ibas a decir que no, ¿no?»

Aunque fueron exterminadas aquellas tribus por los hombres «civilizados», no dejaban de tener algo de razón. Es una necedad absoluta pensar que puedes adueñarte de la tierra, la tierra que te parió y que volverá a envolver tus huesos cuando desaparezcas.

Pero no porque sea una necedad absoluta deja de ser la mentalidad más corriente en nuestro mundo. La tierra tiene propietarios, efectivamente. Así como tenía propietarios en el Medio Oriente de la antigüedad, cuando el Señor reveló la realidad de las cosas:

Porque un día el Señor llamó al hombre Abram, y le prometió entregarle a él y a su descendencia cierto territorio… y otro día su Hijo dijo que los mansos «heredarían» la tierra entera…

—¡Oiga; basta ya! ¿Quién es ese señor, y quién es su hijo, para que vayan por ahí repartiendo la tierra? Veamos si tienen las escrituras en orden. Comprobemos si realmente la tierra es suya como para que dispongan así de ella.

—Esto… bueno, mire. Lo que pasa es que el Señor hizo la tierra. Deseó que existiera, y por eso existe… y el día que deje de desearlo, desaparecerá para siempre.

—Ah… (¡Glup!) Continúe, entonces.

La lección de Jezabel. Jezabel no se había enterado de lo que sabían los israelitas sobre la propiedad de la tierra porque no era… ¿Que —¿Quién era Jezabel? —preguntas? Era la esposa de Acab, rey de Israel. Un día Jezabel encontró a su marido en un estado de ánimo digna de lástima. Tan triste estaba el pobre rey, que ni comía (1 Reyes, cap. 21).

—¿Qué te pasa?— preguntó.

—¡Es que me apetecía muchísimo agregar la viña de Nabot a las tierras del palacio! Le ofrecí por ella lo que quisiera: otras tierras, dinero, cualquier cosa. Pero, claro: Nabot se enfadó conmigo por sugerirle semejante impiedad.

Jezabel no se había enterado de lo que sabían los hebreos acerca de la propiedad de la tierra porque era extranjera, natural de Sidón. Le pareció que aquella triste aceptación de la situación no era digna de un rey, de modo que hizo matar a Nabot y se apropió de su viña para dársela al rey. ¡Pobre Jezabel! No sabía.

No tardó en llamar a la puerta del palacio el profeta Elías. Cuando el rey supo quién había venido, palideció de espanto, porque, claro, su esposa ya le había puesto al tanto de lo hecho.

—¡Ya me has encontrado, perseguidor mío! —gimió entre dientes. (Jezabel estaba cada vez más perpleja: ¿Acaso su marido no era el rey? Entonces, ¿por qué se comportaba de un modo tan tímido?)

Elías pronunció el terrible oráculo del Señor:

—Te traigo la maldición por el asunto de Nabot. Morirás violentamente, y quedará truncada tu dinastía. Y tú —se dirigió a la reina —morirás una muerte horrible y te devorarán los perros, y lamerán tu sangre.

¡Es que la tierra es del Señor! Es suya por derecho y por voluntad. Y lo que no sabía Jezabel era que en la Ley del Señor, en ese Acta Constitucional de la Liberación Divina, Dios había dispuesto su repartición por partes iguales a todos las familias de Israel. Por eso era una impiedad aquel deseo de Acab, por más que fuera rey, de añadir más tierras a la porción que le había tocado en igualdad con los demás ciudadanos. La acción de Jezabel había sido un acto de rebelión insidiosa contra la soberanía de Dios mismo. Era echarse atrás en el proceso de la creación de una sociedad justa que había comenzado Dios por su tremenda misericordia y compasión.

Según la disposición divina, la tierra nunca se podía vender. En todo caso, si por necesidad, para pagar deudas o por el motivo que fuere alguien así lo deseaba, podía vender y comprarse el derecho de algunos años de cosecha de la tierra. Pero esto nunca en perpetuidad, que hubiera venido a ser lo mismo que vender y comprar la tierra misma. Cada cincuenta años llegaba el Año de los Gritos de Alegría. Era el año en el que los pobres, la gente que por mala suerte (o por malos hábitos, no importa) había tenido que vender los derechos de cosecha de la tierra que les correspondía… ¡volvía a tomar posesión de la tierra!

¡Cada cincuenta años, o sea, una vez cada dos generaciones, más o menos, volvían a quedar todos en igualdad de condiciones! El que más tierras había acumulado durante esos años, por avaricia y por aprovecharse del mal del vecino (o por trabajador esmerado y ejemplar, no importa), no tenía más tierras que cualquier otro. Los pobres, los humildes, los desesperados, ¡hasta los viciosos y haraganes!, volvían a tener una oportunidad nueva para hacerse la vida de una forma honrada. (Levítico, cap. 25.)

¿A qué viene todo esto? No… no es para que todos nosotros insistamos en que se nos devuelva por partes iguales la tierra que nos corresponde. Ni tampoco para mandar al infierno a los terratenientes. ¿A qué viene, entonces? Ya se verá.

Primero: La tierra es de Dios. Y hemos de rendir cuentas ante el único y eterno dueño, del uso que demos a su tierra. El que la llene de contaminantes, la arruine para sacar ganancias y la cubra de radioactividad en guerras inicuas, tendrá que responder ante aquel de quien es. Nuestra «civilización» está destruyendo vorazmente el planeta. Los cristianos, que sabemos que el planeta tiene dueño, que es ajena, no podemos callar. ¡La tierra es de Dios; tratémosla de acuerdo con esa realidad!

Segundo: Todos los recursos de la tierra son para todos en igualdad. No porque sea lógico (¡que además lo es!); no porque suene a propaganda de izquierdas ateas (¡que lo puede sonar!). Sino porque con esa intención fue creada, y su creador vive, y su creador es un Dios temible, capaz de ejecutar sus juicios en justicia y santidad. Su creador es un Dios celoso, que no aguantará para siempre que su voluntad sea violada con descaro. Los cristianos, que sabemos de quien es la tierra, tenemos la primera responsabilidad en ser justos e equitativos con los recursos que de ella saquemos. Cada uno responderá por sí mismo, y no hace falta contemplar airados el pecado ajeno en esto. Nosotros, que sabemos que se nos exige una repartición en igualdad, no podemos pasar de la justicia. Lo poco que tengamos es realmente de Dios. No somos más que cuidadores pasajeros de los recursos en nuestras manos, tengamos tierras o no. Porque al fin de cuentas todo lo que tenemos de la tierra viene.

¿O no?

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 11, pp. 83-87.]