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Ser un hijo cristiano

Los hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es lo correcto: «Honra a tu padre y madre». Este es el primer mandamiento con promesa: «a fin de que te sobrevenga el bien y estés sobre la tierra por mucho tiempo». (Efesios 6.1-3.)

Tres conceptos me interesan en particular al deslindar con esta cita del apóstol, cuál ha de ser el comportamiento filial cristiano. Me refiero al verbo que hemos traducido aquí «obedeced»; aquel otro verbo traducido «honra»; y el concepto de ejecutar estos verbos «en el Señor».

Obedecer. A veces es un ejercicio interesante el de desarmar las palabras. Este verbo, por ejemplo, en su original griego, está compuesto por una palabra base, precedida por un prefijo. El verbo base, sin el prefijo, significa «oír, escuchar, prestar atención»; mientras que el prefijo indica una posición inferior, o «desde abajo». Teniendo esto en cuenta, podríamos decir, a modo preliminar, que lo que se nos exige como hijos es «escuchar desde abajo», o «prestar atención desde una postura de inferioridad». Es la postura lógica del niño, que oye, escucha, a sus padres con la plena conciencia de que ellos son más grandes. Tiene que levantar la mirada para ver al que le habla: no es un trato entre iguales.

La palabra aparece muchas veces en el Nuevo Testamento. Es el concepto de obedecer, en primer lugar, pero en el sentido de seguir, acatar, estar sujeto y subordinado a alguien. Las personas respecto a quien se habla de esto son Dios, los padres, el marido, y los epíscopos, los que vigilan por el bien de la iglesia. Son personas que merecen que se les preste atención, que se les respete, que haya una disposición por hacer lo que ellos digan, por consideración natural.

También se usa este verbo respecto a conceptos abstractos: Una invitación, la fe, el evangelio, «nuestra palabra», «el servicio de Dios», el amor. Aquí el significado es más bien uno de «aceptar», o hasta de «entregarse de lleno» a estas cosas. Aceptar una invitación, aceptar el evangelio, por ejemplo. O vivir plenamente, en una entrega total, al servicio de Dios o al amor cristiano.

De modo que lo que encierra este mandamiento, «obedeced a vuestros padres», podríamos resumirlo del siguiente modo:

Tomad conciencia de que vuestros padres están en superioridad de condiciones respecto a vosotros. Escuchadles, oídles, prestad atención a sus palabras. No seáis rebeldes, sino aceptad vuestra subordinación a ellos con respeto y consideración. Seguid sus instrucciones; sed obedientes. Aceptad que ellos, y ningún otro, son vuestros padres. No les rechacéis, sino entregaos a ellos (como ellos os aceptaron y se entregaron a vosotros el día que nacisteis). Jugaos el todo por ellos.

(Según quienes sean los padres, toda esta actitud se verterá, en la mayoría de los casos, en una obediencia lisa y llana. Claro, habrá ocasiones, en casos muy extremos, en que habrá que desobedecer por conciencia. Si los padres prohíben leer la Biblia, si prohíben la amistad con cristianos, etc. Pero en la totalidad de las cosas que los padres esperan de sus hijos, esta fracción, que podríamos calificar de «persecución religiosa», por supuesto que siempre será bastante mínima. ¿Cuál ha de ser el comportamiento cristiano en estas situaciones? Salvo la palabra obediencia, seguirá siendo la misma que acabamos de describir: Con sumo respeto, sin actitud de rebeldía, sin negar el principio de sujeción y el reconocimiento de ser un menor ante ellos, sin rechazarles a ellos por rechazar su prohibición, habrá que actuar según manda la conciencia. Al actuar así hemos de aceptar con alegría las consecuencias lógicas de la desobediencia. No hay lugar para la queja ante el castigo, ni para la rebeldía contra nuevas prohibiciones, si éstas no violan esa misma conciencia religiosa. Hemos de mostrarnos mansos, dulces, apacibles, humildes, tristes por tener que desobedecer, sumisos ante el castigo. O sea que la desobediencia en el detalle específico no brota de una actitud desobediente, sino de una lealtad superior, una lealtad a alguien que manda, en fin, la subordinación bajo los padres.)

Honrar. Al usar esta palabra Pablo está citando uno de los Diez Mandamientos de Éxodo 20. El verbo hebreo significa «dar peso, dar honor, gloria». Los que deben recibir este «peso», este honor y gloria son, en las distintas oportunidades en que aparece esta palabra en la Biblia hebrea: Los padres, el rey, Dios… y también Jerusalén, el sábado, el nombre de Yahveh, etc.

¿Qué significa esto de «dar peso»? Sin duda se refiere a darle importancia. Considerar que si se le colocara de un lado de la balanza, y a uno mismo del otro lado, la otra persona pesaría más… valdría más, si estuviésemos hablando de mercancía.

