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¡Pobre incomprendido!

¡Pobre Jesús!

En vida fue uno de los hombres más incomprendidos que hayan existido. El, que nunca quiso hacer otra cosa que el bien a todos, terminó colgado de una cruz: Torturado hasta la muerte. Fue un incomprendido. Sus propios discípulos, esos doce que eligió para entregarles el legado de su nueva vida ante Dios, no supieron entenderle. Ellos mismos nos relatan, en los evangelios que nos dejaron escritos, su constante y repetida incomprensión.

Muere. resucita. Se crea alrededor de su figura todo un movimiento religioso. Y casi dos mil años más tarde, el pobre sigue igual. Incomprendido.

Eso sí: la mayor parte de ese tiempo, en gran parte del mundo, y entre muchísima gente hasta el día de hoy, ha estado y sigue estando de moda creer que se le comprende. Jesús es probablemente la persona más popular de todos los tiempos. No hace falta ser cristiano para respetarle, ni para creer que fue un gran hombre: uno de los pocos hombres más grandes de la historia humana. Y luego están los millones que confiesan como dogma que fue indudablemente el hombre más grande de toda la historia, ¡y más que hombre!

Pero, ¿qué sucede? Con todo y eso son pocos los que se toman muy seriamente aquello que Jesús dijo. Adorarle, sí. Respetarle, sí. «Entregarle la vida», sí (siempre y cuando pueda ser uno el que determine lo que esa frase quiere decir). Serle fiel, ídem.

Hacer lo que él manda…

—¡Deliras, tío! ¿A quién se le ocurriría?

Hay dos formas de no hacer lo que alguien diga (en este caso, Jesús). Una forma es la de oponerse abiertamente. Es la de la alianza de los gobiernos clerical (judío) y profano (romano), que le mataron como a criminal. La otra forma es la del cristianismo en su inmensa mayoría. Es la de pronunciar hacia él y sus palabras una lealtad incondicional, mientras se vive a capricho propio. Es la de ser tan inteligente como para poder entender cual es el verdadero significado de sus palabras: significado éste que por algún motivo ha de ser siempre distinto al que se te hubiera ocurrido a primera vista.

—Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

—Bueno… Esto quiere decir que, por ejemplo… que, ejém, esto… Bueno, por ejemplo, tiene que ver con la vida personal y nada más. Claro. Eso. Esto es solamente a nivel personal. Entonces, por ejemplo, si te toca hacer la "mili" y empieza la guerra y te obligan a matar a alguien… no es nada, no te preocupes. Lo importante es que si a nivel personal hay alguien que no te quiere mucho, que tú sí le quieras a él.

—¡Ah! Gracias por la explicación. Yo ya mi estaba creyendo que había que amar a todos los enemigos.

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que…

—Me alegro que hayas entendido. Una cosa es tu enemigo, y otra cosa es el enemigo del estado.

—…para que seáis hijos de vuestro padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y…

—Pero, oye: ¿Por qué voy a matar a alguien que no es mi enemigo? Si el estado espera que yo mate a alguien, es porque se supone que el enemigo del estado es también el mío, ya que soy un ciudadano del estado, ¿no? Mira: si no es mi enemigo no tengo por qué matarle, ¿no? Y si es mi enemigo, Jesús me manda amarle, bendecirle, hacerle bien y orar por él. Aquí hay algo raro, ¿eh?

—…Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que…

—Hombre: ¿no te das cuenta que habla alegóricamente? ¿Cómo puede ser que nos pida la perfección, sabiendo que somos humanos? En realidad está pidiendo otra cosa, que es…

—…para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos…

—Pero, ¿y si no me está hablando alegóricamente? ¿Y si en esto de ser bueno hasta con los malos y amar al enemigo realmente quiere que sea imitador del Padre?

—¡No, no, hombre! Deja que te lo vuelva a explicar: . . .

¡Pobre incomprendido!

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 34, pp. 245-247]