Iglesias
Acerca de los menonitas
Agenda
El Mensajero
Lecturas breves
Textos de fondo
 

Ser padres cristianos

Cuando nació nuestra segunda hija, tenía un problema respiratorio que confundía a los médicos. Sus síntomas eran los que se esperaría de una criatura prematura que no tuviera los pulmones bien desarrollados. Pero pesaba casi cuatro kilos y no era prematura. La colocaron en una incubadora, con oxígeno, y allí la tuvieron bajo observación. Para mí fue durísimo. Yo clamaba al Señor, pidiéndole que la curara, pero pasaron uno o dos días y no había ningún cambio en ella. Yo había estado presente en el parto y la había tenido en mis brazos a pocos segundos de nacer, pero desde aquel momento no podía más que verla a través de cristales, allí solita, jadeando para vivir. Me rompía el corazón.

Al segundo o tercer día, en el descanso del trabajo volví a luchar con el Señor sobre el tema. Y descubrí algo que me aterró a la vez que me consolaba. El Señor me dijo:

—Tú te afliges porque ves sufrir a tu hija, que llevas pocas horas de conocerla, que llevas pocos meses de soñarla. Sufres porque es tu hija, porque la engendraste y la quieres. Pero yo llevo una eternidad soñándola. Desde antes de la creación del mundo yo la amé, yo soy su Padre. La concebí en mi mente mucho antes de que la concibierais vosotros en vuestros cuerpos. Es mi hija más que tuya. ¿Te atreves a confiármela a mí? ¿Te atreves a que yo, su padre desde siempre, me quede con ella en lugar de dejártela a ti?

Lloré. Supuse que el Señor me estaba preparando para enfrentarme con la realidad de que ella no viviría.

—Si, Señor. Haz lo que tú quieras —dije al fin entre sollozos. —Si muere no dudaré de tu amor para ella. Comprendo que tu amor es infinitamente mayor que el mío. ¡Que si fuese solamente igual al mío ya confiaría en ti! (Pero sé que yo ni siquiera puedo alcanzar a comprender la grandeza de tu amor por ella.) Y si vive, he comprendido que no es mía, sino tuya. Que siempre fue tuya y siempre lo será.

Decidí entonces que si vivía, mi bendición para ella sería «Yahveh es mi vida». He bendecido a cada uno de mis hijos con una bendición paternal cuando nacía, y esta es la bendición de María Roberta: «Yahveh es mi vida». Me di cuenta en ese momento que su vida, en ese instante y siempre, dependía del amor inigualable de su padre el mío.

Cuando después del trabajo fui corriendo al hospital para contarle aquella experiencia en oración a mi querida esposa, antes que pudiera decirle nada exclamó gozosa:

—¡Está bien! Ha estado conmigo un par de horas. Está perfectamente bien. Nos la podemos llevar a casa. —Se había curado en el instante en que yo se la entregué a Dios.

Todavía tengo que tragar algunos lagrimones cuando lo recuerdo.

Creo que Ana, la madre de Samuel, aprendió la misma lección (1 Sam. 1.24-28; 2.1,18,19). Ella también luchó por un hijo con Dios en oración. En su caso fue a causa de la esterilidad. Sus conversaciones con Dios en el templo eran tan desgarrantes que el sacerdote Elí pensó que estaba borracha. ¿Fue entonces cuando reconoció que los hijos son de Dios y no de sus padres? Sin duda fue en oración que descubrió la lógica de que aunque pariera un hijo, ese hijo seguiría siendo de Dios; y que no tendría nada de extraordinario dedicarle al servicio de Dios como nazareo. Aunque Ana nunca desperdició una oportunidad para demostrarle a su hijo que le seguía amando, le dejó en el templo cuando era todavía muy, muy niño, para que sirviera de paje para el sacerdote Elí.

¿Cómo acostumbras tú a ver el asunto? ¿Tienes hijos? Pero… ¿acaso los hijos se pueden tener? ¿Como se tiene una posesión, un perro, un esclavo? ¿No deberíamos más bien decir: «Soy un padre»,«Soy una madre»? No: «Tengo tres hijos», sino: «Soy padre de tres hijos». Los hijos no son nuestra posesión. Si es que ha de atribuírsele a alguien el «tener» a nuestros hijos, como los «tiene» un dueño o un amo, ese sería Dios y no nosotros. Visto así, la acción de Ana cuando trae a su pequeño recién destetado para dejarle en el templo no tiene nada de conducta aberrante. Es consecuente con la realidad de que, de todos modos, el pequeño Samuel debe su existencia a la paternidad de Dios.