¿Y qué es esto de dar honra y gloria? Bueno, un significado bastante evidente sería el de no hablar mal de ellos a terceros. No hacerles «quedar mal» en lo que decimos acerca de ellos cuando hablamos con nuestros amigos, etc.

Pero hay otro tipo de honra que pueden recibir de sus hijos los padres. Los padres reciben honra cuando por causa de quienes y como son sus hijos, ellos reciben admiración y felicitaciones.

—¿De modo que usted es el padre de Tal? ¡Qué hija ejemplar tiene! ¡Ojalá mis hijos…!

Así reciben honra los padres. Reciben mayor estima de parte de todo el mundo, por causa de lo buenos, lo honrados, que son sus hijos. Nuestro comportamiento cristiano, obediente, lleno del amor de Cristo, trae mucho reconocimiento para nuestros padres. Esto es cierto aun en casos extremos en que los padres realmente no sean dignos de honra: «!Qué mujer repugnante; lo único que tiene de bueno es el hijo!» De hecho, por tu causa, hijo cristiano, tiene ella algo bueno, algo digno de alabar.

En cierta ocasión cuando explicaba esto, alguien me hizo notar que muchas veces el metro con el que el mundo mide si los hijos son dignos de felicitar a los padres, es contrario al comportamiento cristiano: Por ejemplo, la madre que siente que una hija que no derrocha dinero para ponerse «guapa» según la última moda, es una vergüenza para ella. Pero pienso que igual quedan muchas virtudes que hasta el más perdido reconocerá como tales: Ser honrado, honesto, bondadoso; mostrar el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Dado el mundo que nos rodea hoy, es una honra para cualquier padre que su hijo no esté metido en drogas, que se mantenga en pureza sexual y evite los muchos vicios que abundan en nuestra sociedad.

En el Señor. ¿Qué significa obedecer a nuestros padres «en el Señor»? Creo que se refiere a la importancia de la actitud con que obedecemos. Ya no es bastante obedecer a nuestros padres exteriormente, como solíamos hacerlo antes, muchas veces de mala gana. No es cuestión ya de obedecer por verse obligado a ello, o por hábito. No es la obediencia porque ésta sea lo más cómodo. Nuestra relación con nuestros padres, a raíz de nuestro encuentro profundo con Jesucristo, nunca puede volver a ser la relación rutinaria de antes. En Mateo 10.34-39 Jesús plantea esta situación con una severidad alarmante. Dice que ha venido a traer discordia y riñas al hogar. Habrá desacuerdos entre padre e hijo, entre madre e hija, entre nuera y suegra, por causa de Jesús: «los enemigos del hombre serán sus parientes». Ante esta situación, el que ame a padres, a hijos, a su propia vida, más que a Jesús, se mostrará por ello indigno de él.

Jesús es un intruso en el hogar, que crea la necesidad de examinar detenidamente la naturaleza de todas las relaciones en éste. Pero notemos: a continuación de decir esto en Mateo 10, promete que aunque el que quiera conservar su vida la perderá, el que la pierda la hallará (vers. 39). Creo que sucede algo análogo en cuanto a las relaciones familiares. El que no sufra la destrucción de sus relaciones «normales» de siempre con sus parientes, por causa de Jesús, igual verá que en esas relaciones no obtiene satisfacción ni la alegría que desearía. Pero el que entrega esas relaciones «normales» de siempre a la destrucción de Cristo, hallará también, por medio de él, toda una nueva manera de relacionarse con sus parientes. Una nueva relación basada en un profundo amor aprendido de Cristo mismo. Una nueva actitud, mucho más perfecta, mucho más satisfactoria, productora de mucha más alegría y armonía, que las actitudes «normales» de siempre. Es necesario que sea destruido, que «muera», lo viejo a fin de que pueda surgir lo maravilloso: ¡el orden perfecto de Dios en el hogar!

Así, entonces: El que antepone su amor para Jesús al amor a sus padres recibe, por un lado, un amor mucho más profundo para con sus padres: ¡el amor de Cristo! Y por otro lado, recibe también el mandamiento de Jesús: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor».

No una obediencia cualquiera. La obediencia del hijo cristiano, entonces, no es una obediencia cualquiera. Antes se sujetaba a sus padres y les obedecía por una variedad de posibles motivos: un genuino amor para con los padres, respeto, posiblemente nada más que la fuerza de las costumbres: obedezco porque siempre lo he hecho. Otras veces el único hilo de motivación es el temor a las represalias: el jaleo que se arma, las prohibiciones que me imponen si no hago lo que me dicen.

Pero ahora este hijo ama y respeta a sus padres, obedeciendo en sujeción lo que ellos digan… ¡por amor a Jesús! O sea, donde antes el amor y el respeto podían ser motivaciones para obediencia, ahora el amor y el respeto son el producto del amor a Jesús. Y de ese amor a Jesús nace por igual la actitud de subordinación y obediencia.

