¿Con cuál me quedo?
—Yo quiero lo mejor para mi vida. Si, lo mejor. ¿Por qué me voy a conformar con menos? Es más: sé bien como hallar lo mejor. Lo mejor de todo, lo mejor concebible que me pueda pasar o que pueda hacer, es vivir de acuerdo con lo que Dios quiere de mí en cada momento.
—¡Vaya! ¡Entonces sí que estás bien! Quieres lo mejor y sabes como conseguirlo. Pero dime: ¿en ese caso cómo se explica esa expresión de mal humor que llevas en la cara?
—Porque hay una pega.
—Una pega.
—Efectivamente, una pega. ¿Cómo hago para saber qué es lo que quiere Dios?
—¡Sencillo, hombre! Ya te lo digo. Tienes que saber cuál es tu meta personal, tu destino hacia el que se orienta toda tu vida. Tú eres cristiano; bien. Para vivir como cristiano dentro de la voluntad de Dios eliges la alternativa en la que vives en mayor santidad, alabanza de Dios, sujeción al señorío de Cristo, aceptando humildemente el consejo de tus hermanos en Cristo. Es como si fueras un hombre en el desierto sin…
—¡Ya, ya! ¡Yo también leí el capítulo anterior!
—¡Y bueno! ¿Y entonces?
—Te cuento el caso. Pero secreto, ¿eh? Ni una palabra a nadie. Es que no sé con cuál quedarme.
—¿Con cuál qué?
—Si con Pili o Ana. Las dos están locas por mí y voy a tener que decidirme.
—¡Vaya problema! Es para llorar, ¿no? ¿Por eso tienes esa cara de sufrimiento? ¡Oye! Te cambio de problema. ¿Quieres?
—Ya sabía que te ibas a burlar, pero voy a tener que tomar una decisión…
—Pili es más guapa.
—¡Seriedad! ¿Me entiendes o no? Por más vueltas que le dé al asunto, todo me parece igual. Me pregunto: «¿Con cuál de ellas podría vivir en mayor santidad y sin culpa delante de Dios?» Pues… las dos son cristianas, aman a Dios y quieren vivir en la justicia de su reino. «¿Con cuál de ellas viviría plenamente mi condición de hijo de Dios, hermano de sus otros hijos?» Bueno… con cualquiera de ellas da lo mismo en esto también. ¿Cómo va a afectar mi condición de hijo de Dios elegir a una u otra, a no ser que hubiera algún pecado de por medio? «¿Con cuál de ellas viviría dando evidencias del Señorío de Cristo sobre mi vida?» ¡Yo qué sé! Si Cristo me indicara su señorío diciéndome con cuál quedarme, ya lo sabría. Pero a falta de ello, Pili o Ana… da igual. Con cualquiera de ellas cumplo lo que requiere Dios de mí para llevar a cabo su voluntad general para mi vida. Pero tengo que elegir, dentro de dos alternativas que caben dentro de esa voluntad general, una chica que sea la voluntad particular de Dios para este caso. Tengo que elegir.
—¡Ah!
—¿«¡Ah!» qué?
—No. Iba a decir: «¿Y si te quedaras con las dos?»
—¡Calla, tonto! Eso no es todo. Calculo que para poder elegir bien tendría que saber el futuro. Sabiendo el futuro podría saber: «Con ésta veo que con el correr de los años seguiría más fielmente el destino que ha marcado Dios para mí. Con ésta me doy cuenta que a la larga Dios no sería glorificado de la misma manera en mi vida!» Etcétera. Pero a falta de conocimiento del futuro ¿cómo voy a elegir lo que mejor corresponde a mi meta cristiana para la vida? O sea, ¿cómo sabré lo que realmente es la voluntad de Dios para mi vida en este caso?
—Bueno… Por lo que sabes de Dios, ¿acaso te exigiría él saber algo que te es imposible saber?
—No.
—Entonces queda descartada la necesidad de saber el futuro. ¿No te parece? Dios solamente requiere que hagas uso de los criterios que tienes a tu alcance. No te va a castigar en el futuro por una ignorancia actual, por la que no eres responsable. Si por rebeldía eligieras mal sería una cosa. O si por no prestar atención a las indicaciones sutiles que el Espíritu Santo te pueda estar queriendo mostrar. Lo cual en fin también sería rebeldía. Pero si tú con honestidad e integridad te propones hacer lo que Dios quiere, más que eso no puede exigirte Dios. Elige con confianza, que aquello que habrás elegido será la voluntad de Dios.
—¿Así, sin más?
—Supongamos que vamos de camino, y nos encontramos con una montaña por delante. Para llegar al otro lado hay tres caminos, cada uno de los cuales llegan al mismo sitio. Si lo que te interesa es llegar a ese punto al que se dirigen los tres caminos, no importa por cual de ellos vas, ¿verdad? Porque todos van al mismo sitio. Llega una persona que le gusta el montañismo. Ve que un camino le lleva a ascender la montaña. Dice: «¡Gracias, Dios! Me has dado un camino que además de llevarme a donde quiero, a la vez me lleva practicando el montañismo. ¡Qué bueno eres, Dios! Hasta del más mínimo detalle te encargas, para hacerme feliz.» Llega un segundo viajante. Ve el camino a la izquierda y se queda admirado: «¡Gloria a Dios! ¡Que caminito más hermoso! ¡Qué paisajes emocionantes! Señor, te agradezco porque conociendo mi espíritu romántico y poético has puesto tanta belleza delante de mí.» Y sin titubear, va hacia la izquierda. Viene al fin un tercer viajero. Ni siquiera se molesta en examinar las alternativas. Sin disminuir la velocidad vira hacia la derecha y prosigue veloz por la autopista que allí se encuentra, diciendo: «¡Aleluya! ¡Qué bien me conoces, Padre! Tú sabes lo práctico que soy yo. Tú sabes que me sería angustioso tener que escalar montañas y vagar por senderos en los que tuviera que perder tiempo. ¡Gracias, Dios!»
—¿O sea que en definitiva vamos a elegir según quiénes somos, y cómo es nuestra personalidad, en aquellos casos en los que todas las alternativas conducen a la misma meta: la santidad, la alabanza y la sujeción humilde al Señorío de Cristo?
—Así pienso. En tu caso, en el que hay tal igualdad de condiciones morales y espirituales entre una y otra, tú te quedas con Pili por ser más guapa, y nada.
—Me quedo con Ana.
—¿Por?
—Hombre… Hay cosas imposibles de explicar!
—¡Pillo! Con que estás enamorado, ¿eh?
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 23, pp. 173-176.] |
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