Los hijos nos han sido encomendados por un tiempo breve. Y esto es frecuentemente cierto al pie de la letra. ¡Existe, sí, la mortalidad infantil! Hoy hasta esto solemos olvidar. Nos parece un sufrimiento inconcebible la pérdida de un hijo. Somos la primera generación de la humanidad que se da el lujo de suponer que todos sus hijos llegarán a adultos. No es que siempre se cumpla; pero nos parece totalmente cruel de parte de Dios que algún niño muera. Pero la realidad sigue siendo la misma: nuestro tiempo de responsabilidad sobre la vida de nuestros hijos es fugaz y breve. Aunque el hijo llegue a la madurez, su tiempo con nosotros siegue siendo relativamente corto. Es absurdo que seamos posesivos acerca de ellos. Que les sintamos «nuestros» como si fueran propiedad privada e inviolable.

Abraham sabía lo mismo. En Génesis 22 tenemos la conocida escena de su disposición a sacrificar a su hijo en un altar al Señor. Isaac había sido el hijo anhelado y esperado durante la mayor parte de su larguísima vida. Al fin, a sus cien años de edad, le había nacido Isaac. Ahora recibe la instrucción de matarle ritualmente en un sacrificio ofrecido al Dios que se lo había prometido y concedido. Dice que madrugó muy de mañana (!) para poder cumplir con el mandamiento divino. El desenlace, como sabemos, es felíz: Dios demuestra que no le interesan en realidad los sacrificios humanos, interrumpiendo la acción antes de que sea consumada. Sin embargo podemos aprender dos cosas de este incidente:

En primer lugar, es necesario que reconozcamos que no existe una posición de privilegio para un niño, basada en la relación con Dios que tengan sus padres. Los hijos de éstos también se enferman, también mueren, también a veces rechazan los valores y la fe de sus padres. No existen garantías para nuestros hijos. No son inmunes a los peligros de la vida. Tienen, sí, la inmejorable bendición de tener padres que viven en armonía y amor según los preceptos bíblicos, y que les instruyen en la fe del Señor. Pero Abraham no exigió trato especial para su hijo por ser suyo. Aceptó humildemente la condicionalidad de la vida; el hecho de que la vida de su hijo dependía no de derechos otorgados por Dios, sino de la inexplicable y a veces incomprensible misericordia de Dios.

En segundo lugar, tendremos que descubrir, como Abraham, que nuestras ambiciones acerca de lo que pueden llegar a ser nuestros hijos, han de ser sacrificadas ante el altar de Dios. ¡Cuántos años había soñado Abraham con un hijo que le heredaría! ¡Cuántas ilusiones había vertido sobre su persona! Pero no es legítimo cargar nuestros sueños e ilusiones sobre nuestros hijos. Como Abraham, debemos matar el deseo de proyectar nuestras propias ambiciones sobre las vidas de nuestros hijos. Nuestros hijos deberán soñar sus propios sueños, tener sus propias ilusiones. Más importante, nuestros hijos deberán forjar su propia vida en su propia relación con Dios, que no admite nuestra mediación. Por bien intencionada que ésta sea. Vemos en Gén. 22.15-18 que se daba el caso de que las ilusiones de Abraham coincidían con los propósitos de Dios. Lo que Abraham deseaba para su hijo no era malo. No era contrario al propósito de Dios. Pero no era de la incumbencia de Abraham el garantizar que estos propósitos se cumplieran. Si el plan es de Dios, Dios lo ejecutará. Cuando nosotros tratamos de forzarlo no hacemos más que estorbar a Dios. ¡Cuántos padres acaban impidiendo que sus hijos acepten la voluntad de Dios por insistir con ellos hasta aburrirles!

Si el párrafo de Salmo 139.11-18 tiene aplicación universal (y yo creo que lo tiene) hemos de suponer que cada ser humano es objeto de una atención muy personal de parte de Dios. Desde antes de nuestro nacimiento Dios nos ama. El puede llegar donde ningún padre biológico puede llegar: al conocimiento, la comprensión, el perdón y el amor en cada uno de los secretos del individuo. Si esto es así en general, lo es también en particular en el caso de cada uno de nuestros hijos. Esto quiere decir que Dios es capaz de llegar a tocar personalmente la vida de nuestros hijos.

Hay una intimidad confidencial entre Dios y nuestros hijos que es mucho más profunda e íntima que cualquier cosa a la que podríamos aspirar nosotros. Dios no necesita que estemos participando de los instantes en que a ellos les llega la comunicación divina de su gracia. Ni siquiera necesita que nos enteremos. El lo puede hacer. Solo. El Espíritu Santo es capaz de hacer la obra en ellos, así como fue capaz de hacerla con nosotros. Lo único que requiere de nosotros como padres, es que no estorbemos su proceso creando en ellos hábitos de rebeldía, sea por nuestra propia indisciplina, sea por legalismos exagerados y superficiales.

