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Esclavitud y justicia

Hoy día el tema de la esclavitud no es un tema muy candente, que digamos. El hecho de que no exista hoy la esclavitud, sin embargo, es una anomalía histórica. Es una desviación reciente, de modelos sociales que han estado en vigencia desde la antigüedad. Hoy día tomamos por sentado que la esclavitud es un sistema social condenable. Pero no fue siempre así. La época en la que surgió la Biblia era una en la que la esclavitud era un aspecto normal y corriente de la sociedad. ¿Cómo debía responder el pueblo de Dios ante una estructura de injusticia como la esclavitud? Viviendo en medio de una sociedad en la que a nadie, ni siquiera a los esclavos mismos, se le ocurría cuestionar la existencia de la esclavitud como sistema social, ¿qué postura debían tomar los seguidores del Dios Altísimo?

Habría varias alternativas: Por un «flash» sobrenatural, se podrían haber enterado de la inmoralidad e injusticia que supone el sistema de esclavitud como medio de pago de deudas o como medio de disponer de los vencidos en la guerra. Claro, que una vez que se enteraran de esa inmoralidad, ¿qué iban a hacer? Cuando toda la sociedad estaba organizada de tal modo que los que no podían pagar sus deudas las pagaran con su trabajo vitalicio y el de sus hijos, ¿qué sistema iba a parecer una alternativa social justa? El esclavo por lo menos recibía un mínimo de alimento como para subsistir. Es cierto que no tenía derechos; pero en aquellas sociedades, ¿quién tenía derechos? Supongamos que a la hora de pagar las deudas, al no poder hacerlo se le quitara la tierra, las herramientas de trabajo, la ropa, en fin, todo lo que tenía: ¿De qué iba a vivir esa persona? ¡Trabajar para comer, aunque fuera a latigazos, posiblemente no le pareciera tan mala idea a aquel cuya única alternativa hubiera sido morirse de hambre!

De modo que la postura radical lógica, la de abolir la esclavitud, posiblemente hubiera creado más problemas que los que buscaba solucionar. Habría que crear todo un modelo nuevo de sociedad, una transformación de la economía… un Estado moderno, en otras palabras. ¿Y cómo iban a lograr eso unos pocos fanáticos de un Dios desconocido por los demás?

La estrategia bíblica ante la esclavitud. Hoy nos puede parecer incompleta la postura predicada en la Biblia, que no cuestiona la existencia de la esclavitud misma. Sin embargo están en ella las raíces del planteamiento moderno de la cuestión. Sin necesitar una «revolución de los esclavos» (¡que llegando al poder probablemente hubieran esclavizado a sus antiguos amos!). Sin mediar una transformación anacrónica de la sociedad. (¿Cómo lograr una sociedad Siglo XX hace tres mil años, sin los medios industriales, energéticos y de comunicación del Siglo XX?) Hay un proceso bíblico que iba a conducir sin falta al rechazo total moderno de la esclavitud.

Fue el proceso de comenzar a ver al esclavo como le veía Dios. No como un animal de trabajo; no como alguien genéticamente inferior; no como alguien cuya condición de esclavitud se autojustificaba (el que era un esclavo lo era porque era evidente que debía serlo y por lo tanto debía continuar siéndolo… y sus hijos también). Sino como una persona tan persona como cualquier otro, y tan digno de la atención del Dios Todopoderoso, como el más libre de los libres. ¡Como le veía Dios!

O sea que en lugar de comenzar desde arriba, transformando las estructuras sociales, Dios comenzó desde abajo, transformando los conceptos acerca de la dignidad humana del esclavo. Veamos:

En Éxodo 21.1-11, Levítico 25.39-55, y Deuteronomio 15.12-18, tenemos tres versiones distintas de la legislación divina acerca de los esclavos entre el pueblo israelita. Lo que comparten estos tres párrafos es el principio del tiempo limitado de la esclavitud. La persona israelita que queda reducida a la necesidad de venderse para sobrevivir, servirá un máximo de seis años. (Menos, en caso de llegar antes el Año de Gritos de Alegría, en cual caso además de la libertad el esclavo recupera sus tierras familiares.)

