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Un reglamento cristiano para
discusiones matrimoniales

La primera cosa que me gustaría decir sobre el tema de las discusiones matrimoniales es que no son siempre necesariamente negativas. Esto es importante decirlo, porque en cualquier matrimonio han de surgir discusiones, y a veces discusiones bastante acaloradas. Cada persona tiene su perspectiva personal acerca de las cosas. No hay dos personas que vean las cosas de manera idéntica. Nuestra formación, las experiencias de nuestra infancia, nuestros complejos y necesidades son únicos. Entonces, cuando dos personas se encuentran comprometidas a un destino compartido, a una convivencia diaria de larga duración es perfectamente normal, y no tiene nada de subcristiano, que haya discusiones.

Estas discusiones pueden tener dos tipos de desenlace. Es posible que una discusión matrimonial contribuya a la inseguridad de cada persona. Que alguno de los cónyuges (el «perdedor») se sienta incomprendido, marginado de la capacidad de influir en una decisión, avasallado en su persona. Que dude de la sinceridad del amor y del compromiso, de la entrega total de su cónyuge. Una discusión que acaba así evidentemente es negativa y desafortunada. Pueden necesitarse largas semanas para restablecer el gozo, la confianza y la armonía. En el peor de los casos, ésta discusión será seguida a breve plazo por otra de igual especie, que aportará a su vez otro poco a la creciente distanciación entre marido y mujer.

Pero este desenlace no es obligatorio.

Una discusión puede acabar en mayor unidad, armonía y comprensión entre los cónyuges. En una discusión podemos llegar a ventilar cosas que hacía falta decir, podemos descubrir que junto con los detalles que nos sacan de quicio hay una inmensidad de comunión e identidad compartida. Podemos descubrir una idea nueva, un enfoque distinto, contra el que estábamos tan cerrados que hizo falta un enfrentamiento para que nos entrara. Algunas parejas reciben un fuerte estímulo erótico en el proceso discusión/reconciliación: ¡Recuerdo la esposa de un pastor evangélico que nos comentó a mi esposa y a mí que le gustaban las discusiones con su marido porque frecuentemente la pasión de la ira se les transformaba en pasión amorosa! Si el efecto final de una discusión es el acercamiento mayor entre los cónyuges, una comprensión mayor de las necesidades mutuas, un aumento de armonía… ¡bendita discusión!

Los cristianos tenemos que aprender a discutir en Cristo. Decir «discutir en Cristo» es decir que toda nuestra vida ha de ser vivida en Cristo, en una comunión constante con Dios, buscando la verdad y la guía del Espíritu. No podemos darnos el lujo, precisamente en un momento de tensión y de inseguridad emocional, de apartarnos de él. Si estamos en Cristo cultivaremos, hasta en medio de una discusión matrimonial, el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gál. 5.22,23). Si estamos en Cristo recordaremos el consejo de Pablo en Efesios 4.29: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». Y por último, si estamos en Cristo mantendremos una sensibilidad al Espíritu, que le permitirá ayudarnos a recuperar perspectiva (precisamente cuando hemos perdido la paciencia, el gozo, el dominio propio, cuando han salido de nuestra boca palabras corrompidas que han destruido en lugar de edificar) y seremos capaces, en Cristo, de humillarnos, de pedir perdón, de perdonar y aceptar.

Habiendo expresado estos conceptos preliminares, quisiera indicar cuatro factores que creo que pueden ayudar a que nuestras discusiones matrimoniales sean de las positivas, de las que acaban profundizando nuestro compromiso y comprensión mutua. Que sean de las que se celebran en Cristo, para edificación mutua.

1. Es necesario reconocer el orden de Dios para el matrimonio. El problema con mencionar el orden de Dios para el matrimonio es que los maridos generalmente piensan que, precisamente, si la mujer lo tuviera en mente no habría discusión. Porque se sometería a lo que el marido opina. Bueno, esa es una perspectiva interesante y es posible que la esposa debería pensar más frecuentemente en ese plan. También es cierto que si vamos a estar hablando de la sujeción de la esposa hay que hablar simultáneamente del amor del marido, y entonces las cosas se pueden poner menos cómodas para el marido. Por mucho que me esfuerce, en todos mis años de matrimonio nunca he logrado notar, en la práctica, alguna diferencia digna de mencionar entre el amor que según el apóstol yo le debo a mi mujer y la sumisión que ella me debe a mí. Ella me demuestra su sumisión teniendo en cuenta mis opiniones, deseos y necesidades… ¡y yo le demuestro mi amor teniendo en cuenta las suyas!

Como si esto fuera poco, aunque yo pudiera desear que en algún rincón de mi Biblia que hasta ahora no he descubierto lo ponga, la realidad es que no existe el versículo que diga: «Maridos, someted a vuestras mujeres». Pensándolo bien, el resultado de tal mandamiento no sería mucho mejor del de un supuesto mandamiento que rezara: «Mujeres, obligad a vuestros maridos a amaros». Hay cosas que están entre Dios y el individuo, y si se mete entre medio el cónyuge lo más probable es que lo estropee todo. ¡Si tu mujer no se ha enterado ya de lo de la sujeción, difícil es que tú logres hacérselo entender en medio de una discusión!