Aprender a soltar a nuestros hijos para que sin que estemos pendientes nosotros de ello puedan conocer personalmente a Dios en lo más íntimo de su persona, significa aceptar también la posibilidad de que nos rechacen. Y la posibilidad de que rechacen a nuestro Dios. No podemos garantizar resultados positivos. ¡Ni siquiera Dios lo quiso hacer así! Esto es lo que nos dice la narración bíblica acerca de la caída de Adán y Eva. La autenticidad de nuestros hijos como seres humanos requiere que tengan que poder elegir entre el bien y el mal. Sus elecciones tienen que ser elecciones verdaderas, no fingidas. Nosotros, como Dios mismo, nos estaremos con el aliento contenido, toda nuestra esperanza y nuestro amor en vilo, esperando su decisión, la decisión de ellos. Pero no podemos desear que fuera de otra forma. ¡Eso sería desearles menos que integridad total como seres humanos!

Si esto es cierto, es una necedad abrigar sentimientos de culpa si nuestros hijos no se deciden por Dios. No podemos llevar la culpa de lo que, en resumidas cuentas, estuvo fuera de nuestro control. La Biblia dice con claridad que cada uno será juzgado por su propia realidad. Los padres no tienen la culpa por el pecado de sus hijos y los hijos no la tienen por el de sus padres. ¿O acaso tuvo Dios la culpa por el pecado de Adán y Eva? ¿Acaso debía Dios haberse pasado días y años en una profunda depresión, preguntándose: «¿Qué habré hecho mal? ¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Por qué mis hijos? Seguramente si en tal ocasión yo hubiera dicho tal, entonces ellos no hubieran…»?

Veo en la relación de José con Jesús un buen ejemplo de lo que es asumir la responsabilidad verdadera de un padre cristiano.

En primer lugar José, reconociendo humildemente que se encontraba ante un proyecto de la paternidad divina, tuvo que decidir si se iba a identificar con ese proyecto divino. José se abrió a las posibilidades tremendas que encerraba el nacimiento del niño. Decidió que estaba dispuesto a correr el riesgo de participar en lo que Dios tenía para el futuro, por medio del niño que llevaba María. Podría haber elegido quedarse en la seguridad de lo conocido y rechazar al niño. En nuestro caso sucede algo parecido. Como con la relación entre José y Jesús, nuestro papel como padre o madre puede resultar de importancia crítica en el desarrollo de la personalidad del niño. Puede llegar a ser crítico para la realización de los propósitos de Dios para ese niño. ¿Estamos dispuestos a correr el riesgo, a asumir la responsabilidad de tutoría de una vida humana que puede llegar a ser de suma importancia en los planes de Dios? ¿Podemos aceptar a este hijo nuestro sabiendo que más que nuestro es de Dios? ¿Podemos aceptarle sin reservas, una vez que hemos reconocido que su vida será para la gloria de Dios y no para la nuestra?

En segundo lugar vemos en José, en su disposición a perderlo todo por proteger al niño de la ira de Herodes, un ejemplo de nuestra propia responsabilidad. Cuando estamos enterados de los peligros que pueden correr nuestros hijos, es lógico que tomemos los pasos necesarios para protegerles. ¿Qué pensaríamos de José si en lugar de haber huido a Egipto se hubiera quedado tranquilo diciendo: «Total… El chaval es hijo de Dios; que le proteja Dios». El problema es que la manera que había establecido Dios para protegerle era precisamente la de encomendarle al cuidado de un adulto, de un padre humano.

Si bien no somos más que tutores de una vida que Dios ha creado para que en su momento oportuno le reconozca a él como padre más que a nosotros, sin embargo también es cierto que nuestra responsabilidad sigue siendo grande. Si bien nuestro tiempo de responsabilidad no es muy largo (no suele rebasar mucho los veinte años; muchas veces son bastante menos que veinte), sin embargo, por lo que dure ese tiempo, nuestra responsabilidad sigue siendo ineludible:

Amarles incondicionalmente y hacer todo lo que es posible (no menos, pero tampoco más de lo que realmente es posible) para que el hijo crezca y se desarrolle (1) con salud, (2) con un mínimo de traumas y neurosis, y (3) observando en el ejemplo de sus padres que seguir a Dios con integridad y compromiso es una feliz posibilidad para el ser humano.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 20, pp. 153-160.]