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¿Laberintos? ¡No, gracias!

Hay quienes imaginan la voluntad perfecta de Dios para nuestras vidas como un inmenso laberinto. Cuando naces te colocan en el centro, y tu vida consiste en andar por los pasillos y las puertas del laberinto, teniendo siempre que avanzar, imposibilitado el retroceso porque el paso del tiempo hace imposible volver a circunstancias anteriores… Y condenado a tratar de encontrar la salida del laberinto. Y esa es «la voluntad perfecta de Dios». Si nunca te equivocas, si nunca te vas por un pasillo desacertado ni atraviesas el umbral de la puerta que no conduce a ningún lado… Si tienes esa suerte, llegas al fin a esa voluntad «perfecta» de Dios.

Pero, ¡ay del que se llega a equivocar alguna vez! Igual podrá estar, con un poco de suerte y el arrepentimiento indicado, dentro de la voluntad de Dios. O hasta en la voluntad muy buena de Dios. Pero nunca podrá estar en esa maravilla que es la voluntad «perfecta» de Dios, que es todo el bien, toda la gracia, todas las bendiciones que Dios hubiera querido hacerte llegar de no haber sido tú tan tonto.

La voluntad perfecta es deslumbrante: Es la vocación laboral única y perfectamente satisfactoria para ti. Es la mujer o el marido único en la raza humana con quien podrás ser enteramente feliz. Es la elección perfecta del lugar donde has de vivir, los objetos que vas a comprar, las actividades que vas a desarrollar en toda tu vida, para una armonía y felicidad divinamente otorgadas.

Pues bien. Yo no creo en el laberinto. No creo en el laberinto de la voluntad divina, por lo que creo acerca de Dios.

El laberinto sería un juego. Y no creo que Dios juegue con nosotros. Dios, habiéndonos creado «a su imagen y semejanza», nos toma muy en serio.

El laberinto sería un capricho. Y no creo que Dios sea caprichoso con nosotros. No es como los dioses de los paganos de antaño, cuyas acciones estaban gobernadas por antojos y caprichos inexplicables, carentes de propósito y lógica. Antojos caprichosos que, por innecesarios y arbitrarios que fueran, muchas veces determinaban, creían ellos, la vida y la muerte de miles de sus adeptos. No. Dios no es un caprichoso. Dios se gobierna según sus propósitos eternos, invariables y firmes. La voluntad de Dios no es antojadiza. Su voluntad es una desde antes de la fundación del Universo.

Y si el laberinto no fuera un juego o un capricho divino, entonces tendría que ser un castigo. ¿Acaso se te ocurre peor castigo que el de abandonar a un pobre hombre en medio de un laberinto, con su felicidad vitalicia y hasta la misma vida en juego, a ver si con un poco de suerte logra escapar? Es cosa de pesadillas y digna del peor crimen. Pero Dios no castiga al inocente. Y si al comienzo de la vida no te has equivocado, porque todavía no has actuado en absoluto, ¿entonces por qué castigarte con el laberinto? El Dios de la Biblia no castiga al inocente, preparándole una trampa injusta.

Si la voluntad «perfecta» de Dios es como un laberinto, entonces no existen ni el perdón ni la misericordia. Pero si hay una cosa que nos ha sido ampliamente revelada en la Biblia, es la naturaleza amorosa, misericordiosa y perdonadora de nuestro Padre celestial. La naturaleza misma de Dios es una de pasar por alto los errores del hombre, cubriendo sus pecados con el manto de su perdón gratuito cuando éste da muestras vivas de arrepentimiento. Pero, ¿cuál sería la misericordia de Dios, si por un error del pasado nos fuera imposible vivir ahora de acuerdo con la voluntad de Dios? ¿Y cuál sería el perdón divino, si nos fuera imposible seguir una vida justa y acertada porque una vez nos hubiéramos equivocado? Si Dios realmente perdona, entonces su voluntad «perfecta» no puede ser como el laberinto.

La voluntad «perfecta» de Dios no puede ser como un laberinto, porque la naturaleza del laberinto, lo que hace que un laberinto sea un laberinto, es que el camino hacia la salida te sea desconocido. Y aquí está el meollo de la cuestión. Porque Dios no es un Dios de misterios y secretos. Dios no es un Dios de silencio que aguarda desde las lejanías celestiales a ver si llegamos a descubrir lo que él se ha afanado por esconder. Desde el primer hasta el último capítulo de la Biblia, Dios es un Dios que habla, que revela su verdad y su voluntad, que muestra el camino e indica todo lo necesario para encarar la vida con confianza.

De modo que el profeta podía decir sin titubeos: «Hombre; ya te ha explicado el Señor lo que constituye el bien y lo que desea ver el Señor en ti. Si: hacer lo justo y amar la bondad y andar sin presunciones junto con tu Dios» (Miq. 6.8).

Claro, que habrá oportunidades en las que no siempre nos resultará evidente cómo hacer lo justo, ni cómo manifestar nuestro amor por la bondad, para poder cumplir así con lo que Dios desea. Pero Dios no nos ha dejado solos, sino que nos ha rodeado de otros hijos suyos que nos pueden ayudar a discernir la justicia y la bondad en situaciones específicas. Por eso debemos andar humildemente delante de Dios. No debemos presumirnos los únicos dotados del conocimiento de la voluntad de Dios. ¡Cuántas veces nos evitaríamos problemas si fuésemos menos presumidos y buscáramos en la opinión de nuestros hermanos la confirmación de nuestro propio sentir! Ellos también tienen el Espíritu Santo. ¡Qué precioso es contar con ellos en la hora de la decisión!

Por eso no hablaban de laberinto los primeros cristianos. Vemos en el libro de los Hechos, que ellos describían al cristianismo como «el camino», o «este camino». No era un sinfín de pasillos tortuosos que misteriosamente escondían aquello que deseaban saber, sino que era un camino conocido, sobre el que andaban el andar de la vida con confianza.

¡Gloria a Dios por el misterio de su voluntad ya revelado! ¡Gloria a Dios porque ya nos ha explicado de antemano lo bueno y lo que requiere el Señor del hombre! ¡Gloria a Dios por su misma naturaleza: porque no es un Dios de esconder su voluntad sino de revelarla con la más cristalina claridad! ¡Gloria a Dios porque nos ha rodeado de hermanos en Cristo que también han visto su voluntad!

De modo que: Hagamos lo justo. Amemos la bondad. Andemos el andar de la vida junto con Dios en humildad, dispuestos a oír el consejo de nuestros hermanos. Y cumplamos así la perfección de la voluntad de Dios.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 21, pp. 163-166.]