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Dios y dinero en la enseñanza de Jesús

No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye. (Luc. 12.32,33.)

La enseñanza de Jesús sobre el dinero es una invitación a recibir con alegría la abundancia infinita de la protección divina. ¡No temáis! ¡Confiad! Vuestro Padre tiene el inmenso placer de declararos herederos de sus dominios. ¡Oh, riqueza de la plenitud de la abundancia de la pródiga generosidad del Padre para con nosotros! Toda la enseñanza de Jesús acerca del dinero, y acerca de la vida en general, por cierto, depende de que logremos captar su visión certera del cariño generoso con el que se nos tiene en cuenta.

La vida social humana se centra en tres esferas fundamentales: la economía, la política y la religión. Estas tres esferas reciben la atención minuciosa de Jesús, que dedica a la economía extensas porciones de su enseñanza. Por eso nuestro análisis aquí tendrá que ser limitado y representativo, antes que exhaustivo.

El problema de los tesoros de la tierra. El problema de los tesoros en la tierra es que no te puedes fiar de ellos. En los tiempos de Jesús, su falta de fiabilidad venía de que los tesoros había que tenerlos en metales preciosos, en joyas, en bienes muy valorados, como la seda y obras de arte. Todo esto era robable, cuando no susceptible a la acción del óxido, de la polilla y del deterioro con el paso del tiempo.

Hoy, nuestro problema no es idéntico, pero sí similar. Los tesoros de nuestro día son, si es posible, aún más frágiles que los de entonces. La macroeconomía mundial no es digna de nuestra confianza para el futuro. Es asombroso cómo fluctúan las diversas monedas nacionales en su valor relativo, y cómo con lo que ayer era una inversión inmejorable hoy puedes perder tus ahorros. Si no hay una crisis de petróleo, la hay de alguna otra materia prima indispensable. O fallan las cosechas. ¿Y qué sucedería con tus ahorros e inversiones si a alguien se le ocurre soltar un par de misiles termonucleares? Confiar tu tesoro al banco ofrece garantías que tu propia casa no puede ofrecer. Pero hay crisis económicas contra las que los bancos no te pueden proteger. En lo que va del Siglo XX, en muchos países han habido crisis inflacionarias que se han tragado los ahorros de la gente. ¿Hace falta mencionar la corrupción de los individuos en quien se ha confiado, las firmas falsificadas, las guerras, y mil otras cosas que pueden suceder? En definitiva, confiar en nuestros tesoros para nuestra prosperidad en el futuro es confiar en la estabilidad, la paz, y nuestra capacidad de tomar precauciones contra lo que pueda amenazar nuestros bienes. Pero el futuro es inestable, la guerra no es impensable, y nadie sabe qué estafa inventarán mañana para quitarte lo que suponías seguro.

No te lo puedes llevar… Pero acumular tesoros para el futuro tiene otra pega, que Jesús ilustró claramente con un pequeño cuento: Resulta que un agricultor tuvo una serie de cosechas excepcionales y decidió que podía dejar de trabajar y empezar a disfrutar de la vida, viviendo de lo que había podido almacenar. Esa misma noche murió. Un cuento cortito y al grano. (Luc. 12.16-21.)

Cuando te mueras (nadie sabe cuando será; lo único que tiene de seguro es que a todos nos toca) no te puedes llevar contigo tus tesoros. ¡Triste pero cierto! La ironía de confiar en el dinero para tu bienestar en el futuro es que para la única cosa de la que puedes estar absolutamente seguro en el futuro,¡tu propia muerte!, no te ofrece nada.

…pero lo puedes mandar por adelantado. Es ante esta situación que Jesús nos da la clave de su filosofía económica. Si lo único que tiene de seguro el futuro es tu propia muerte, entonces la inversión más lógica es la que te prepara tesoros para ese momento. O sea, tesoros en el cielo. La banca celestial ofrece garantías que ninguna otra se atrevería a mencionar. Toda inversión hecha en ella está avalada nada menos que por Dios, el creador y sustentador del universo.

En el cielo no hay inflación, no hay devaluación de la moneda, no hay crisis económicas ni crisis de recursos naturales indispensables. Allí no hay guerras ni misiles. Es imposible que de ahí te lo roben, te lo timen, te le pongan impuestos inesperados ni hagan desaparecer del ordenador electrónico el número de tu cuenta.

