¡Creo en tu cara!
¿Te has sentido alguna vez como Moisés?
No como Moisés cuando descendía resplandeciente con aquellas tablas divinamente inscritas. Ni como cuando sintió ese poder asombroso al levantar su vara y ver que se separaban las aguas del Mar Rojo. Ni como cuando se enfadó por la idolatría de los israelitas e hizo masacrar a un buen número de ellos.
Sino como Moisés cuando se enteró que el Señor no pensaba acompañar más al pueblo que había sacado de Egipto. ¿Te imaginas las emociones que le habrán sobrecogido?: «Y ahora, ¿qué hago? ¿Cómo voy a conducir a este pueblo hasta la tierra prometida si el Señor no nos acompaña? Si Dios nos abandona aquí, en pleno desierto, ¿cómo podremos avanzar?» ¿Te imaginas el terror de tener que enfrentar la vida sin Dios?
Moisés no aceptó el plan de Dios de separarse del campamento. (Aunque Dios había tomado esa determinación sabiendo que dada su propia santidad y la naturaleza rebelde y porfiada de los israelitas, iba a terminar matando a muchísimos de éstos si seguían juntos.) Aún conociendo el riesgo que significaría la continuación de la compañía del Señor, Moisés insiste en que el Señor les acompañara como lo había hecho hasta el momento.
—De aquí no nos movemos a no ser que sea contigo.
¿Le has dicho algo semejante al Señor alguna vez? Recuerdas las veces que te pareció tan claro que Dios te guiaba. Te había conmovido hasta las mismas lágrimas la presencia consoladora, constante e impulsadora de su Espíritu. Ves, con la vista de lo que ahora sabes, que Dios fue tremendamente fiel y sabio, obrando con inefable amor, al traerte hasta este punto de tu vida. Pero el futuro parece aguardar incertidumbres desconcertantes, y pareciera que ahora el Señor está lejos.
Hay cosas que no te son claras en absoluto. Hay que tomar decisiones; muchas veces decisiones críticas para tu vida. Oras pero no sientes nada. Añoras esas experiencias tremendas del pasado en las que, como la nube de día y el fuego de noche que señalaban la presencia de Dios en el campamento de los hebreos en el desierto, parecías poder contar con la guía visible de Dios. Y no quieres equivocarte. Sinceramente deseas hacer la voluntad de Dios. Sabes que sin él puedes andar errante toda la vida por el desierto de la vida sin llegar nunca a la tierra prometida. Y exiges, como Moisés:
—Si tú no me acompañas, no doy ni un paso.
Dios, siendo tan comprensivo como es, comprende el pedido de Moisés:
—Vale, vale. Iré con vosotros.
Moisés vuelve a insistir:
—Pero mira que quiero ver tu gloria.
Claro: que el Señor no se vaya a hacer el invisible. «No quiero una compañía invisible. No quiero una guía divina sutil e incierta. No quiero tener que decidir yo. ¡Que todo venga ya decidido! ¡Que me venga la comunicación de la decisión divina con su propia firma y sello, escrita con palabras inconfundibles sobre el membrete celestial. Quiero saber siempre, milagrosamente, cómo he de obrar.»
—Quiero ver como me acompaña tu gloria.
Esta petición también se la concede el Señor a Moisés. Pero observemos de qué manera:
—Yo mismo haré pasar toda mi bondad delante de ti, y la proclamaré por el nombre de Yahveh delante de ti, y concederé mis mercedes a quien las conceda y amaré entrañablemente a quien yo quiera. —Y agregó el Señor: —Te resultará imposible ver mi cara porque no puede seguir viviendo el hombre que haya visto mi cara. […] Al pasar mi gloria te colocaré en un hueco en la roca y te protegeré con mi mano sobre ti hasta haber pasado. Entonces quitaré mi mano y me verás por atrás. Pero nadie me verá de frente. (Éxodo 33.19-23.)
Ahora bien: Hay que suponer que el que tenga espalda ha de tener cara, ¿no es verdad?
Y así queda resuelta nuestra necesidad de ver cómo nos guía el Señor en el presente:
El futuro de Dios para nosotros es algo que nos es imposible ver. Es la cara de Dios, que no podríamos continuar viviendo si la viéramos. Conocer el futuro de Dios para nuestras vidas ya no sería vida humana. Dios protege nuestra vista con la caricia de su mano sobre nuestros ojos, para que podamos seguir viviendo. Nos protege amorosamente de la posibilidad de saber nuestro futuro.
Pero el pasado de Dios en nuestras vidas, ¡eso sí que podemos ver! Es la espalda de Dios, en la que vemos pasar, como en una procesión, las bondades de Dios que él nos ha brindado hasta ahora. Y vemos que, efectivamente, nos ha concedido a nosotros sus mercedes y nos ha amado a nosotros con entrañable amor.
Si tu necesidad, entonces, como la de Moisés, es la de saber a ciencia cierta que Dios te acompañará, que él será tu guía, que te enseñará el camino y te ayudará a tomar las decisiones acertadas… Si esa es tu necesidad, tendrás que creer que así como hay una espalda de Dios que puedes ver, hay también una cara aunque te resulte invisible. No puedes ver el futuro de la dirección divina para tu vida de antemano. Pero sí puedes creer en ese futuro. Es necesaria tu fe. Pero esa fe no es un salto al vacío, una fe sin fundamentos. Porque el pasado de la fidelidad y bondad de Dios para contigo está delante tuyo en tu memoria. Y la memoria de esa fidelidad y bondad te han de inspirar para poder creer en su fidelidad y bondad en tus incógnitas presentes y en tu futuro imprevisible.
¿Qué haremos, entonces?
Creer en Dios y obrar con confianza. Mañana será evidente que Dios fue fiel y bondadoso hoy también, así como hoy vemos que lo fue ayer.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 24, pp. 177-180.] |
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