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¿Adónde vas?

A veces tendríamos que pasar un poco de vergüenza ante Dios.

Es que más de una vez se nos ocurre pedir lo que ya tenemos. Por ejemplo: tenemos por delante una decisión importante, y queremos obrar según la voluntad de Dios. Sí, queremos obrar según la voluntad de Dios porque le amamos, porque le hemos entregado nuestra vida, porque, en fin, sabemos que sus caminos son perfectos mientras que los nuestros nos conducen al mal y a la tristeza. Entonces nos ponemos a orar:

—¡Oh Dios, muéstrame tus caminos! ¡Enséñame lo que debo hacer! Temo equivocarme. Temo apartarme de tu voluntad. Temo descarrilarme para siempre de tu voluntad «perfecta». ¡Oh, Padre! ¿Qué debo hacer? ¿qué alternativa debo escoger? ¡Apiádate de mí! Etc., etc.

Nos sentimos como un hombre abandonado en medio de un lugar completamente despoblado. Le han traído ahí en un helicóptero. Le han dado un mapa y una brújula. Le han indicado en su mapa el punto donde se halla. Luego, con un rugido del motor, el helicóptero se eleva y en pocos instantes desaparece en el horizonte.

¿Qué es la primera cosa que debería hacer este individuo? No, de nada le serviría echar a andar de inmediato. Sería angustioso. Andaría al azar, internándose cada vez más en aquel paraje tan solitario y desconocido. Sin duda encontraría aventuras, cosas interesantes, y quizá algún día llegaría a algún sitio donde le gustaría vivir. Pero, ¿cómo sabría si realmente se estaba dirigiendo hacia el mejor lugar? Cada decisión sería un dilema: «Yo quiero ir al lugar que más me convenga, el lugar más indicado para mí. ¿En qué dirección iré? ¿Iré por este valle o por aquel otro? ¿Cruzaré este río, o lo seguiré aguas abajo… o aguas arriba? ¿Cómo decidirlo?»

No. Antes de echar a andar, lo que más le conviene es estudiar ese mapa que con tanta amabilidad le han dejado entre sus manos, y decidir en base a la información que el mapa la brinda, hacia dónde quiere dirigirse. En lugar de andar errante, temiendo nunca hallar el mejor lugar para su vida, puede proponerse un destino. Puede decidir: «En esta dirección está la Ciudad Tal, o la Provincia Cual, donde viven mis familiares y amigos, donde me espera mi novia, donde me recibirán con cariño, donde seré feliz. Entonces, lo que me conviene es dirigirme primero hacia el norte, siguiendo este valle que me queda aquí a la izquierda.»

Mientras no tiene un destino, este hombre está irremediablemente perdido, aunque sepa donde se halla. Sólo cuando sabe a dónde va puede andar con confianza.

Cuando los cristianos nos encontramos ante la necesidad de tomar decisiones en nuestro andar por la vida, es indispensable que tengamos en cuenta nuestro destino. Por eso digo que a veces deberíamos pasar vergüenza ante Dios. ¡Tanto que le rogamos que nos guíe, que nos indique cómo debemos obrar, cuando si consideráramos con la mente un poco más despejada hacia dónde nos dirigimos, la respuesta a nuestra incógnita nos resultaría evidente!

Como aquel hombre en el desierto cuando ya ha decidido su destino. Ya no cavila temeroso ante la necesidad de decidir si cruzar el río o atravesar un valle. Quien conoce su destino como persona y como cristiano puede enfrentar las decisiones de la vida con calma y seguridad. «¿Este valle me conduce hacia la meta? Pues bien, entonces andaré por él. ¿Aquel río me desviaría si lo siguiera? ¡Hala; a cruzarlo!»

¿Cuál es nuestra meta, entonces? ¿En base a qué destino hemos de decidir?

¡Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con bendición espiritual total en lo tocante a los cielos, por medio de Cristo! Fue de ese modo como nos eligió en él antes de la creación del Universo, para que fuésemos santos y sin culpa en su opinión. Por causa de su amor ya nos había destinado de antemano para que fuésemos adoptados como hijos por medio de Jesucristo. Esto era lo que él deseaba porque le parecía bien. ¡Sea alabada la gloria de su bondad que nos ha dado tan generosamente por medio del Amado! En éste tenemos el rescate, por medio de su sangre, o sea la corrección por los pasos en falso, conforme a la riqueza de su bondad. Hizo abundar su bondad en nosotros colmándonos de toda sabiduría y perspicacia, dándonos a entender lo más íntimo de sus deseos que había elaborado interiormente según su parecer: De acuerdo con el ordenamiento del cumplimiento de los tiempos, se trataba de colocar a Cristo a la cabeza de todas las cosas, ya sea las celestiales como las terrenales. En él también está nuestro destino, habiendo quedado fijado éste de antemano, de acuerdo con el propósito de llevar a cabo todas las cosas según el deseo de su voluntad. Esto es para que seamos nosotros motivo de alabanza de su gloria. (Efesios 1.3-12a)

En base a este párrafo del apóstol, podemos formular una respuesta relativamente sencilla al interrogante que nos habíamos planteado.

Existimos para: (1) ser santos y sin culpa en nuestro vivir delante de Dios; (2) para integrar la familia de Dios como hijos suyos y hermanos de sus otros hijos; (3) para tener a Cristo como nuestra cabeza, de acuerdo con el plan divino de que todas las cosas estén sujetas a su persona; (4) nuestro destino eternamente incambiable está resumido en la persona de Cristo, nuestro salvador, maestro y modelo de vida; (5) debemos ser motivo de alabanza de la gloria de Dios.

Llegamos entonces a una encrucijada, a un momento decisivo en el desierto desconocido de la vida. ¿Qué hacer? ¿Por dónde andar? Es sencillo: saco el mapa y lo estudio. «Estoy aquí y quiero llegar allá. A ver lo que me conviene en este momento».

Te haces una serie de preguntas: Cuál de las alternativas que se me presentan conlleva la mayor santidad y falta de culpa delante de Dios? ¿Qué elección demuestra con mayor claridad mi condición como miembro de una familia de hermanos que se aman, ayudan, aconsejan y someten unos a otros? ¿Qué opción demuestra con mayor claridad que Cristo es en efecto, sin pegas, el Señor de mi vida? ¿Cuál da a entender con mayor fuerza que identifico mi propio destino con el de Cristo; cuál indica que es él en realidad mi salvador, maestro y modelo de vida? ¿Cuál resultará en mayor alabanza de la gloria de Dios; tanto mi propia alabanza como la de los que observan mi vida?

—Pues nada. Visto todo esto, me queda claro que lo que debo hacer en este momento es…

Claro. Igual vamos a orar y pedirle a Dios su dirección. Así como también igual vamos a escuchar el consejo de nuestros hermanos en Cristo. Pero lo haremos con confianza, sabiendo hacia dónde vamos, y no con la desesperación del que se halla perdido, desconocedor del destino que le conviene.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 22, pp. 167-171.]