La unidad de la Iglesia
En cierta época tuve dos experiencias algo paralelas y a la vez distintas, que me hicieron reflexionar acerca del tema de la unidad entre los cristianos. En primer lugar, un amigo me había comentado que concurría a las reuniones de cierto grupo de cristianos, de los que yo había oído hablar. Le pregunté si le parecía bien que yo fuera alguna vez, para estar con ellos y alabar juntos al Señor. Como era de suponer, su respuesta fue una invitación. De modo que fuimos juntos. Pasé un tiempo muy bueno con aquellos hermanos, un tiempo de oración, de intercesión, de alabanza, una breve enseñanza sobre la vida en comunidad cristiana, y algunos testimonios. (Entre estos últimos, me puse en pie y les agradecí el poder estar con ellos a pesar de las diferencias teológicas y de estructura eclesiástica que nos separan. Les expresé la sensación de unidad en el Espíritu que había sentido con ellos.) Me llamó la atención que oraban con fe, sintiendo acercarse la posibilidad de que algún día todos los cristianos pudieran ver resueltas las cuestiones de doctrina y orden que hoy nos dividen. Se veía que sufrían la división de la iglesia.
La segunda experiencia fue un encuentro de líderes de varias comunidades cristianas del norte de España. Allí también empezamos por la oración y la alabanza. También sentimos la presencia del Espíritu de Dios. Luego tuvimos varias largas horas de conversaciones sobre el futuro de las relaciones entre nuestras diversas comunidades, que últimamente han ido tomando posturas divergentes en cuanto a la necesidad de afiliarse con una iglesia tradicional concreta. En el transcurso de estas conversaciones pudimos sentir una vez más con claridad algunas de las cuestiones de fe y práctica que tienden a separarnos. Pero llegó un momento en el que alguien leyó la oración de Jesús, redactada en Juan 17, en la que ruega por la unidad de sus seguidores. Y una vez más notamos la fuerza viva del Espíritu de Dios que, a pesar de todo, nos unía con lazos de amor. Nos dimos cuenta que había entre nosotros algo mucho más precioso que el ecumenismo. Entre nosotros había amor. Tuvimos que arrepentirnos de nuestra pequeñez fraccionaria, y volver a beber de las fuentes del amor del Espíritu que nos había unido por encima de nuestras diferencias.
En este encuentro no se habló de la unidad de la iglesia, ni se expresó fe en que algún día todos vuelvan al amparo de una iglesia única, ni se sufrió la división de la iglesia. En esta reunión, de haber sufrido, hubiese sido en un supuesto caso de falta de reconciliación entre los hermanos amados allí presentes; y si pedimos con fe, fue para que Dios nos concediese continuar juntos en los vínculos del amor y la paz, a pesar de las divergencias doctrinales que se acrecentaban entre nosotros.
Pensemos un poco acerca de la unidad de la iglesia de Cristo.
I. "¿Está dividido Cristo?" (1 Corintios 1.13.)
El problema de las divisiones no es nuevo. Pablo ya tuvo que dirigirse al tema pocos años después de que Jesús se marchara. La pregunta que hace Pablo en 1 Corintios («¿Está dividido Cristo?») es lo que llamamos una pregunta retórica. Una pregunta cuya respuesta es evidente a todas luces. Cuando pregunta: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros?» la respuesta se supone que será: «¡Nooo!» entre risitas. Lo mismo sucede con esta otra pregunta. ¿Acaso está dividido Cristo? «Pero, ¡no! ¡Claro que no! ¡Qué pregunta tonta! ¡Qué ocurrencia cómica!»
Es imposible que Cristo esté dividido. Es cierto que le mataron, pero ni siquiera le rompieron los huesos al hacerlo. ¡Ni qué hablar de amputaciones y mutilaciones! Hoy vive, y está completo; no le falta ninguna parte. Del mismo modo la iglesia, la confraternidad de hombres y mujeres que siguen a Jesús, es indivisible. Vemos varias veces en el Nuevo Testamento la comparación de la iglesia con el cuerpo de Jesús. Siempre que se usa esa figura para describir a la iglesia, es para hacer hincapié en la indivisibilidad de la solidaridad entre los verdaderos seguidores de Jesús. De modo que cuando hablamos de «la división de la iglesia» estamos pronunciando una contradicción. La iglesia no puede estar dividida, porque Cristo no está dividido, y la iglesia es su cuerpo.
