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Integridad y compromiso

—En la reunión esa, al ver como cantaban y bailaban en alabanza al Señor, tan contentos y felices… no sé qué me pasó. Me pareció todo tan hermoso que cuando me quise dar cuenta, ahí estaba yo también cantando a voz en cuello con los brazos elevados y llorando de alegría. Pero nunca me ha vuelto a pasar…

—Me rodearon y me tocaban todos. Algunos me tocaban los brazos o la espalda, otros tenían sus manos sobre mi cabeza. Empezaron a orar por mí al Señor. Me entró como una angustia indecible y me hallé llorando incontroladamente. Cuanto más lloraba yo, más alto oraban ellos. Un ruido tremendo. Al fin me entró una calma muy grande… me sentí como nueva. No puedo explicarlo. Sentía… sabía que Dios me amaba y me perdonaba todo. Me parecía que esos que estaban orando por mí eran la mejor gente que había conocido en mi vida. No sé cuanto tiempo habrá pasado. Al día siguiente me volví a sentir deprimida y deseé que estuvieran otra vez orando por mí. Pero estaba sola…

—No sé. Mira: orar, sí que oro. Muchas veces. Pero no pasa nada, ¿sabes? Pero llega el domingo y voy a la reunión y ya es otra cosa completamente. Estamos todos cantando que da gusto y te entran unos escalofríos de emoción. Será el Espíritu Santo, ¿no? Manolo casi siempre profetiza, ¿sabes? Pone una voz de yo qué sé qué y parece como si fuera Dios mismo hablando. Y luego, ¡hala con las canciones! Mira: es divino. Para no perdérselo, ¿no? Salgo de las reuniones hecho un héroe de la fe, capaz de cualquier cosa. ¿Y los demás días, preguntas? Bueno ya te dije. No pasa nada. Oro, pero bueno, no es lo mismo, ¿no?

—Es como salir del cine. De repente: ¡paf!, estás en la realidad. Es de noche y estás en la calle y llueve… y se acabó la ilusión creada por la película. Y mañana te esperan los mismos problemas de siempre. Lo has pasado muy bien en la reunión, no lo niego. Pero a veces, el día después… Especialmente el día después de haberme emocionado mucho… El día después de la reunión me entra como un asco, una vergüenza, yo qué sé. Lo paso fatal. Me entran unas dudas terribles. No te imaginas como me como el coco con eso.

¿Alguna vez te sentiste como alguna de estas personas? ¿Conoces a alguien que se haya expresado de una manera semejante a esta? Estas confesiones son imaginarias, pero describen un problema muy real en cierto tipo de grupos cristianos.

Estamos describiendo una experiencia no tan insólita: La de caer bajo una potente influencia espiritual o psicológica, al estar en un grupo, que conduce a sentirse y expresarse de una manera muy superior a la que está al alcance de la fe propia. Esto puede tener consecuencias positivas y también las puede tener negativas. Positivamente, una experiencia espiritual que nos proyecta más allá de lo que antes hubiéramos vivido en nuestra aceptación total emocional del amor de Dios puede llamarnos a una vida de oración más intensa. Vemos que Dios puede dejar de ser un concepto algo frío y distante, y llegarse a sentir su presencia de una manera transformadora. Por ejemplo, una experiencia de hablar en lenguas en el contexto de la oración en grupo puede, en tal caso, cambiar toda nuestra vida devocional hasta que orar en lenguas llegue a constituir un elemento normal de nuestras oraciones personales diarias.

Pero existe también un peligro.

Muchas veces, nuestras profundas experiencias emocionales en grupo pueden ser poco más que un «contagio» de la fe o la excitación emocional de los que nos rodean. Me encuentro en un grupo de gente que empieza a comportarse y hablar como locos, como exaltados fanáticos religiosos: «¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!», y cosas por el estilo. Esa manera de expresarse, ese comportamiento extraño, no puede más que hacerme sentir un poco raro. Por un lado puedo rechazarlo todo como locura colectiva. Por el otro lado, si son mis amigos o si yo quisiera que fueran mis amigos, me puedo sentir muy presionado a comportarme como ellos para ganarme su aceptación y dejar de sentirme solitario y diferente. Llego a sentirme convencido y a repetir lo que ellos dicen.

Esta presión psicológica de contagio puede verse incrementada cuando hay una persona muy fuerte que dirige el grupo (o que por lo menos dirige la alabanza del grupo). Las exhortaciones que hace, los llamados a unirnos a su exaltación mística, a dejar la tibieza espiritual, todo puede parecernos increíblemente dirigido a nosotros mismos. Como si por obra de milagro estuviera completamente compenetrado en nuestra condición espiritual. ¡Y algo de eso puede haber! También es cierto que existen personas que tienen una capacidad muy fuerte de influenciarnos a los demás en nuestras emociones y nuestros más profundos sentimientos religiosos. Entonces, ¿quién nos ha conmovido? ¿Dios? ¿O esa persona?