Al mencionar el orden de Dios para el matrimonio me refiero en parte al amor y la sujeción mutuos que debe imperar entre los cónyuges. Después de todo, aunque no lo ponga, es de suponer que la esposa también tiene el deber de amar a su marido. Y esto sí lo pone: que el marido también ha de someterse a su mujer. Efesios 5.21 lo expresa con bastante claridad, creo yo.

Pero más que nada al mencionar el orden de Dios me refiero al reconocimiento que ambos hemos de tener, de que hay un soberano sobre nuestro hogar, de que lo que pasa en nuestra casa tiene un testigo invisible pero real, al que hemos hecho votos de lealtad, de fidelidad a sus mandamientos. Si el marido es según Pablo «cabeza» de su mujer, también Cristo lo es del marido. La realidad es que, aunque no lo dijera en tales palabras el apóstol, Cristo es cabeza de la mujer tanto como del hombre. Si no hay otro mediador que Cristo entre Dios y los hombres, tampoco lo puede haber entre Dios y las mujeres. ¡Que si no te cuidas, acabaríamos con una teología de salvación femenina bastante rarilla! De modo que, signifique lo que signifique eso de que el marido es «cabeza» de su mujer, no puede haber duda sobre lo que significa que Cristo sea nuestra cabeza, cabeza de los dos.

Si los dos nos mantenemos firmes en nuestro propósito de agradar a Dios en todas las cosas, nuestra discusión no se saldrá de madre. Si el objetivo que los dos tenemos es glorificar a Dios con nuestro hogar… ¡probablemente lo logremos!

2. Reconocimiento de individualidad. Una cosa que puede acabar siendo muy destructiva en la relación matrimonial es la fusión o confusión de personalidades. De alguna manera llegamos a sentirnos tan compenetrados, tan identificados, que perdemos de vista la realidad de que somos dos identidades, no una.

Tú eres tú, yo soy yo. No somos la misma persona. No dejamos cada uno de existir en su individualidad por el hecho de estar casados.

Tú tienes una perspectiva muy particular de las cosas, que no es la mía. Me enamoré de ti precisamente porque eres distinto. Si hubieras pensado, sentido, sido como yo en todas las cosas, no me hubieras interesado. ¡Probablemente te hubiera odiado, porque lo que menos aguanto en otros son mis propias debilidades! No te obligaré a ser como yo, a pensar como yo, a sentir lo que yo siento. No intentaré «defenderte"»de tu propia manera de ser, ni me sentiré avergonzada por algo que hayas dicho o hecho. No tienes por qué ser fiel a mis fantasías de lo que debería ser mi cónyuge ideal. Solo tienes que ser… tú, fiel a ti mismo, fiel a tu relación con Dios, fiel, sí, a mi persona. Más que eso no puedo ni debo exigir.

Yo también soy único. Cuando intentas anular mi singularidad personal con tus exigencias me siento avasallada, me siento incomprendido, me siento sola, me siento terriblemente irritado. No permitiré que me obligues a ser como tú, a pensar como tú, a ver lo que tú ves, sentir lo que sientes. No tengo por qué ser como tú imaginas que debo ser. Me parece absurdo que pases vergüenza por algo que he hecho o dicho yo, algo que escapa a tu poder de controlar. No tengo por qué ser fiel a tus fantasías de lo que debería ser tu cónyuge ideal. Solo tengo que ser… yo, fiel a mí mismo, fiel a mi relación con Dios, fiel, sí, a tu persona. Más que eso ni puedo darte ni debes exigir.

Para mí, enfrentarme con lo «otra» que es Connie mi mujer, es siempre volver a enamorarme. Es volver a encontrarme ante el misterio, el secreto por descubrir, su feminidad maravillosa ante mi propia masculinidad harto conocida. El pensamiento enfadado: «¿Cómo es posible ser tan bestia y pensar de esa manera cuando las cosas son tan evidentes?» se transforma en curiosidad que conduce a mayor comprensión: «¿Cómo es posible pensar de esa manera cuando las cosas me hubieran parecido a mí tan evidentes?»

En pocas palabras, se trata de dejar de ofenderte ante el hecho de que él/ella no sea como tú. Se trata de sacarle partido a este misterioso «otro» con el que vives, aprovecharlo como un regalo misterioso de Dios para el enriquecimiento de tu vida.

3. Recordar la realidad entera. En las discusiones se dicen muchas medias verdades. Y las medias verdades que se dicen suelen ser muy destructoras. Normalmente, cuando la discusión sigue su desarrollo (por ejemplo cuando ya no se discute el asunto en cuestión, sino la relativa inteligencia de la otra persona, los méritos de los suegros y cuñados, etc.) no nos cuesta en absoluto dar expresión a nuestro enfado y nuestra ira. Y no nos cuesta, porque lo sentimos. Lo sentimos muy profundamente. «Estoy terriblemente enfadado contigo porque siempre que tal, tú esto». Aunque no lo digamos con palabras, con gestos y miradas sabemos expresar perfectamente nuestra rabia.