Que ¿cómo se invierte en el banco celestial? Sencillo. El dinero, antes de poder abrir una cuenta nueva con él, tienes que retirarlo de donde lo tenías invertido antes. Por eso Jesús dice: «Vende tus posesiones». El primer paso es desprenderse de una actitud posesiva acerca de los bienes materiales. En otra ocasión dijo Jesús: «Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo».

El segundo paso para abrir una cuenta nueva, es ingresar el dinero en ella. Jesús explica el procedimiento para esto: «Dad limosna». Al invertir en los pobres y necesitados, en los oprimidos y los que sufren, aumentamos el caudal que nos corresponde en el banco celeste. No necesitarás un recibo por el dinero ingresado en tu cuenta, ni se te apuntará en tu cartilla. Tendrás que fiarte del banquero. Esto es porque en este banco las cuentas se llevan de una manera algo distinta, y de esto volveremos a hablar en seguida. Pero antes hay que notar otra ventaja que ofrece el banco del cielo.

Jesús dice: «Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Esto no es una profecía ni una promesa. Es la mención de un hecho. Es así. ¿Dónde has puesto tu dinero? Allí está tu corazón, tu esperanza, tu confianza, tu sentido de seguridad, tu placer, tu recompensa. Entonces la pregunta que todos nos tenemos que hacer es: «¿Dónde quiero que esté mi corazón?» Si la respuesta es que quieres aprender a amar y confiar más y más en Dios, entonces, invierte tu dinero en las cosas de Dios y no en las que satisfacen tu placer egoísta. El que escribe es testigo, aunque muy imperfecto, de esta realidad. Cuanto menos tengo ahorrado para el futuro, y cuanto menos perspectivas tengo de llegar a ahorrarlo, más noto que se acrecienta en mí una psicología de dependencia total en Dios para mi futuro. No solamente mi futuro eterno, sino mi mañana y mi vejez. ¡Es auténticamente emocionante!

La insólita contabilidad celestial. Esto tiene que ver con el valor que se le asigna a cada imposición en la cuenta. Los tesoros en el cielo se van creando conforme al principio del valor real que tiene para el inversor el dinero entregado. Jesús nos dio un ejemplo insuperable de cómo funciona este principio:

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante [digamos veinte duros]. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

A los ricos, que echaban manojos de billetes de mil duros, se les computó el valor real que esto suponía para ellos. Pero los veinte duros de la viudita eran su único tesoro, y como un tesoro se le computó.

Esto es tremendo, porque significa que yo puedo invertir tanto como un gran capitalista de multinacional. Ningún otro banco me pone en igualdad de condiciones con un Rockefeller o un Rothschild. Tengo tantas posibilidades de hacerme una fortuna como un Onassis. Y esto, ¡oh maravilla!, tampoco perjudica a los ricos. Porque ellos también pueden trocar sus miserables bienes corruptibles por los mismos tesoros inmensurables de la realeza divina a la que tengo acceso yo.

Entrar a depender de Dios en lo económico de esta manera no significa que tengamos que vivir en la miseria en esta tierra para poder gozar riquezas en la vida venidera. A este tipo de religión los comunistas la llaman, con justa razón, «el opio de las masas», porque conduce a la opresión de los pobres. Pero la promesa de Jesús con la que empezamos estos párrafos decía: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino».

En los versículos inmediatamente precedentes, Jesús había dicho:

Considerad los lirios, como crecen; no trabajan, ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas. Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas. (Luc. 12.27-31.)

La enseñanza de Jesús no es la exaltación de la pobreza como virtud. Es la exaltación de la confianza en Dios que nos habilita para ser generosos. Son dos cosas muy distintas. Tampoco se trata del culto a la prosperidad que por ahí circula entre algunos cristianos. Dios se encargará de tus necesidades, no de tus caprichos egoístas.

Un negocio que no se puede rechazar. Hay negocios que son tan favorables que es imposible negarse a ellos. Hay ofertas que más que tentarte, te obligan. Esta es una de ellas. Como dijera Jesús: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo».

¿Quién puede darse el lujo de resistir esta oferta? Ciertamente no los ricos; sus tesoros actuales son del todo efímeros, y con su muerte tendrán que dejarlos: ¡cuánto mejor canjearlos por tesoros imperecederos e infinitos! Tampoco los pobres: ¿qué otra oportunidad tendrán para equipararse con los más ricos y poderosos de la tierra en los caudales a su disposición? Ni tampoco nosotros los «normales», ni ricos ni pobres, a quienes tanto los motivos de los ricos como los de los pobres nos tienen que convencer por igual.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 31, pp. 221-227.]