Donde sí puede haber separación y división, es entre estructuras, organizaciones y tradiciones que agrupan a los seguidores de Jesús. Algunos pertenecen a una organización que aglutina a cierto porcentaje de la iglesia; otros pertenecen a otra asociación. Pero todos conforman la una, única e indivisible iglesia de Cristo. Podemos denominarnos católicos, evangélicos, bautistas, menonitas, «hermanos», lo que quieras, pero pertenecemos todos a la iglesia de Cristo. Esto, sin pertenecer a las mismas estructuras y organizaciones, ni estar sujetos a las mismas autoridades espirituales, ni estar absolutamente de acuerdo en todo lo que creemos y practicamos. Hay una sola división, y ésta no respeta las «denominaciones»: La división entre la luz y las tinieblas, entre la obediencia y el pecado, entre el reino de Dios y «el mundo» que vive en rebeldía contra él.
II. Todos construimos la iglesia. (1 Pedro 2.4,5.)
Pedro usa otra figura corriente en el Nuevo Testamento para describir a la iglesia. La figura de un edificio (un templo) en construcción. La primera piedra, la piedra fundamental, es Jesucristo mismo. Y todos sus seguidores somos también piedras que van siendo edificadas sobre aquel fundamento. Para construir un gran edificio de piedras, una catedral gótica, digamos, es necesario tener andamios. A medida que suben las paredes, los arcos, los contrafuertes y arbotantes, suben también los andamios. Un peatón que pasa por la obra, si no se fija cuidadosamente, puede no ver más que maderas, tablas, todo un armazón desordenado que se eleva hacia las alturas. No ve más que los andamios. Pero no importa: detrás de esos andamios está la verdadera obra. Lo que se está edificando con piedra duradera; lo que va a permanecer.
Un día se vendrán abajo los andamios. La obra estará terminada. Entonces se comprobará: ¿los obreros han estado colocando bien las piedras? ¿O es que no han hecho más que construir andamios y más andamios? Los andamios no son más que andamios; no son la obra. Y sin embargo… sin ellos hubiese sido imposible edificar.
En la construcción de la iglesia de Cristo, con piedras vivas de vidas de personas que se asientan sobre Jesucristo, también necesitamos andamios. Necesitamos estructuras que organicen nuestra labor. Estructuras que aguanten el peso de las piedras hasta que queden firmemente asentadas sobre el fundamento, Jesús.
Ahora bien: En la construcción de una gran catedral de piedra, no hace falta que todos los obreros usen los mismo andamios. Los que trabajan por aquí usarán este tipo de andamio; los que trabajan por allí usarán aquel otro tipo. Los andamios incluso pueden ser absolutamente incompatibles. Este tiene tubos más gruesos que aquel; ese otro esta diseñado para una plataforma más ancha que éste. Mientras todos estén edificando el mismo edificio, no importa. ¡Sería ridículo que un grupo de obreros se obsesionara tanto con la calidad de sus propios andamios, que se olvidaran de edificar con piedras y se dedicaran a tratar de obligar a todos los demás a construir andamios como los suyos!
La diversidad en los andamios no significa que haya más que un edificio en construcción. Del mismo modo, la gran diversidad de estructuras, denominaciones, autoridades espirituales, y modos de organizarse los cristianos, no significa que haya más que una iglesia en construcción. Cuando algún bautista, adventista o católico está construyendo con piedras vivas (hombres y mujeres entregados de lleno a Dios) sobre la piedra fundamental (Jesucristo), ¡estamos construyendo la misma iglesia! Por más que tengamos diferencias fundamentales y a veces incompatibles en la doctrina y en las estructuras eclesiásticas de las que nos servimos para esa tarea.(1)
III. La oración de Jesús. (Juan 17.21)
… para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
1. Jesús no oró en vano. Él, que prometió que todo lo que pidiéramos nos sería concedido, es imposible que haya pedido algo que el Padre no concediese. Él, que estaba en perfecta comunión con el Padre; él, que cuando resucitó a Lázaro dijo al Padre: «¡Yo sabía que siempre me oyes» (Juan 11.42); él, que es imposible que haya pedido algo contrario a la voluntad de Dios, pidió, y debemos creer que el Padre lo hizo así. Entonces, si donde Jesús pidió y el Padre obró la unidad, nosotros vemos división, el problema reside en nosotros mismos, más que en una realidad objetiva. El problema puede estar en que supongamos que esa unidad ha de tener una serie de características que en la concepción divina no le son indispensables. Por ejemplo, podemos suponer que si los cristianos realmente están unidos responderán a una única autoridad eclesiástica. Pero los hechos dan el mientes a tal suposición: Jesús pidió y el Padre concedió la unidad de sus seguidores y nunca, ni siquiera en tiempos del Nuevo Testamento, existió una autoridad eclesiástica que aglutinara a todos los cristianos a otro nivel que el puramente local y comunitario. O sea que el problema de la división no existe en la realidad, sino que sólo existe en nuestras expectativas equivocadas acerca de cómo ha de manifestarse la unidad.