El día que es liberado este «esclavo», el amo tendrá que abastecerle con todas las provisiones necesarias para que pueda volver a una vida económica independiente y libre sin necesidad de tener que volver a venderse a la esclavitud. La esclavitud así definida parece más bien una forma primitiva de bancarrota, declarando la cual el deudor trabajaba un máximo de seis años como pago de lo debido, luego de lo cual se le otorgaban todas las facilidades necesarias para una vida productiva e independiente.

Pero más allá de esto, era la responsabilidad de toda su parentela hacer lo posible para que no tuviera que servir ni siquiera esos seis años. Esto se lograría pagando al amo una suma igual al sueldo que se calculara que se le pagaría al esclavo, de ser este un empleado por seis años. En tal caso el amo se vería siempre obligado a vender, y a vender a ese precio justo.

Otras limitaciones del derecho del amos sobre sus esclavos legisladas en la Biblia: El amo no tenía derecho de vida y muerte sobre sus esclavos; debía ser castigado si mataba a un esclavo (Ex. 21.20). No podía abusar del castigo físico maltratando a sus esclavos; si le causaba daños tales como pérdida de un ojo, o siquiera de un diente, el esclavo recibía a cambio de tales daños la libertad (Ex. 21.26,27). Estas limitaciones al abuso de los esclavos no beneficiaban únicamente a los esclavos israelitas, sino que se extendían a todos los esclavos poseídos por israelitas.

Hemos de imaginar que ser un esclavo bajo tales condiciones no supondría una situación tan horrible como la que generalmente asociamos con la condición de esclavo. En lugar de abolir la esclavitud, Dios cambia la definición de la esclavitud. Le quita los abusos y la transforma en algo que reconoce la dignidad y los derechos humanos. Tanto es así, que es necesario agregar a las leyes que rigen la esclavitud, una ley del derecho del esclavo a seguir siéndolo. ¡Sí! ¡Es cierto! Una ley que dice que el esclavo que se siente tan feliz y contento con su situación, que «ama a su amo» en las palabras bíblicas, tiene el derecho de exigir que no se le devuelva la libertad. Es evidente que nos encontramos aquí ante una transformación completa de lo que es la esclavitud misma. Ya no es algo inmoral y vicioso que oprime al prójimo descaradamente. Más bien parece un empleo tan bueno que uno exige garantías de no quedar en el paro.

Visto bajo este prisma, no está tan mal que el esclavo que no fuera israelita no gozara del mismo privilegio de libertad a los seis años. Si como víctima de la costumbre generalizada de imponer esclavitud a los habitantes de ciudades vencidas en la guerra se le devolvía la libertad, ¿qué iba a hacer con ella? ¿Adónde iba a ir? ¿Qué iba a hacer? Sus familiares y conciudadanos seguían esparcidos por todo el mundo, continuando en la esclavitud. Su ciudad natal seguía destruida y su tierra pertenecía a sus conquistadores. ¡Mucho mejor continuar bajo el régimen de vida que llevaban los esclavos de los israelitas.

Además, te quedaba siempre una posibilidad; posibilidad que tenían tanto los esclavos hebreos como los extranjeros en Israel y Judá. Si no te gustaba la vida bajo tu amo… ¡tenías el derecho a escaparte! Dice así la asombrosa ley contenida en Deuteronomio 23.16,17(15,16): «No desampararás al esclavo, (devolviéndole) a su amo; (el esclavo) que se ha librado a si mismo (huyendo) a ti de su amo. Contigo vivirá, entre tu gente, en el lugar que le plazca en alguna de tus ciudades. Trátale bien; no le niegues sus derechos.»

Revolucionario, ¿no?

El fundamento de todo esto es (¡cuándo no!) el ejemplo de la liberación del pueblo esclavizado en Egipto. El éxodo funciona como modelo de lo que es la intención de Dios para los hombres. Los israelitas son ahora esclavos de Dios, comprados en su liberación de la opresión egipcia. Por lo tanto no está bien que sean esclavos involuntarios de otro.

