¿Incompatibles?
Las palabras tienen un extraño poder. Cada vez estoy más convencido de ello. Y no soy el único en llegar a esta conclusión. Por algo han entrado a nuestro idioma los conceptos «bendición» y «maldición». Bendecir y maldecir no es solamente pronunciar ciertas palabras, sino que al pronunciarlas se crea una nueva realidad, inexistente hasta ese momento. Cuando vivíamos en el norte argentino, en una misión con los aborígenes de la tribu Toba, pude enterarme, si bien muy someramente, acerca de la manera que funciona entre ellos el pioxonac, o hechicero.
Tenía que ver con la insistencia que tenían los cristianos aborígenes en acudir a los pioxonac para recuperar su salud, a pesar de tener a su alcance la medicina occidental y la oración cristiana. Al investigar sobre esto, se descubrió que ellos acudían a los pioxonac porque ni la oración cristiana ni la medicina de los blancos trataba con el fondo de la cuestión de sus enfermedades. Los blancos se concentraban en los síntomas, físicos o espirituales según el caso, sin enterarse (porque no le daban importancia, al no creer en ello) del origen de esos síntomas: el maleficio de algún pioxonac contratado por un enemigo. Los hechizos y conjuros del brujo sólo podían combatirse, creían ellos, por otros hechizos y conjuros.
El poder de las palabras: Primero se paga a un hechicero para que pronuncie algunas palabras. Luego se hace correr la voz de que uno ha hecho esto. Al final no falta quien vaya a la víctima en supuesta amistad confidencial: «Oye, pensaba que deberías saber que Fulano ha ido a tal pioxonac, para que te haga caer en tal enfermedad y te mueras. Está enfadado desde que su mujer se fue contigo». Estas palabras empiezan a obrar en la mente supersticiosa. Imagina sentir los síntomas (lo cual, si venimos al caso, es lo mismo que sentirlos), pierde el apetito, etc. El resultado puede ser mortal.
Los hebreos antiguos tenían una misma palabra para decir «dicho» y «hecho». Lo pronunciado es como si hubiera acaecido.
Algo por el estilo sucede cuando en el matrimonio surge la palabra «incompatibles». Y no es que esa palabra surja por sí sola, sin que haya motivos para que se la pronuncie. Quizá llevan años de casados, y ya saben que no pueden hablar de nada, casi ni de las cosas superficiales, sin que se armen los follones. Si uno reprende a un hijo, el otro lo sale a defender. Si uno quiere ir al cine, el otro está demasiado cansado para salir; y si se ponen de acuerdo en salir, es imposible que les apetezca la misma película. Basta que uno exprese una opinión para que el otro exprese la contraria. Cuando no son esos días oscuros y rencorosos en los que pesa sobre el matrimonio el silencio enfadado, las conversaciones más inocentes se transforman en discusiones acaloradas. Se sienten atrapados en lazos neuróticos con una persona a la que no comprenden por mucho que la conozcan, y que tampoco les comprende, hiriéndoles insensiblemente en los pequeños detalles de la vida cotidiana. El pensamiento empieza a tomar forma nebulosamente en sus mentes, se va cristalizando y poco a poco les va convenciendo, hasta que un día ya no queda duda y pronuncian, como un pioxonac maléfico que recita sus hechizos diabólicos:
—Es que somos incompatibles. No nos tendríamos que haber casado.
Así, por la imprudencia de las palabras pronunciadas, puede comenzar un camino que acabe en la separación y el divorcio. Porque estas palabras pueden ser, en algunos casos, casi ciertas. Casi ciertas, porque puede ser que existan diferencias de importancia entre los cónyuges, que son fuente de problemas matrimoniales que sería deseable evitar. Casi ciertas, porque puede existir un abismo de formación cultural y educacional, de modo de ver el mundo, de opiniones y percepciones de la realidad. Puede haber, no te sorprenda, una versión completamente distinta e «incompatible» de los hechos fundamentales del pasado común, en la memoria de cada individuo. Casi ciertas, porque esas diferencias, aumentadas por el roce cotidiano destilado en las frustraciones añejas, pueden acumular un peso insoportable para el corazón humano. Hasta que la vida matrimonial parece una jaula, y el sueño juvenil se ha transformado con los años en pesadilla. Y quieres escapar de la jaula. Quieres despertar y vivir. Te quedan años de vida por delante y ¿por qué no volver a empezar?