Vamos a suponer que fue Dios. ¡Gloria a su nombre! En este caso él ha usado a aquella persona para lograr su objetivo de acercarse a mi muy personalmente. Entonces debemos reflexionar en este hecho. Porque Dios no está en el «negocio» de las emociones fuertes como objetivo en sí mismas. Al leer con atención en la Biblia descubrimos que siempre que Dios se acerca a alguien él viene con un propósito. Un propósito que podríamos expresar sencillamente como el de hacer del hombre una persona más santa, más obediente, más útil para Dios y para el prójimo. Una experiencia fuerte en una reunión, cuando ha sido Dios el origen verdadero, siempre tendrá efectos de largo alcance, visibles en la vida y conducta.

En un supuesto caso de manipulación psicológica, en el que alguien se ha dejado llevar por el dinamismo espiritual o religioso de alguna persona o grupo, sin más, es posible que el cristiano descubra que para recuperar esa sensación de la cercanía de Dios necesita volver a estar con esa misma persona o grupo. Solamente logra descubrir en sí esa «fe» y esa exaltación «espiritual» cuando se encuentra en un ambiente muy particular; a veces sólo cuando se halla bajo la influencia de una persona muy en particular.

Frecuentemente se descubre una dicotomía, una falta de acuerdo entre lo que sucede en la reunión y en el resto de la vida. Por un lado, una persona puede expresar en la reunión palabras de adoración profunda, acompañadas posiblemente de las sensaciones emocionales idóneas; palabras y emociones de congoja por su pecado, palabras y emociones de incontenible alegría por la bondad de Dios en Jesucristo, palabras de lealtad al Señor. Por el otro lado, descubre que en sus oraciones a solas nada ha cambiado. Le continúa resultando a veces imposible orar solo; otras veces ora, sí, pero "no pasa nada".

¿Qué sucede?

Sucede que, en tal caso, lo que dice y siente cuando estamos reunidos va mucho más allá de su verdadero compromiso con el Señor. Es posible contagiarse de la fe ajena; pero el compromiso tiene que ser propio. ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a seguir al Señor? Si no estoy dispuesto a seguirle cueste lo que cueste, ¿para qué tantas palabras aclamándole como «Señor»? Si me reservo algún aspecto de mi vida bajo mi propio control, ¿qué significado puede tener mi alabanza? ¿De qué me sirven mis lágrimas de arrepentimiento, mis lágrimas de alegría, si a mi emoción no acompaña una renovación de mis actitudes y de mis obras?

Si Dios es digno de ser alabado con hermosura en las reuniones, ¿acaso deja de ser digno de tal alabanza cuando estoy a solas?

El que teme que pueda estarse contagiando de la fe ajena en las reuniones, que examine su compromiso con Dios, expresado en sus oraciones y vida privada. Si llega a ver un desajuste, es necesario afianzar el compromiso. Porque, claro, el exceso de fe nunca es un problema, el único problema viene de la carencia de compromiso. Hay que aprender a orar a solas. A hablarle al Señor a solas como le hablamos en grupo. Dejar que comience a hacer cambios en toda la vida; no solamente en las reuniones. Entonces tenemos por delante la aventura más bella de la existencia: ¡la de profundizar la relación y el compromiso con el Señor nuestro Dios! ¡Qué maravilla! Profundizando la comunión con Dios en oración personal y en obediencia descubriremos nuevos panoramas de su bendición y gloria.

De modo que al venir a las reuniones, lo estaremos haciendo desde la riqueza de nuestra vida de oración personal y cotidiana. Si en privado oramos en lenguas, nuestras lenguas en reuniones serán muy legítimas (siempre que sean «decentemente y con orden» según la práctica del grupo). Si en privado el Señor nos ha enseñado a bailar, cantar en el Espíritu, llorar, etc., las manifestaciones de todo esto que se produzcan en reuniones probablemente serán igualmente genuinas. (Aunque, nuevamente, su conveniencia particular dependerá de la práctica aceptada en el grupo.) Al fin de cuentas, estaríamos haciendo al estar con Dios y los hermanos lo que siempre hacemos cuando estamos solos con Dios. Nuestra oración en grupo ha de ser una extensión, una proyección de nuestras oraciones privadas. Así serán honestas, íntegras y genuinas.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 26, pp. 187-192.]