Dios y dinero en la iglesia del Nuevo Testamento
«No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye» (Luc. 12.32,33). Jesús, el Mesías que inspiró el surgimiento del movimiento cristiano, había pronunciado aquellas palabras, y sus discípulos jamás las olvidaron. La visión y la esperanza infundidas por el pensamiento de Jesús marcaron la vida económica de las primeras comunidades cristianas.
Por eso en Jerusalén, a pocas semanas de la ascensión del Mesías, todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno (Hch. 2.44,45). Y algo más tarde Lucas confirma que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad (Hch. 4.34,35).
De modo que podemos ver que la enseñanza de Jesús, difundida por los apóstoles, daba lugar a un cambio claro de actitud acerca de los bienes materiales. Los que aceptaban el evangelio abandonaban una actitud de posesividad acerca de las cosas que tenían. Había sucedido algo en el orden de prioridades de los nuevos discípulos del cristianismo, que les capacitaba para abandonar el egoísmo fundamental del que adolecemos la raza humana. Llegar a considerar que lo que uno posee no es suyo propio no es algo superficial. Va en contra de una fuerza dominante en nuestra cultura y en nuestra psicología, la propensión a ligar nuestra mismísima identidad como persona, a las cosas que poseemos: «Yo soy la persona que tiene tal casa y tal coche, estos libros, aquellos muebles, tal ropa, etc.» A la mayoría de la gente les quitas lo que tienen, y allí donde se supone que tendría que haber un alma, encuentras un vacío espantoso. Sin tener, no son. Pero en Jerusalén, entre los seguidores de Jesús, la gente había hallado su alma. Y por eso no necesitaban considerar que lo que poseían fuese suyo, sino que podían adoptar una actitud de desprendimiento total. Su identidad estaba en Cristo y en la comunidad de los santos, y no en sus bienes.
Pero el asunto no acababa con un cambio de actitud, sino que ese cambio de actitud daba lugar a cambios de comportamiento. Podemos identificar cuatro resultados concretos de este cambio:
1. Tenían todas las cosas en común. Esto quiere decir, supongo, que todos sabían que podían disponer de lo que todos los hermanos tenían. El abandono de una actitud posesiva iba acompañado, hemos de suponer, de alguna manifestación pública dentro de la fraternidad cristiana, de que «lo que tengo está a vuestra disposición si lo necesitáis». Había una conciencia de que lo que tengo ya no es mío, sino que yo dispongo de ello por el momento para suplir mis necesidades. En cuanto lo que ahora tengo le pueda ser más útil a mi hermano que a mí, esto pasará a sus manos (sin que por eso mis propias necesidades se vean condicionadas, puesto que los recursos de toda la comunidad suplen las necesidades de todos). En lugar de la rigidez que caracteriza la administración propietaria corriente, había fluidez y flexibilidad para un uso racional de los recursos.
2. Vendían sus propiedades, casas, etc., para poder repartir el dinero conseguido de este modo, entre los que tuvieran necesidad. Esto es algo aun más asombroso que lo anterior, y se merece algunas observaciones en particular:
a. Cada uno decidía por su propia cuenta, sin presiones ajenas a su propia conciencia delante de Dios, si debía vender algún bien de importancia con el fin de ayudar a los hermanos necesitados. Cuando el Espíritu Santo revela a Pedro que Ananías está mintiendo acerca del alcance de su contribución, Pedro le reprende con las palabras: «Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hch. 5.4). El pecado de Ananías y su mujer Safira, entonces, no es haberse guardado algo de dinero para ellos mismos, sino no temer a Dios. Esto nos demuestra que los apóstoles no presionaban a la gente a vender sus propiedades si ellos mismos no lo tenían claro, ni insistían que todo el dinero fuera a parar a la distribución comunitaria. No era cuestión de legalismos. Era más bien, con toda claridad, un resultado concreto del cambio de actitud acerca de los bienes, obrado por la aceptación de la enseñanza de Jesús.
b. En consecuencia de esto, notamos que la acción de vender y repartir es una acción continua. No dice «vendieron» sino «vendían». Es algo que está sucediendo repetidamente. No es algo que hacen todos a la vez, de una vez por todas. Hay lugar en la iglesia para comunidades especializadas, en las que todos pactan al ingresar a ellas la distribución de sus bienes, para luego organizar la economía de toda la comunidad de una manera integrada. Pero esto no es lo que tenemos entre manos en los primeros capítulos de Hechos. Es más bien la donación espontánea y voluntaria de bienes cuando aparecen necesidades específicas que no hay otro modo de solucionar.
c. Es sorprendente notar que agotaban el capital acumulado, los ahorros logrados con el esfuerzo de años, para enfrentar necesidades del presente. Esto significa que ha habido en esta gente un cambio total de enfoque en cuanto al dinero. Lo normal es sacrificarse hoy para poder tener algo ahorrado mañana. Pero aquí vemos que esta gente gasta hoy lo ahorrado ayer, quedando desprotegidos para las emergencias que pueden surgir mañana. Y esas necesidades de ahora no son las suyas propias, ni las de la familia inmediata, sino las de cualquier integrante de la comunidad.