Casi ciertas, porque no son ciertas del todo. Por mucha verdad que encierren. Porque sucede algo asombroso cuando dos personas, cuales quiera dos personas, por incompatibles que puedan ser, se casan. En el matrimonio Dios tiene para nosotros la escuela ideal, perfecta, individualmente idónea, para la formación de nuestra persona en las características que Dios aspira (y que nosotros mismos aspiramos) ver en nosotros. No importa cómo has llegado a casarte. Si ha sido mediante un noviazgo largo o corto, si conocías bien o mal a la persona con quien te casaste, si con el paso del tiempo te has llevado muchas desilusiones y pocas sorpresas de las agradables. Nada de esto importa. Desde el momento que un hombre y una mujer se casan, aunque el matrimonio hubiera sido desaconsejable, aunque no faltara quien profetizara el divorcio en seis meses… Desde el momento que un hombre y una mujer se casan, llegan a ser una sola carne y Dios reconoce la realidad de ese matrimonio y la respeta. De ahí en adelante, hasta que la muerte nos separe, Dios nos ve como matrimonio, y hace que, en las palabras de Génesis 2, seamos cada cual la «ayuda idónea» uno para el otro.
En inglés existe un refrán tan interesante como falso: Marriages are made in heaven, los matrimonios se elaboran en el cielo. No. Los matrimonios se elaboran, a veces con triste ingenuidad y estupidez, aquí en la tierra. Pero una vez elaborados, son reconocidos en el cielo, y allí se les concede una legitimidad vitalicia. Y por la realidad de Dios que puede operar en él, el matrimonio, cualquier matrimonio, puede llegar a parecer celestial.
Es posible que una pareja de novios sea «incompatible». Que todo aconseje romper la relación antes de casarse. Es posible que sea una imprudencia de locos la contracción de bodas por dos individuos en particular. Pero en la boda sucede algo inexplicable. Esos dos individuos dejan de ser «incompatibles», y serán desde ahora en adelante la persona perfecta que Dios ha puesto en la vida de su cónyuge para la formación de la imagen de Cristo en cada uno de ellos.
Dios tiene un propósito para cada una de nuestras vidas, que se propone llevar a cabo. Ese propósito es que cada uno de nosotros se parezca a su Hijo Jesús. Esto significa que todos tenemos muchas cosas en las que es necesario que cambiemos. Hay muchas cosas en nuestras vidas que en lugar de satisfacernos y traernos felicidad a nosotros y a los que nos rodean, nos hacen infelices. Pero solamente logramos cambiar cuando nuestra manera de ser y hacer nos frustra hasta el punto que estamos dispuestos a abandonar la comodidad de lo actual en favor de algo mejor. En la vida familiar, y muy especialmente en aquellas familias en las que existen problemas grandes, tenemos el medio ideal de frustración casi constante, donde podemos hallarnos motivados para alterar nuestra conducta y nuestra manera de pensar.
La gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo están con nosotros. Y la presencia constante de nuestro Señor en nuestro hogar, que lo ve todo y lo sufre todo con nosotros, nos hace capaces de aprovechar el sufrimiento, el dolor, los silencios pesados, las palabras hirientes, para aprender cómo hemos de cambiar. Y así, motivados por la frustración y habilitados por el Espíritu de Dios, progresaremos en nuestro crecimiento como personas.
Tú nunca podrás cambiar a tu cónyuge. Pero siguiendo el modelo de Jesús, podrás aprender poco a poco a satisfacer las necesidades que tu cónyuge tiene. Motivado por tu deseo de parecerte a Jesús, descubrirás que eres capaz de amar, de perdonar, de comprender y de ser sensible. Entonces, a medida que te vas transformando en la imagen de nuestro redentor, tu cónyuge hallará también la libertad desde la que también poder empezar a salir de su propio egoísmo y empezar a satisfacer las necesidades tuyas. Hasta que, con el correr del tiempo, descubráis que, casi sin daros cuenta cómo ha sucedido, os encontráis no sólo viviendo en armonía creciente, sino con el poder y la libertad para servir a otros desde el reducto santo de vuestro hogar. Esto requiere mucho tiempo. Esto requiere mucha fe. Pero con algo hay que empezar.
¿Qué te parece que empecemos por desterrar de nuestro diccionario la palabra «incompatibles»?
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 19, pp. 147-152.] |
|
|