En tales circunstancias nos cuesta mucho más expresar la otra realidad. La realidad del amor. «Te amo. Tú eres la persona con la que hoy mismo volvería a casarme sin titubeos. Te admiro. Tu manera de pensar me fascina, tu personalidad me atrae». Eso, si pudiéramos ser honestos, también lo sentimos. Pero en el momento de la discusión nos cuesta una inmensidad recordarlo.

Mi madre cuenta que alguien preguntó una vez a una ancianita que celebraba con su marido sesenta años de matrimonio, si alguna vez en esos sesenta años había pensado en el divorcio. Su respuesta: «N-no… No, nunca he pensado en el divorcio. En el asesinato sí que he pensado pero en el divorcio nunca». ¡Una respuesta absolutamente maravillosa, que encierra todo lo que quisiera decir en cuanto a este punto en particular!

Creo que todos sentimos cierto grado de inseguridad en esta vida. Necesitamos que nos recuerden que nos aman. Yo no dudo del amor de Connie, pero cada vez que me dice: «Te amo» me siento un superhombre. Es terapia para mi alma. Si es cierto que nunca está de más recibir un recuerdo del amor de tu cónyuge, ¡cuánto más necesario es esto en medio de una discusión! Si en algún momento alguien duda de ese amor lo que sucede es que estamos discutiendo con nuestras palabras y gestos sobre un asunto… mientras con nuestro corazón estamos desesperadamente debatiendo otro. No nos atrevemos a decirlo y aunque lo dijéramos sería inútil… pero lo que realmente queremos saber es: «¿Me amas? ¿Me aceptas? ¿Me valoras, valoras mi opinión, mi persona, mi perspectiva única y especial sobre las cosas? ¿Te importo más yo, o salirte con la tuya?»

Una buena discusión en Cristo que tarde o temprano resulte en una mayor amistad y comprensión mutua, debería poder expresar esta segunda realidad junto con la primera. No sé si alguien alguna vez ha dicho algo así, pero no estaría mal: «Estoy terriblemente enfadado contigo. En este momento no te aguanto y me tengo que reprimir para no darte vuelta la cara de una bofetada… Y a la vez te amo; no podría vivir sin ti. Me fascinas. Te valoro más que mi vida, y aunque en este momento no logro estar de acuerdo con tu opinión, tu opinión me interesa. Necesito tu opinión aunque en este momento me haga rabiar.»

O como lo podría haber expresado tan admirablemente aquella ancianita: «En este momento te mataría, pero nunca se me ocurriría separarme de ti».

4. Aprender los límites permisibles. Hay cosas totalmente ilícitas en una discusión que pueda considerarse en Cristo. Volvemos al ya citado versículo de Efesios 4.29: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». Queremos evitar todo lo que obra destrucción en el cónyuge. Porque sabemos que el enfado acabará, la discusión llegará a su fin. La discusión es algo temporal y relativo. Pero la persona es eterna y ha sido creada a la imagen de Dios.

Hay palabras que continúan obrando su mal mucho tiempo después de haber acabado la discusión. Hay acciones cuya consecuencia es totalmente desmesurada. Cada matrimonio sabe cuales son esas cosas que destruyen fuera de proporción con cualquier cosa que se pueda estar discutiendo. Suele ser aquella debilidad que la persona más siente, aquello que más le acompleja, donde su inseguridad más se manifiesta. Puede ser el aspecto físico, puede ser la capacidad intelectual. Puede tener que ver con la familia, con el sexo, con el trabajo. Es fácil descubrir lo que hiere, lo que deja marcas profundas. Lo que debe quedar absolutamente desterrado de todas las discusiones futuras, lleguen hasta donde lleguen.

Sospecho que en la realidad la lucha caballeresca nunca habrá sido tan honrada como la pintan las novelas y películas, pero algo en ese plan tiene que existir en nuestras luchas matrimoniales. Honor. Nobleza. No sacar ventaja deshonesta. No atacar por la espalda, o lo que pudiera ser su equivalente verbal. En aquellas luchas los caballeros se jugaban la vida. Pero nosotros nos jugamos algo de mayor valor: Nuestra propia felicidad.

Dentro de este tema hay un punto que creo que debería estar en el reglamento de batalla caballeresca de cada matrimonio. Nunca, nunca se justifica la violencia. Cuando llegamos a los golpes hemos cruzado claramente la frontera de lo permisible. En un matrimonio las consecuencias de la violencia son tan terribles que me resulta difícil exagerarlas. Si tus discusiones matrimoniales llegan a los golpes necesitáis una atención pastoral personal como pareja que va más allá de la simple lectura de consejos como los presentes. No lo dudes. Busca ayuda mientras haya tiempo.

…De modo que, discutiendo en Cristo, ¡que lo paséis bien! ¡Que aprovechéis vuestras discusiones para la tarea de edificar un hogar feliz!

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza,
capítulo 18, pp. 137-145.]

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