¿Cómo viviremos esto? ¿Cómo lograremos romper los hábitos de rebeldía, de desobediencia, de falta de respeto para con nuestros padres? No te quede duda de que será una lucha, una batalla. Pero tranquilízate: Tenemos armas. Posiblemente no sea una mera coincidencia el hecho de que en este mismo capítulo 6 de Efesios tengamos una descripción panorámica de las armas a nuestra disposición: Primero, «coged la armadura de Dios, a fin de que podáis resistir» las tentaciones diabólicas de rebelaros y desobedecer a vuestros padres; «protegidas las vísceras por un cinturón de verdad, y acorazados con vuestra corrección. Calzados también vuestros pies en una predisposición hacia el evangelio de la paz. Levantando contra todo el escudo de la fidelidad, con la cual seréis capaces de apagar todas las flechas de fuego del maligno. Y coged el casco de la salvación, junto con la espada del espíritu (o sea la palabra de Dios), orando en el espíritu en cada situación, con toda clase de oraciones y peticiones».

¡Para un cambio dramático de actitudes y comportamientos, harán falta armas espirituales de las más poderosas! Los cambios de actitudes y hábitos acumulados en toda una vida no son cosa fácil contra que luchar.

Y ahora, con estas armas encima, veo dos pasos prácticos que andar, que pueden encaminarnos hacia el «obedecer y honrar a nuestros padres en el Señor».

Arrepentimiento. El primer paso es el del arrepentimiento. El arrepentimiento en esta situación involucra un reconocimiento de dos cosas: En primer lugar, es necesario reconocer que la actitud y el comportamiento anterior, la relación total que había entre hijo y padres, era un error. Estaba mal. Era hora que cambiase. Y en segundo lugar, es necesario reconocer que por lo menos una parte de la responsabilidad por la imperfección de las relaciones con los padres es del hijo. Un gran factor es culpa suya. ¡Qué fácil es echarle la culpa a los padres cuando hay desavenencias en el hogar! Pero tú, hijo, también tienes la culpa. Arrepentirte significa reconocer esa culpa tuya.

Arrepentirse significa, en primer lugar, cambiar de actitud. Esto es tan sencillo que a veces nos cuesta muchísimo entenderlo: ¡para cambiar de actitud hace falta cambiar de actitud! Si antes la actitud era de falta de respeto, de rebelión, de contrariedad y enfado por las prohibiciones paternas, ahora será una de respeto, subordinación y alegría al aceptar el orden que debe imperar en el hogar.

Este cambio de actitud debe ir acompañado, en segundo lugar, por un cambio de comportamiento. ¡De nada valdría haber abandonado actitudes rebeldes, irrespetuosas, insubordinadas, si el comportamiento sigue siendo el mismo comportamiento rebelde de siempre!

Reconciliación. El segundo paso es el de la reconciliación. La reconciliación involucra, en primer lugar, pedir perdón. Perdón por actos específicos de desobediencia. Perdón por actitudes irrespetuosas y rebeldes. En algunos casos, tristemente, habrá que pedir perdón a los padres por un daño muchísimo más profundo y terrible que se les puede haber ocasionado: el daño de haberles dado un mal testimonio de lo que significa seguir a Cristo. El daño de haberles hecho rechazar un cristianismo comprometido, porque en él no han visto otra cosa que una justificación, por parte de su hijo, para vivir una vida desordenada, de desobediencia. «Si ser un cristiano comprometido significa tratar a tus padres como tú me tratas a mí, no quiero saber nada del asunto». ¡Qué situación triste. «¡Padre! ¡Madre! ¡Perdonadme si por mi causa habéis rechazado a Cristo!»

En segundo lugar la reconciliación involucra un compromiso. Uno se compromete a vivir, de ahora en adelante, de un modo distinto. Es necesario que los padres oigan del hijo cristiano no solamente el arrepentimiento, el pedir perdón por el pasado, sino también el compromiso a un futuro distinto. Hace falta la promesa, verbal y específica, de tener para con ellos una actitud y un comportamiento distinto en el futuro. La promesa de respeto, de sujeción y en la mayoría de los casos, de obediencia. (Una obediencia que sólo habrá de negárseles por cuestiones de conciencia, y esto dentro de un marco de subordinación y de aceptación pacífica, sin quejas, de las represalias que esa desobediencia pudiera traer.) Una obediencia que, con el correr del tiempo ellos mismos, por su propia cuenta, irán requiriendo cada vez menos al ver una nueva madurez; al ver que pueden confiar en su hijo cristiano y en sus actitudes fundamentales para con ellos.

[Dionisio Byler, 1988 Como un grano de mostaza, capítulo 16, pp. 121-129.]