2. La unidad de los cristianos que pide Jesús es como la unidad entre él mismo y el Padre. Aquí tenemos una clave profunda para explicar la situación. Es el misterio y la paradoja de la Trinidad. Por un lado, resulta evidente que Jesús y el Padre no son una sola cosa; el mismo hecho de que Jesús se dirija en oración al Padre lo confirma. Y sin embargo, por encima de esa división clara y evidente entre Padre e Hijo, hay otra realidad invisible e incomprensible. Los cristianos decimos de ambos que son «el Señor», y a la vez decimos que hay un solo Dios. Y Jesús mismo, aunque hablando al Padre como se habla con otro ser, afirma que él y el Padre son uno. Así también la iglesia. Hay una realidad evidente y clara. Es la realidad que los cristianos están fraccionados en multitud de asociaciones y agrupaciones denominacionales. Algunas de ellas aglutinan a centenares de millones, otras apenas a decenas de cristianos. Pero como el Padre y el Hijo son uno, la verdadera iglesia también es una. ¡Que nadie llore por la división de la iglesia a no ser que también se le ocurra llorar la división de la Trinidad!
IV. La unidad del Espíritu. (Efesios 4.1-6.)
Os exhorto . . . a que viváis . . . con toda humildad, mansedumbre, y paciencia, soportándoos unos a otros con amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
1. Aquí Pablo no nos está diciendo que deberíamos buscar la unidad, o crearla. Para Pablo, decir tal cosa sería un absurdo, como ya hemos notado en 1 Corintios. La unidad ya existe, por la naturaleza misma de las cosas. Dios no creó una iglesia dividida ni divisible. La iglesia ya es una. La unidad es un don de Dios. Es una gracia que nos ha sido concedida por el amor y la misericordia de Dios. Por el mismo motivo, tampoco se nos dice que debamos conservar la unidad. Así como nosotros no hemos ni hallado ni creado la unidad, sino que es obra de Dios, tampoco podemos conservarla. Suponer que podemos hacer algo para conservar la unidad es suponer que podemos hacer algo para destruirla. Y nosotros, hombres y mujeres débiles que somos, nunca podremos destruir algo que esté edificado sobre la roca firme, Jesús.
Lo que se nos pide es que conservemos esa unidad en el vínculo de la paz. Lo que sí podemos hacer es que esa unidad que ya existe, dé lugar en nosotros a la paz. Que la paz sea el vinculo (el material con el que nos relacionamos a nuestros hermanos de diversas opiniones) con el que se expresa esa unidad que ya existe. Si bien no necesitamos luchar por la unidad, sí podemos (¡y debemos!) luchar por la paz entre los cristianos.
2. La unidad es una unidad del Espíritu. Cuando realmente estamos empapados del Espíritu de Dios, descubrimos esa unidad que existe, esa unidad que es un don de Dios, entre todos los cristianos auténticos de la denominación o tradición que fueren. Reconocemos en nuestros hermanos pentecostales, evangélicos, católicos, lo que fueren, auténticos hermanos. Hoy vivimos en un día entusiasmante. Un día en el que Dios está revelando a cada vez más personas esa unidad del Espíritu que él ha creado. Y donde existe ese reconocimiento de unidad espiritual, se fortalecen los vínculos de la paz en amor.
En conclusión:
1. Veamos las cosas como las ve Dios. Alegrémonos al dejar caer las escamas de nuestros ojos que nos impiden ver la realidad que existe en Dios. Abracemos la unidad que Dios ha creado, derribando prejuicios y nuestro propio orgullo sectorial, para poder ver a Cristo en el hermano.
2. No añoremos una unidad imposible e innecesaria, que Dios mismo no ha creído oportuno crear. La búsqueda del ecumenismo superficial no promete lograr mucho.
3. Esforcémonos por lograr y conservar la paz (las relaciones armoniosas) con aquellos hermanos con quienes tenemos unidad en el Espíritu por la gracia y la voluntad de Dios. Estén donde estén en el espectro de las denominaciones cristianas.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 29, pp. 203-210.] |
1. La idea de la diferencia entre andamios y edificio, para explicar la unidad y diversidad en la iglesia, se la debo a Bob Mumford, en una conferencia en Buenos Aires, en 1975. [volver]
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