Esclavitud en el Nuevo Testamento. Esta radicalidad en el planteamiento de la cuestión «esclavitud» se agudiza en el Nuevo Testamento. La carta de pablo a Filemón nos indica algo de la mentalidad que había entre los primeros seguidores de Cristo. Esta carta trata acerca de un esclavo, Onésimo, que se le había escapado a Filemón. Pablo llegó a conocerle como fugitivo o posiblemente le conocería de antes, en casa de Filemón. De todos modos, Onésimo se convierte y vive con Pablo una temporada. Y ahora llega la hora de restitución. Como un ladrón que, convertido, busca devolver lo robado, Onésimo está dispuesto a devolverle a Filemón lo que le ha robado: ¡su propia persona! Pablo envía esta carta con Onésimo.

En ella recomienda que Filemón reciba a su esclavo, no ya como su esclavo, ¡sino como un hermano amado! Pablo, como apóstol, le recomienda que trate a su esclavo como trataría a Pablo mismo. Si con Pablo Filemón se desdoblaba por mostrarse amable, respetuoso, hasta cariñoso, así también con su esclavo. Si con Pablo había una camaradería especial, un afecto profundo, una unidad espiritual debida a la fe que compartían, igualmente con el esclavo Onésimo. Si no había sacrificio que Filemón no hubiera hecho de buena gana por el anciano y encarcelado apóstol al que le debía el conocimiento del evangelio, esa misma consideración sacrificada y servicial debía tenerla con aquel que antes no había sido más que una posesión entre muchas.

Pues bien. Uno sigue siendo el amo, y el otro sigue siendo el esclavo. Pero ahora son iguales. Ambos, como miembros del cuerpo de Cristo que es la iglesia, tienen el deber y el privilegio de dar y recibir consejos, exhortación, disciplina espiritual, palabras de ánimo, servicio humilde, uno del otro. Según los papeles legales uno es dueño del otro. Pero según el espíritu que les une son hermanos que se aman profundamente y morirían el uno por el otro. Por ambos ha muerto Jesús. Ambos resucitarán en la nueva creación. Hoy son miembros el uno del otro, dentro del círculo de seguidores de Cristo. ¡Este nefasto sistema social ya no tiene poder para separar a los hombres!

Algunas consideraciones prácticas. Hoy día, gracias a Dios, no existe la esclavitud en nuestra sociedad. Pero sí que existen graves problemas de injusticia social, algunos de los cuales apenas podemos entrever. Injusticias sociales sobre los que no tenemos ningún control. Males contra los que no sabemos por dónde comenzar nuestra lucha. Según la UNICEF, aproximadamente 40.000 niños se mueren de hambre todos los días. Hay naciones que tienen arsenales nucleares capaces de destruir varias veces a toda la vida del planeta. Cosas por el estilo.

Otras cosas que son terriblemente injustas… pero de cuya injusticia ni nos damos cuenta. Hace cincuenta años, ¿cuánta conciencia había de la injusticia a la que se sometía a la mujer? Hoy mismo hay muchos para quienes es sinceramente imposible ver esa injusticia; reconocer que realmente sea injusticia. Hasta hay cristianos que usan la Biblia en un esfuerzo nostálgico y bien intencionado por defender un orden esencialmente machista, así como en otro día los norteamericanos sureños defendían la esclavitud recurriendo también a la Biblia.

¿Qué debe hacer el Pueblo de Dios? De la Biblia podemos aprender que, aunque nos resulte imposible atacar la superestructura social, aunque nos resulte imposible cambiar en nuestra generación toda una cultura y sus injusticias, ni cambiar una sociedad injusta… podemos hacer algo ya. Podemos empezar, al valorar a todas las personas con el valor que Dios les da. Verles como su Creador les ve. Amarles como Cristo les amó. Recordar que el mismo que nos rescató a nosotros, dándonos la dignidad de ser Hijos de Dios, también se propone rescatar a los que sufran cualquier injusticia, y darles la dignidad humana de ser llamados Hijos de Dios.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 12, pp. 89-95.]