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Recibir del Padre

En Mateo 7.7 dice Jesús: «Pedid y se os dará». Por si dudáramos de su palabra, Jesús a continuación explica que así como nosotros los padres solemos dar cosas buenas a nuestros hijos cuando nos piden, así también el Padre celestial nos da las cosas buenas que le pedimos. (En el pasaje paralelo, en Lucas 11, lo que se supone que el Padre dará a los que lo pidan es el Espíritu Santo, pero aquí en Mateo la promesa sólo tiene que ver con «cosas buenas». ¿Y quién le pediría cosas malas a Dios?)

En Lucas 18 Jesús cuenta una parábola en la que una viuda, de tanto insistir ante el juez injusto que se le haga justicia, al fin logra que éste, con tal de quitársela de encima, le conceda la justicia que busca. La conclusión a la que llega Jesús con todo esto no es que a Dios haya que insistirle mucho, como si él también fuese un juez injusto. Más bien, la cuestión es que si hasta de un juez injusto se puede lograr justicia, cuánto más la concederá Dios, siendo justo por naturaleza, a los que se la piden? «¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia», comenta Jesús.

Está claro que el asunto no es tan sencillo como nos podría parecer al escuchar estas palabras de Jesús. ¿Quién de nosotros no ha sentido que lo que pedimos a Dios muchas veces se demora en llegar? ¿A quién no le ha parecido alguna vez que Dios nunca ha concedido ni habrá de conceder lo pedido? Y no es que nuestra situación sea siempre precisamente la que describe Santiago cuando explica por qué muchas peticiones al Padre no hallan respuesta: Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?

Creo que podemos llegar a una mejor comprensión del pensamiento de Jesús sobre esto de pedir y recibir si miramos con cuidado su enseñanza de Juan 15. En este capítulo Jesús dice:

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

La primera cosa que debemos notar aquí es que el propósito de toda esta ilustración es que los discípulos de Jesús llevemos fruto. El mismo tema también inspira el párrafo siguiente. Pero aunque el propósito es que llevemos fruto, no es éste el mandamiento. Jesús no dice que debamos llevar fruto, sino que debemos permanecer en él. Aunque el objetivo es llevar fruto, nuestra obediencia radica en permanecer en él. Esto es porque el fruto que interesa sólo es posible como consecuencia normal de permanecer en él. Aquí es donde resulta útil la semejanza que traza Jesús. La rama de la vid no se preocupa por el asunto de llevar fruto. Si es que realmente está conectada a la vid, mediante la cual recibe la savia de la vida, llevará fruto como cosa normal. (Por lo menos así hará si es pámpano de una vid que ha sido limpiada. Y aquí Jesús dice que es de tal vid que él habla.) Todo esto se resume en lo siguiente: El pámpano que ha de sobrevivir ha de llevar fruto; el que no lleva fruto acaba en la hoguera. Pero la única manera de llevar fruto es la permanencia en la vid. Por lo tanto lo crítico es la permanencia en la vid, de donde procederá el llevar fruto con toda normalidad.

¿Qué es el fruto? Aquí es donde vemos la conexión con nuestro tema. Jesús dice que en base a nuestra permanencia en él, pediremos lo que queremos y nos será hecho. Y en este pedir y recibir es glorificado el Padre. El fruto que quiere ver en nosotros Jesús es la gloria que recibe Dios a raíz de que nosotros pidamos y recibamos del Padre.

La condición previa para poder pedir y recibir es nuestra permanencia en Jesús. Es ésta la clave esencial que explica la confianza con la que Jesús promete: «Pedid y se os dará». No todo el que pide recibirá, sino que es ésta una característica de aquel que permanece en Jesús. Y si permanecemos en Jesús, este «fruto» de recibir lo que pedimos no será nuestro fruto, sino el de Jesús mismo, llevado a cabo mediante nosotros. Así como las uvas son fruto de la vid y no del pámpano, por mucho que en el pámpano sean producidas. Este es el propósito: que al hallar respuesta nuestras peticiones, sea Jesús el que recibe admiración, honra y gloria.

¿Y cómo hemos de permanecer en Jesús? El párrafo siguiente al que hemos citado indica una cosa muy en particular. Es cuando amamos como él amó; cuando nuestra motivación, como la suya, es el amor; que realmente permanecemos en él. Como en el párrafo anterior el mandamiento era el de permanecer en él, ahora el mandamiento es el de permanecer en su amor: Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. . . . Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Como en el párrafo anterior el fruto de permanecer en él es pedir y recibir para la gloria del Padre, así también en éste pedir y recibir es el fruto del amor: Os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Recibir lo pedido es lo que sucede en la vida de aquel que, como Jesús, está dispuesto a dar su vida por el prójimo. Recibir lo pedido es consecuencia de estar tan compenetrado en el amor de Jesús que las motivaciones detrás de las peticiones son enteramente el bien ajeno.

Esto queda claro también en el párrafo siguiente, con el que concluye el capítulo. Aquí habla de recibir, también como Jesús, el desprecio, el odio y el sufrimiento de parte del mundo. El amor como el de Jesús resulta tan incómodo de recibir, de parte de mucha gente, que optan por tratar de destruir al que así les ama. Y contra tal persecución, por lo visto, no hay petición al Padre que valga: Es que sufrir por amor al prójimo es el sentido mismo de amar como Jesús amó. De modo que las peticiones por nuestra propia comodidad, seguridad y placer, no son las que tienen la promesa de recibir contestación. En esto las palabras de Santiago citadas anteriormente son absolutamente ciertas: Si pedimos y no recibimos, ¿no será que «pedimos mal, para gastar en nuestros deleites»?

Cuando en Lucas 18 Jesús cuenta la parábola de la viuda que con su mucha insistencia logra convencer al juez injusto, añade después de referirse a la respuesta rápida que hemos de esperar de Dios: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» La fe que quiere ver Jesús, para que pidamos y recibamos, no es la fe del autoconvencimiento, de la autosugestión. La fe bíblica es mucho más que el creer, en el sentido de estar convencido de que algo que no ha sido comprobado sea cierto. La fe bíblica es también fidelidad. Tener fe es actuar de acuerdo con lo que se cree. El que no obra conforme a lo que dice creer no tiene fe, por mucho que esté convencido intelectualmente de la verdad de lo que dice creer. El que es infiel no tiene fe. Por esto se pregunta Jesús aquí si será hallada fe en la tierra. Fe del tipo que no exige más que estar convencido de la verdad de alguna cosa nunca vista, siempre habrá en la tierra. La gente se traga cualquier cosa. Pero fe del tipo que hace que la gente esté dispuesta a dar su vida por amor al prójimo, ¡ah!, ¡esa fe sí que escasea!

Y es esa la fe que da lugar a los milagros de Dios.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza,
capítulo 28, pp. 197-202.]

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