Esta extraña capacidad de poder entregar sus bienes de capital para suplir las necesidades de los demás nos indica que habían recibido con alegría liberadora el mensaje escatológico de Jesús: No tanto que el retorno del Mesías y el fin del mundo era inmediato en el tiempo, pero sí que lo que sucederá en el mundo venidero es más importante que lo que nos pueda suceder en este. Hallamos aquí ecos del consejo de Jesús: «Haceos tesoros en el cielo».
En ese sentido, la inversión de prioridades temporales no es tal. Ya no es cuestión de que se derroche hoy lo que habría que ahorrar para mañana, sino que al ser generoso hoy, se está ahorrando en el cielo para el único futuro que cuenta. Esta había sido la enseñanza de Jesús, enseñanza que ahora a todas luces se estaba poniendo en práctica en la comunidad cristiana que surgía en Jerusalén.
3. El tercer resultado concreto del cambio de actitud obrado en los seguidores de Jesús de las primeras comunidades cristianas, es que se podía decir con toda honestidad, que nadie padecía necesidad. Hoy habría que insistir claramente que cualquier comunidad cristiana que se estile fiel a la dinámica del Nuevo Testamento pueda aseverar honestamente la misma cosa: «Entre nosotros nadie sufre por no tener cubiertas sus necesidades básicas». Esto es más importante que los medios específicos que se empleen para hacer que sea realidad. Hay lugar para comunidades cuya economía esté totalmente integrada y estructurada, y hay lugar también para comunidades que cumplen el objetivo mediante una generosidad mucho más espontánea y desorganizada. Lo esencial: si en la comunidad realmente existe un cambio de actitud acerca de las posesiones, no pueden haber necesidades entre los hermanos, que queden sin solucionar.
4. El dinero para estas necesidades se entregaba a los apóstoles. Si la comunidad quiere asegurarse de que nadie padezca necesidad, tendrá que haber un mínimo de coordinación. Pero, ¿a quién se le puede encomendar este servicio para la comunidad? La administración del dinero siempre es algo delicado. Pero si ahora hablamos de administrar los ahorros de algún hermano que los ha donado y querrá saber que se emplean con sabiduría, y de repartir con criterios justos entre diversas personas y sus distintas necesidades, está claro que hace falta una gracia muy especial. Tendrán que ser personas cuya reputación es irreprochable y cuya imparcialidad es bien conocida. Al principio, en Jerusalén, los mismísimos apóstoles se encargaban de esto, por muy ocupados que estuvieran con otras cosas. Pero llega el momento en que esto ya no satisface, puesto que, precisamente por estar tan ocupados en otras cosas, no pueden darle la atención minuciosa que se merece. De modo que mandan: «Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros, a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos este trabajo» (Hch. 6.3).
Por último podemos notar que en aquellos tiempos, como ahora, la existencia de comunidades integradas por gente marcada por tal generosidad como la que venimos describiendo invita a los abusadores. Nunca faltan los individuos que creen que todo esto no tiene otro fin que el de hacerles fácil la vida a ellos mismos. Son expertos explotadores de la conciencia ajena, en cuya propia opinión el único motivo de su propia miseria es la maldad y tacañería ajena, ya que se cuidan bien de poder valerse por si mismos en cuestiones económicas. Sobre tales escribe Pablo:
Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros. Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos; pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis. Porque también cuando estábamos con vosotros os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entreteniéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan. Y vosotros, hermanos, no os canséis de hacer bien. (2 Tesalonicenses 3.6-13.)
Todo lo cual está tan claro que no necesita ningún comentario.
Pero tampoco está de más destacar que para Pablo, a pesar de todo, lo esencial es no cansarse de hacer el bien. Si bien habrá que tomar pasos disciplinarios con algunos individuos, nunca debemos tener aquello como excusa para abandonar el camino de la generosidad marcado por Jesús y los apóstoles para las comunidades cristianas.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 32, pp. 229-235] |
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